En la muerte de un reportero

Por Óscar Domínguez Giraldo

Javier Darío Restrepo, fallecido este 6 de octubre en Bogotá, tenía respuestas para todas las preguntas sobre el oficio periodístico. Ejerció un periodismo que sirvió de norte, sur, oriente y occidente a sus colegas. 

Reivindicó su condición de reportero cuando le adjudicaron el Premio de Periodismo Simón Bolívar por su vida y obra al pie de las cuartillas. La Universidad de Antioquia le adjudicó el Premio nacional de la cultura por reconocimiento. Fue premio a la excelencia del Premio García Márquez. Era infaltable en los festivales Gabo de Medellín. Asistió al que terminó hace tres días.

Rechazó la dirección de varios medios de prensa porque se sentía más cómodo ejerciendo el oficio de reportero y la magistratura periodística.

Fue conferencista dentro y fuera del país, Defensor del lector de los diarios El Tiempo y El Colombiano, y prestó sus luces en los últimos años en la Fundación Gabo.  No le quedaba grande el rótulo de conciencia ética del oficio. Sus colegas interrumpimos el ocio dominical para darnos el pésame.

Alguna vez lo entrevisté para la revista Pulso de la Universidad de la Florida:

Pulso: ¿Es bueno o malo ganar premios de periodismo o lo malo es no habérselos ganado nunca?

Javier Darío Restrepo: Creo que es malo ganarse uno un premio si lo saca de su propia realidad y le hace perder el sentido de las proporciones. Que te lleve a mirar a los demás por encima del hombro, o solo el pensamiento elemental de que soy mejor que los otros. Entonces el premio es dañino, no es aconsejable y como los malos tragos se deben dejar a un lado y no usar. Puede ser bueno en el sentido de que te zarandea y te obliga a preguntarte, por qué, en razón de qué. Y te responsabiliza.

Cuando el premio responsabiliza, es bueno. En este caso ha habido una dimensión muy buena, y la he sentido yo como un homenaje superior al premio mismo, y es que los colegas llaman y casi todos tienen la misma frase: “sentimos que es un poco nuestro ese premio”. Sobre todo, los compañeros reporteros que sentían que el reportero no tenía acceso a ese tipo de distinción. Era una distinción que en realidad se había reservado para directores, dueños de medios y sólo una vez, en el caso de José Salgar, que era subdirector de El Espectador, se habían salido de ese esquema. En mi caso veo que se salieron completamente del esquema y que ya están volviendo los ojos a los reporteros y seguramente que van a encontrar entre ellos una cantidad de gente que es realmente premiable. Aunque para decir la verdad, el reportero- reportero se siente con un premio todos los días, con ese descubrimiento, ese hallazgo que uno hace del ser humano cada vez que emprende una nueva tarea periodística.

P.: ¿Cómo has vivido ese oficio de la reportería?

J.D.R.: Como una aventura diaria, porque desde el momento en que en el consejo de redacción te asignan un tema, el tema es una aventura. Y es una aventura generalmente gratificante; hay veces en que uno vuelve con el rabo entre las piernas, sin haber logrado nada importante, pero en la generalidad de los casos uno resulta gratificado con un hallazgo. En mi vida de reportero que es tan larga, fueron gratificaciones tras gratificaciones.

A veces pensaría uno que lo más interesante es cuando va al exterior a cubrir un evento. No, a veces dentro de esa reportería medio rutinaria que se hace diariamente se aprende mucho y yo creo que en mucha parte soy producto de ese aprendizaje.

P.: Ahora que hablas de rutina diaria, ¿cuál ha sido tu receta para no dejarte aburrir por el oficio?

