No todo el mundo percibe el dolor del mismo modo y, de hecho, un mismo individuo lo puede percibir de manera diferente a lo largo de las diferentes etapas de su vida.


La investigación científica ha proporcionado abundante evidencia de que existen numerosos factores (genéticos, fisiológicos, cognitivos, sociales, culturales) que determinan cómo percibimos el dolor y cómo nuestro cerebro produce mecanismos para aliviarlo (inhibición). Uno de dichos factores es la edad.

El envejecimiento provoca cambios en la estructura cerebral, y con ello, en la manera en que las personas mayores perciben los estímulos dolorosos. Generalmente, las personas mayores presentan algunos signos de insensibilidad al dolor. Así, por ejemplo, se ha demostrado que su sistema de detección del dolor se activa más tarde que en las personas jóvenes, por lo que necesitan una estimulación más intensa para que ésta sea percibida como dolorosa. Sin embargo, también se ha observado que una vez que el cerebro ha detectado el dolor, los mecanismos inhibitorios que deberían reducir de forma natural dicha percepción del dolor, no funcionan correctamente. Como consecuencia de ello, las personas mayores toleran menos el dolor, lo que les puede llevar a cronificar con mayor facilidad el dolor. No obstante, los mecanismos cerebrales que podrían ser responsables de estas alteraciones son todavía una incógnita.

Recientemente, un equipo de investigadores del grupo de investigación en Neurociencia Cognitivo-Afectiva y Psicología Clínica (CANCLIP) de la Universidad de las Illes Balears (España), en colaboración con la Universidad de Luxemburgo, han publicado un estudio en la revista Frontiers in Aging Neuroscience en el cual aportan nuevos conocimientos sobre la evolución de las redes corticales durante el envejecimiento y su relevancia para la percepción del dolor.

Según los investigadores, durante la actividad cerebral espontánea, las personas mayores muestran una hiperconectividad anormal del área somatosensorial primaria con otras regiones somatosensoriales y frontales del cerebro. Estas áreas estarían implicadas en “detectar” y “dar un significado” al dolor. Curiosamente, aquellas personas mayores que en el estudio mostraron una mayor conectividad entre las regiones somatosensoriales, fueron aquellas que presentaban una mayor insensibilidad al dolor. Es un hecho conocido que a medida que nos hacemos mayores, el cerebro afronta la pérdida sensorial que típicamente acompaña al envejecimiento poniendo en marcha mecanismos compensatorios, tales como aumentar las conexiones entre las regiones cerebrales implicadas en el procesamiento de los estímulos sensoriales. Por tanto, nuestros resultados indican que en el caso del dolor también se producen estos mecanismos compensatorios.

Lo que resulta más relevante, según señala la doctora Ana M. González Roldán, investigadora del CANCLIP y profesora del Departamento de Psicología de la UIB, es que «los participantes de más edad de nuestro estudio mostraron una reducción de la conectividad funcional entre nodos esenciales de la ruta descendente de inhibición del dolor. Esta ruta es clave para reducir el dolor de manera natural, siendo de hecho la vía que se activa cuando se reduce el dolor al distraernos o en la analgesia por placebo.

Además, se ha demostrado que la capacidad de inhibir el dolor es uno de los mayores predictores de la probabilidad de sufrir dolor crónico tras la presencia de un episodio de dolor agudo. Por consiguiente, nuestro estudio indica que los cambios plásticos en la organización cerebral asociados al envejecimiento podrían estar relacionados con la mayor prevalencia de dolor crónico en las personas mayores. En definitiva, nuestros hallazgos concuerdan con la idea de que, cuando envejecemos, el sistema del dolor se activa ligeramente más tarde, pero con el tiempo la disfunción de los procesos de evaluación y modulación del dolor llevan a una mayor percepción del mismo».

En conjunto, los resultados logrados por los investigadores de la UIB ayudan a aclarar por qué las personas mayores son más vulnerables a los desórdenes de dolor crónico, a la vez que sugieren que diferentes técnicas de neurorehabilitación podrían ser vías para explorar en el tratamiento del dolor entre la población de más edad.

Textos y fotos: elmundoalinstante.com

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