ALBERTO CORTEZ EN UN RINCÓN DEL ALMA

Por Guillermo Romero Salamanca

Siempre vestía de negro y le gustaba la poca luz en el escenario. La orquesta parecía oculta y se destacaba él solo, con su metro noventa de estatura y con su portentosa voz calculaba la acústica de los escenarios donde actuó.

Estuvo en Colombia más de 20 veces. Recorrió tarimas de Bogotá, Medellín, Manizales, Santiago de Cali, Pereira, Bucaramanga y Cartagena, entre otros. Tenía canciones en muchas voces de figuras como Facundo Cabral, Estela Raval, María Dolores Pradera, Chavela Vargas, Manolo Muñoz, David Bisbal, Miltinho, Alci Acosta, Helenita Vargas, María Martha Serra Lima y María del Monte, entre otros.

En sus primeros años de cantante.

Él mismo daba la guía para sus canciones, como ocurrió con “En un rincón del alma” que, aunque tiene múltiples versiones, cada una lleva la pasión de su interpretación del tema que escribiera para una novia que lo dejó plantado porque ella se marchó a Filipinas a estudiar.

Aunque la canción la compuso a finales de 1978, cada vez que la interpretaba era como si fuera la primera vez que lo hacía: En un rincón del alma, donde tengo la pena, que me dejo tu adiós, en un rincón del alma, se aburre aquel poema, que nuestro amor creó”.

Antes de cada concierto hacía un ensayo total que incluía la ubicación de cada uno de los instrumentos, los juegos de luces que se prendían, disminuían su intensidad o se apagaban de acuerdo con cada uno de los momentos de la canción y desde luego el sonido. Se acompañaba de un atril donde estaban escritas las letras bien grandes y donde ponía algunos apuntes adicionales para acordarse en la presentación.

Su espectáculo llevaba una concentración total, porque sentía cada una de las palabras y de las frases. Rogaba, al inicio del espectáculo, que apagaran los celulares y claro, no faltaba el gracioso que se le había olvidado apagar el aparato, situación que lo enardecía y además de ser una falta de respeto, lo desconcentraba todo.

UNA VIDA AL ARTE MUSICAL

José Alberto García Gallo –su verdadero nombre– nació en Rancul, un diminuto municipio de unos 3 mil habitantes en La Pampa, Argentina el 11 de marzo 1940 justo a las 8 de la mañana.

En México

Sus composiciones, sus poemas y su forma de cantar lo destacaron desde muy joven. A los 12 años escribió: “Un cigarrillo, la lluvia y tú” y con su estilo sencillo para escribir, recordó ese episodio cuando salió de su pueblo: “Cuando le dije a mi padre, que me iba a echar a volar, que ya tenía mis alas y abandonaba el hogar. Se puso serio y me dijo: “a mí me ha pasado igual, también me fui de la casa cuando tenía tu edad”.

Le llamaban como “El gran cantautor de las cosas simples”. Y eso le fascinaba a su fiel fanaticada que se extasiaba con sus letras, su portentosa voz y el sonido fuerte del piano con un violín de repente, bajo y una guitarra.

Entre el estudio, sus composiciones y su deseo de cantar, empezó a interpretar temas folclóricos y en 1958 se trasladó a Buenos Aires a estudiar Derecho, pronto se independizó de su padre y se dedicó a cantar en bares, cantinas y lugares de 3 en conducta y abandonó el tema de las leyes.

Emprendió un viaje a Europa con una compañía de baile y teatro, pero entre fiasco y fracaso grabó su primer tema “Sucu Sucu” que fue un éxito en Bélgica donde conoce a quien sería su esposa.

En 1961 viajó a Canadá y Estados Unidos y hace un recorrido por Nueva York, Los Ángeles. Luego pasa a España y a Francia. Se movía, quería ser estrella a como diera lugar.

En 1964 contrajo matrimonio y fijó su residencia en Madrid y grabó con Hispavox.