J.D.R.: Yo le atribuyo esa renovación permanente a una preocupación que siempre mantuve y es que la nota que estoy haciendo hoy, es mi mejor nota. Siempre rechacé un cierto lugar común que es el del reportero que dice: “mi mejor trabajo fue cuando entrevisté a fulano de tal o tal cosa…”. Esa es una tentación que dentro de mi manera de ver es peligrosa porque te anquilosa, te deja en ese momento en esa satisfacción y como que allí se hubiera suspendido la búsqueda, el empeño, el trabajo de hacer algo creativo, de hacer algo nuevo, de descubrir nuevas cosas. De modo que siempre yo tenía esa preocupación y en el momento actual en que no hago ese tipo de trabajo, sino otros, es lo mismo: mi trabajo de hoy tiene que ser mejor que el de ayer. Eso, desde luego, lleva un cierto perfeccionismo que es muy angustioso, pero creo que lo mantiene a uno en una tensión de creación.

P.: ¿Y cómo hacer para que ese oficio de reportero no se convierta, como en la definición de García Márquez, en un museo de cosas efímeras?

J.D.R.: Depende de una decisión que generalmente los periodistas tenemos que tomar. Hay algún instante en el ejercicio periodístico en que tienes que decidir si lo que estás haciendo es el ejercicio del cuarto poder o el ejercicio de un servicio.

Si lo tuyo va a hacer una manera de poder y lo haces para poder, te condenas a la esterilidad y a esa cosa efímera, a esa cosa que no vale la pena. Si por el contrario, siempre estás pensando que ésta es tu manera de prestarle un servicio a la sociedad, eso consigo trae la fórmula de la renovación y una dinámica simple.

P.: ¿Y cómo te encaminaste en tu vida profesional hacia esta actividad de la reportería?

J.D.R.: En realidad, no fue algo deliberado, sino algo que se fue dando. Siempre trabajé en ese campo, le tomé gusto y en razón de ese estar pensando en el asunto y estar reflexionando sobre lo que hacía, fui encontrando que es la forma más atractiva y más rica de ejercer el periodismo. Había otras perspectivas, como tareas de dirección o cosas así y esas nunca me atrajeron.

P.: Pero, ¿no estás siendo egoísta en ese sentido en la medida en que una persona como tú al mando de una mesa de redacción haría una gran labor?

J.D.R.: En su momento no lo vi como un egoísmo, sino como realismo. La primera vez que me ofrecieron la dirección de un noticiero, aquello me golpeó. Me golpeó tanto que no pude dar la respuesta en ese momento. Entonces “pedí time” para el día siguiente y aquella noche, fue una noche bastante lenta, como todas esas noches en que uno no puede dormir, porque eran argumentos en pro y en contra. Y el argumento que más pesé fue: “si tu accedes a ser director de un noticiero, nunca vas a dirigir el noticiero”.

Los directores generalmente tienen que obedecer a otras presiones, a otras alternativas distintas de lo que ellos tendrían como periodistas puros. Entonces ya interviene el factor político, el económico, las relaciones públicas, una cantidad de cosas. Entonces, de ser director para no poder dirigir a ser reportero, para ser dueño de mis propios instantes y personajes, indudablemente no había mucho de dónde escoger.

P.: ¿Ni siquiera te tentó desde el punto de vista económico?

J.D.R.: Hay algo que a mí me dejó mi formación de seminarista y de sacerdote y es una cierta austeridad de vida. Me encantan las cosas cuando las tengo y las disfruto, pero no me echo a morir cuando no las tengo y no las puedo disfrutar. Luego, la vida me ha enseñado que hay una cierta aristocracia del espíritu que consiste en no vivir para tener y en no dedicarle ni tiempo ni deseos a cosas que no se pueden tener. Y luego la misma formación humanística, la afición a las cosas intelectuales, a la lectura, a la investigación, al estudio, me dan otra manera ver las cosas. Y di con una fortuna, y es con una esposa que es una maga… Vivimos austeramente y vivimos contentos. Total, que para mí no constituyó en ese momento una tentación el hecho de que si va a aumentar tu ingreso o vas a tener carro con chofer, ni cosas de esas. Para mí eso es más bien secundario.

