Por Guillermo Romero Salamanca

Doña Elvira fue una mujer que no supo lo que significaba la palabra “obstáculo”. Todo lo que se propuso hacer, simplemente lo realizó.

Nació el 10 de febrero de 1917 y fue hija del industrial José Domingo Dávila Pumarejo y doña Paulina Ortiz Rodríguez-Ugarte, adelantó estudios en Bogotá y en internados del Reino Unido y Bélgica. A su regreso en 1938 le propuso a su padre la idea de estudiar enfermería.

–¿Enfermería?, le preguntó su progenitor.

–Si señor.

–No. Estudie otra cosa, ¿pero enfermería?

Y a pesar de las constantes negativas, ingresó al Centro de Acción Social Infantil, orientado por Ana e Isabel Sáenz Londoño. El 3 de marzo de 1934 se graduó como Enfermera y la acompañaron a su grado distinguidas personalidades de la Medicina como los doctores Ricardo Vélez, César Pantoja, Alfonso Ucrós, Francisco Vernaza, Pablo Gómez Martínez, Jorge E. Cavelier y Juan Pablo Llinás.

Pero su grado tuvo otro ingrediente: su tesis. Ella había visto el tema de la enfermería en Europa donde le hablaron de múltiples sucesos en la Primera Guerra Mundial y entonces investigó sobre las transfusiones de sangre y plasma. Su estudio fue aplaudido y Aclamado.

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Doña Elvira en sus primeros años de enfermería. Foto http://actual-medicina.blogspot.com

Sus prácticas las realizó en el hospital de la Misericordia donde se asombró por la cantidad de niños que fallecían por anemia y veía que era posible que se les hicieran transfusiones, pero las personas del común les daban terronera el tema de entregar su sangre por miedo a enfermedades o la muerte.

Su tesis y su tarea fue observada por el eminente médico Jorge Enrique Cavelier, director en ese momento del Hospital La Samaritana y presidente de la Cruz Roja, quien la llamó para proponerle una tarea: Crear el Primer Banco de Sangre.

Ella no lo dudó e hizo una investigación que fue aceptada de inmediato por la Cruz Roja y ella comenzó a buscar recursos. Habló con su familia y le donaron el dinero necesario para el montaje de este banco. Por eso, el primer nombre que tuvo la entidad fue Banco de Sangre Bavaria.

Esta situación dio para muchos comentarios que ya imaginarán los lectores. Claro, la gente no quería donar ni una gota, entonces ella propuso pagar cinco centavos por centímetro cúbico donado.

De esta forma, miles de personas se salvaron de la anemia.

Doña Elvira no se quedó en esa tarea. En 1944, con el funcionamiento del Banco, determinó, en plena II Guerra Mundial viajar a Nueva York para especializarse en enfermería. Ella, además, hablaba inglés y francés y esto le permitía estudiar y trabajar, entre otras, en Memorial Hospital en la sala de cáncer que tenía muy pocas enfermeras.

Hizo, además, una especialización en cirugía y post operatoria en el New York Presbyterian Hospital, hospital universitario del Weill Medical College de Cornell y del Medical College of Physicians and Surgeons de Columbia.

Regresó al país y había un problema. Aunque existía voluntad de trabajo por parte de algunas mujeres y monjitas, no tenían los conocimientos necesarios para asumir las tareas del dispensario. Era necesario entonces, profesionalizarlas y el doctor Cavelier la propuso para dirigir la Primera Escuela de Enfermería en la Pontificia Universidad Javeriana.

Adivinen. Ella aceptó el nuevo reto. Y dictaba clases sobre instrumentación y técnica quirúrgica.

No paraba de estudiar y trabajar.

Luego fue directora de Enfermería de la Clínica Psiquiátrica Monserrat y del Hospital San Ignacio.

El 28 de diciembre de 1946 contrajo matrimonio con el médico samario Enrique Dávila Barreneche y tuvieron 4 hijos: Patricia, Enrique, Diana y María Paulina.

El 25 de agosto de 2008, a los 91 años, viajó al cielo de la Medicina. Lo entregó todo en esta vida, pero nadie le podrá quitar los títulos de pionera de la Enfermería en Colombia y de los bancos de sangre de Iberoamérica.