Tres años después, en Madrid estrena “En un rincón del alma” y la crítica lo aplaude y le da realce por la musicalización de los poemas 15 y 20 de Pablo Neruda. Para la televisión canta algunos temas de Atahualpa Yupanqui y lo acompaña musicalmente Waldo de los Ríos.

En 1969 lanzó “Cuando un amigo se va”, “El abuelo” y “Hay un Madrid” y Joan Manuel Serrat le graba “Retrato” y “Las moscas”.  Pasó a México donde ya comienza a ser reconocido y canta por primera vez en el mítico “El Patio” y regresa a Buenos Aires, luego de diez años de ausencia.

En 1971 se presentó en el Luna Park de Buenos Aires y obtiene un resonante fracaso. Decepcionado, abandona su país con la intención de no volver a cantar allí.

Se vuelve a México donde estrena “Mi árbol y yo” y el tema se utilizó para una campaña nacional de reforestación. Un éxito total.

En 1975 su madre sufre un grave accidente automovilístico en donde mueren dos familiares muy cercanos. Cortez vuelve precipitadamente desde Puerto Rico y aprovecha su estancia para realizar un comercial para una firma de vinos, y Microfón completa el despegue definitivo de sus discos en Argentina.

De 1982 a 1992realizó giras por toda Latinoamérica. Actuó en Chile, Perú, Colombia, Venezuela, Costa Rica, El Salvador, Guatemala y, por supuesto, México y Estados Unidos. En Nueva York cantó por primera vez en el célebre Carnegie Hall.

En el 2000 lacanción “Cuando un amigo se va” conjuntamente con “Alfonsina y el mar” y “Gracias a la vida” son consideradas, según encuesta de un periódico de Chile como las tres mejores canciones en castellano del siglo XX.

En una de sus presentaciones del gran Alberto Cortez.

Estuvo en los mejores musicales de las cadenas de televisión y hasta le dieron un Grammy. Al principio no lo quería aceptar e incluso lo llamaron y le dijeron que le daban el premio, no por las ventas, sino “por su excelencia musical”. Así aceptó y fue a Las Vegas a recibir el premio y entonces dijo unos versos: “Qué suerte he tenido de nacer, para estrechar la mano de un amigo y poder asistir como testigo al milagro de cada amanecer. Qué suerte he tenido de nacer, para tener la opción de la balanza, sopesar la derrota y la esperanza con la gloria y el miedo de caer…”

UN FILÓSOFO

El artista, ensayista y filósofo Juan Moro, el 8 de octubre del 2008 escribió en El País de España: “Las canciones de Cortez, ahora que Dylan estaba en las quinielas, son tan dignas de un nobel de literatura como las obras de cualquiera de los que lo han ganado”.

Para el compositor argentino Eduardo Paz la vida poética de Alberto Cortez tuvo un antes y un después de conocer a Renee Govaerts, su esposa. “Ella lo sacó de lo comercial y lo traspasó a lo poético. Él escribía magníficamente, sobre todo en endecasílabos, y con muchas estrofas. Zito Zelante, su arreglista, buscaba darles vueltas, musicalmente, para que no se parecieran tanto. Era un gran cantante. Fue uno de los grandes en nuestro idioma al lado de Serrat, Joaquín Sabina, Luis Eduardo Aute.

“Y su obra es muy de él, porque es muy pensada, y como digo, con los años, se aferró al endecasílabo…Se nota que ahí se sentía más libre, para expresarse, ya que, si uno logra manejarlo, son 11 sílabas para decir, por línea. El octosílabo es más comercial, pero restringe filosóficamente. Y él filosofaba”, comenta Eduardo.

UNA TRAICIÓN DEL CORAZÓN

Este jueves 3 de abril una insuficiencia cardíaca no le permitió cantar más en este mundo que tanto amaba. Planeaba, a sus 79 años, seguir encima de los escenarios y tenía confirmadas fechas en Puerto Rico y un viaje a México.

Se va Alberto Cortez el hombre de negro que con sus canciones puso a meditar a muchas personas.

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