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Los animales también están aprendiendo a vivir en nuestra ciudad

Por Carlos Cantor www.biciurba.com

Las ciudades pueden ser espacios importantes para conservar biodiversidad, siempre que dejemos de diseñarlas exclusivamente alrededor de las necesidades humanas.

El Antropoceno no solo está cambiando el clima y el paisaje. También está modificando la conducta, los cuerpos y, en algunos casos, la evolución de otras especies.

Hay una ciudad que conocemos perfectamente: la de los edificios, vehículos en movimiento, semáforos, grandes avenidas, parques, bicicletas, centros comerciales y millones de personas tratando de llegar a alguna parte.

Pero existe otra ciudad, mucho menos visible, la de los pájaros que anidan en los árboles de los parques, los murciélagos que sobrevuelan las avenidas, los insectos que buscan flores entre el concreto, los roedores que encuentran alimento en nuestras basuras, las mamíferos que cruzan silenciosamente una calle durante la noche y las numerosas especies que intentan encontrar un lugar donde vivir entre edificios, cables, antenas, automóviles y seres humanos.

Para ellas, la ciudad es un nuevo ambiente y algunas están aprendiendo a vivir en él.

La ciencia ha comenzado a estudiar este fenómeno desde una perspectiva fascinante: la evolución urbana. La urbanización no solamente cambia dónde viven las especies; modifica las presiones ambientales a las que están sometidas alterando su comportamiento, reproducción, desplazamientos y, cuando las condiciones se mantienen durante suficientes generaciones, incluso producir cambios evolutivos.

No todas las especies tienen la misma suerte, muchas simplemente desaparecen. Otras se refugian en los pocos fragmentos de naturaleza que dejamos entre las construcciones, y unas cuantas —generalistas, oportunistas y extraordinariamente adaptables— descubren que nuestra ciudad también tiene comida, agua y refugio.

Pensemos en las grandes capitales suramericanas: Bogotá, Quito, Lima, Santiago, Buenos Aires, Montevideo, Asunción, La Paz, Brasilia y Caracas tienen geografías, climas y ecosistemas completamente diferentes. Pero comparten algo: la transformación acelerada del territorio.

Una montaña se convierte en urbanización, un humedal termina rodeado de edificios, un bosque desaparece bajo una carretera. Una quebrada es canalizada y una avenida corta en dos el territorio de una especie. Un edificio de veinte, treinta o cuarenta pisos aparece donde antes había cielo abierto.

Para nosotros es infraestructura, para un ave migratoria puede ser una pared inesperada en una ruta que llevaba miles de años utilizando. En Bogotá existe evidencia concreta. Un estudio realizado en edificios de la Pontificia Universidad Javeriana registró 106 colisiones de aves pertenecientes a 18 especies; el 88 % de ellas fueron fatales. Las aves migratorias boreales fueron especialmente afectadas.

El vidrio es particularmente perverso para ellas, no lo ven como nosotros, ven el cielo reflejado, árboles reflejados y vuelan hacia ellos. El resultado puede ser mortal o deja terribles lesiones. Bogotá incluso ha desarrollado una guía de arquitectura amigable con aves y murciélagos, reconociendo que la construcción de edificios puede convertirse en una barrera y una trampa para la fauna.

Y aquí aparece una pregunta incómoda: ¿Cuántas especies tendrán que cambiar antes de que nosotros cambiemos la arquitectura?

Más crecimiento en vías, infraestructuras urbanas de todo tipo alteran para siempre la vida silvestre de lo que fueran montañas, valles, lagos, bosques

La ciudad que todo lo altera

Durante miles de años, la noche fue noche, hoy, buena parte de nuestras ciudades permanece iluminada hasta el amanecer, funcionan las 24 horas. Luminarias, edificios, avisos, vitrinas, estadios, carreteras, centros comerciales y viviendas han creado un paisaje nocturno completamente diferente al que conocieron los animales que evolucionaron bajo la oscuridad. La luz artificial altera relojes biológicos, actividad, alimentación, reproducción y migración.

Y después llegó el ruido. Para nosotros, el ruido urbano es una molestia, para muchas especies es algo mucho más serio. Los animales utilizan sonidos para encontrar pareja, defender territorios, detectar depredadores, comunicarse con sus crías y reconocer a otros individuos. Pero una avenida llena de automóviles, buses y motocicletas puede convertirse en una especie de interferencia permanente.

Entonces algunas aves cantan más fuerte, o cambian la frecuencia de sus vocalizaciones, modifican el horario en que cantan, o abandonan los lugares demasiado ruidosos. Y aquí aparece nuevamente la diferencia entre adaptarse y evolucionar.

Un animal puede modificar su conducta durante su vida y eso es adaptación conductual. pero si una determinada característica heredable permite sobrevivir y reproducirse mejor en ese ambiente y se acumula generación tras generación, estamos hablando de evolución, pero no todo cambio que observamos en una especie es evolución y tampoco debemos asumir que la evolución es siempre lenta.

La distinción es importante porque evita convertir cualquier animal que cambie de conducta en una especie que “está evolucionando”. Y entonces aparece un actor que no es exclusivamente urbano, pero que puede amplificar todos estos cambios: El Niño-Oscilación del Sur, ENSO.

El Niño y La Niña modifican temperaturas, lluvias, sequías, disponibilidad de alimento, incendios, productividad marina y condiciones de los ecosistemas en buena parte de Sudamérica. Para una especie que ya está sometida a urbanización, contaminación y fragmentación del hábitat, otro cambio climático puede convertirse en una presión adicional, porque una población que perdió parte de su territorio tiene menos lugares hacia dónde desplazarse y dependen de determinado alimento, que puede encontrarlo reducido o desaparecido totalmente.

Un animal que necesita temperaturas específicas puede quedar atrapado entre una ciudad y un territorio que ya no puede ocupar, el problema, entonces, no es solamente que cada presión exista, es que las presiones se acumulan. La investigación científica contemporánea está insistiendo precisamente en esto: clima y urbanización no deben analizarse como problemas independientes, porque interactúan para modificar la ecología, la evolución de las especies incluidos nosotros, los humanos.

Porque debajo de nuestros semáforos, entre nuestros edificios y detrás del ruido de nuestros motores, existe otra ciudad. Una ciudad que también está evolucionando y que, por ahora, nosotros seguimos diseñando, para bien o para mal.

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