P.: Cuando te comparas en tu austeridad con los demás mortales que hacen el mismo oficio tuyo, ¿qué reflexiones te haces?

J.D.R.: Cada uno tiene su vida, pero todos tienen su ideal periodístico, eso sí es indudable. Lo que pasa es que muchas veces las circunstancias para todos nos son tan favorables, como para que puedan hacer una reflexión que les dignifique y les magnifique la profesión. Asumen la tarea un poco como una supervivencia, primero supervivencia puramente humana, y después supervivencia profesional.

Es una profesión muy competida, entonces el colega como que en un determinado momento piensa: “Yo primero tengo que sobrevivir como persona, después tengo que sobrevivir como profesional y si me queda un margen voy a exaltarme profesionalmente ya con más estudio, más reflexión”. Lo que pasa es que esa tercera etapa muy pocas veces se logra.

Yo creo que al periodismo colombiano le está haciendo mucho mal el sentido empresarial con que se acomete y el no haber entendido en las empresas periodísticas la verdadera dimensión que tiene esta profesión. Los que se destacan, y hay muchos que se destacan, lo hacen combatiendo contra viento y marea; de ninguna manera con facilidad.

P.: ¿Consideras que de pronto es “peligroso” que a los periodistas les paguen sumas astronómicas en la medida en que así se estaría enajenando la capacidad de independencia?

J.D.R.: Sí, las sumas astronómicas dejan la sospecha de que se ha pignorado la independencia y en ese sentido las sumas astronómicas son tan corruptoras como las sumas de hambre que también pignoran la independencia. Fíjate que en los dos extremos se encuentra en peligro el mismo valor, la independencia.

P.: Hablabas ahora de dignificar la profesión. ¿Una forma de dignificarla es a través de la ética de la cual se hablaba poco en el pasado?

J.D.R.: Sí, la falta de costumbre se debió a lo siguiente: a que siempre la ética se ligó como por asociación de ideas a la cosa religiosa y luego a la imposición de normas y eso provocó rechazo. Si a eso le sumas la otra circunstancia de que cuando se toma en la universidad o en el bachillerato una clase de ética y lo que te resulta es una clase abstracta con unos principios “inmamables” por lo difíciles e inexplicables, naturalmente eso crea una prevención y era justamente lo que encontrábamos los que hicimos esa primera aproximación en el Círculo de Periodistas de Bogotá, que la gente le tenía aversión al asunto.

Después, a fuerza de estudiar el caso y de preocuparme por el asunto, llego a darme cuenta de que es lo más práctico que hay…. Total, que cuando le leí hace poco a Adela Cortina que la ética es un saber práctico, ya eso lo había experimentado.

En realidad, es un saber práctico y esto me lleva a lo siguiente: llegué en un momento dado a la convicción, a fuerza de observar en mi propia vida y en la vida de los colegas el ejercicio de la profesión, a darme cuenta de que ética y técnica están estrechamente relacionados, tú no los puedes separar. Y miras a los periodistas más valiosos y a l que más admiras y a los que más te quieres parecer y te das cuenta de que en ellos hay esa conjunción.

Javier Darío Restrepo, en las montañas del Tolima, en la época que se iniciaba el diálogo con el M19 en el gobierno de Virgilio Barco. En la gráfica durante la entrevista a Carlos Pizarro y Rafael Pardo, entre otros. Lo acompañan Rafael Gálvez, entonces presidente del CPB y Óscar Domínguez, a la sazón director de Colprensa. (Foto Colprensa)

P.: Pero cada vez hay más reflexión sobre la ética…

J.D.R.: Sí, lo que pasa es que tienes que entender que hay una ética elemental que viene a ser ese conjunto de normas que te permiten sobrevivir en sociedad y para eso no necesitas ningún principio religioso. El principio religioso toma esos principios y los exalta y los eleva a su máxima potencia. De eso no son capaces todos los mortales, algunos sí lo son y son esas personas maravillosas que tú encuentras en la sociedad que se mueven a partir precisamente de sus convicciones éticas, que en ellos son convicciones profundamente de fe…

En el periodismo ha ocurrido un proceso parecido. Yo recuerdo hace años, tal vez a mí me invitaban a unas conferencias, en el curso de unos seminarios que organizaban Andiarios y el SENA para periodistas en todo el país. Yo iba ahí como invitado, y era el titular del quinto punto, los cuatro primeros eran los que se estimaban los puntos más importantes, cómo redactar, cómo leer un informe, cosa de esas, y en quinto lugar un tema un poquito exótico de un loquito que habla sobre ética. A la fecha, esas reuniones en muchísimos casos se hacen únicamente para hablar de ética y se está multiplicando. Yo me paso buena parte de mi tiempo viajando a distintas partes para hablar de estos asuntos porque veo que la profesión ya ha entrado la convicción de que uno no puede ser buen periodista, si no es un periodista ético.

P.: ¿Cómo has ejercido esa fidelidad sin perjuicio de la libertad de informar que también forma parte de tu bagaje periodístico?

JDR: Porque entiendo que la libertad de informar es el resultado de la acción de hombres libres y yo no concibo un periodismo hecho sin libertad personal. Distingo entre esa libertad personal y esa libertad formal que dan las leyes. Para mí esa libertad formal que dan las leyes es un aspecto muy segundón frente a este otro que es el fundamental: la libertad personal. El periodista es alguien que tiene que trabajar en ese ambiente de libertad y es lo que le configura su talante. Los periodistas nos conocemos unos a otros porque todos tenemos el mismo talante, y tenemos un mismo perfil espiritual que está definido fundamentalmente por el afán de libertad, por estarnos construyendo nuestra independencia. Somos personas muy poco domeñables, siempre queremos seguir nuestro camino propio. Por eso son de admirar los jefes de redacción y los directores que tienen que manejar agente de este talante.

Una de sus últimas fotografías.

P.: La exigencia de la tarjeta de periodista ha sido una buena experiencia, ¿seguirá siéndolo?

J.D.R.: Yo creo que, en principio, es una buena solución. El periodista necesita una formación, sobre todo si se tiene en cuenta el trabajo que tiene que desempeñar actualmente. Yo miro cualquier sala de redacción y encuentro que allí llegan ríos de datos, pero por cantidades, y te están llegando por fuentes que están inaugurándose continuamente. La última, Internet.

Todo ese río de información no la puede manejar una persona que se haya improvisado en esto. Si es una persona que en otra disciplina adquirió habilidad para hacerlo, bienvenida sea, agréguele unas cuantas técnicas periodísticas y sobre todo la pasión por este oficio y tendrá buenos periodistas sin necesidad de tarjeta. Es la razón por la que a mí no me ha habido ninguna duda de que hombres como García Márquez, como Álvaro Gómez y como estas brillantes figuras del periodismo que no tienen tarjeta, pues deben continuar, están aportando. Lo decía en alguna columna recientemente, su tarea periodística es su tarjeta, y de eso no cabe ninguna duda.

Ahora, lo que habría que poner en duda es la manera de esa formación. Llevamos ya varios años en que las universidades están buscando un camino y no lo logran encontrar. Ahora se ha abierto otra alternativa que son los posgrados. Y la experiencia que personalmente tengo con profesionales en posgrados de periodismo es una experiencia que hasta ahora me convence, en el sentido de que es gente que después de haber hecho una profesión, es tal la pasión que siente por este oficio que se van a matricular en un posgrado costoso y se sientan otra vez en las bancas a estudiar y a estudiar con mucho entusiasmo. Para mí hay algo que es fundamental y que es lo que más se ha olvidado: el periodismo no es una técnica, es una pasión, y si tú lo tomas como una pasión, la técnica viene por añadidura.

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