NÁFER
Morir para vivir… en el recuerdo

Por Evo Matrix www.elmuellecaribe.co
Hay hombres que se van y dejan silencio. Otros, en cambio, se van dejando música. Náfer Santiago Durán Díaz, ‘Naferito’, pertenece a esa estirpe de hombres que, a pesar de su partida, no desaparecen del todo porque su vida quedó amarrada a un acordeón, a una canción, a una parranda y a la memoria de un pueblo.
Murió a los 94 años, después de permanecer internado en la Clínica Alta Complejidad de Valledupar, afectado por severas complicaciones cardíacas. Y con él se marcha uno de los grandes juglares del vallenato tradicional, uno de esos hombres que ayudaron a levantar, con paciencia de artesano y sentimiento de campesino, los primeros cimientos de un folclor que hoy se escucha mucho más allá de las fronteras del Caribe.
Náfer nació el 26 de diciembre de 1932 en El Paso, Cesar, tierra de acordeones, cantos y hombres que aprendieron a conversar con el viento a través de cuatro aires: paseo, merengue, son y puya.
Sayco de luto
“Sayco está de luto”, dijo el presidente de la sociedad Rafael Manjarrez. “El maestro Náfer Durán era uno de nuestros socios emblemáticos”, puntualizó. Video bajado de Intervallenato-(Sayco Caribe).
Venía de una familia que parece haber tenido un pacto secreto con el vallenato. Su hermano Alejo Durán fue el primer Rey Vallenato del Festival de la Leyenda Vallenata, en 1968. Pero Náfer no vivió a la sombra de Alejo. Caminó su propio camino, encontró su propio sonido y escribió su propio capítulo en esa historia que todavía se sigue contando de generación en generación.
En 1976 llegó su propia corona: Rey Vallenato en la categoría profesional.
Y ese mismo año ocurrió otro de los episodios fundamentales de su vida musical. Náfer grabó junto a un joven Diomedes Díaz la producción ‘Herencia vallenata’, álbum que marcaría el comienzo discográfico de quien posteriormente sería una de las voces más reconocidas del vallenato. Allí quedaron canciones de Náfer como ‘Teresita’, ‘La invitación’ y ‘Pobre negro’.
A veces la historia de la música tiene esas coincidencias que parecen escritas de antemano: un juglar consagrado abre la puerta y, al otro lado, aparece una voz destinada a convertirse en leyenda.

Pero ‘Naferito’ no era solamente acordeonero. Era compositor, cantante y verseador. Juglar completo. De esos que sabían que una canción no empieza cuando suena el acordeón, sino mucho antes: en una conversación, en una mujer, en una esquina, en una tristeza, en una ocurrencia, en el paisaje. Juglar de esos que ya no hay, juglar de esos que ya no vuelven.
Su obra supera las 80 composiciones registradas por la Fundación Festival de la Leyenda Vallenata. Allí están ‘Déjala vení’, puya que permanece en el repertorio de los festivales, ‘El estanquillo’, vinculada también a la tradición de la piqueria, ‘La chimichaguera’, ‘Mi patria chica’, ‘El rezo’, ‘La flor del melón’, ‘Clavelito’, ‘Teresita’, ‘Pobre negro’, ‘La zoológica’ y ‘Sin ti’.
Esta última tenía, además, una historia de corazón. Náfer contó meses antes de su muerte que ‘Sin ti’ estaba relacionada con su historia de amor con Rosibel Escorcia. Porque también de eso estaba hecho su vallenato: de amores que llegan, amores que se van y recuerdos que se quedan dando vueltas como una melodía. Hasta que se vuelven canción.
En 1983 volvió al Festival de la Leyenda Vallenata buscando una nueva corona. No se la dieron. El jurado decidió declararlo fuera de concurso y el título correspondió a Julio Rojas Buendía.

Pero aquella decisión terminó convirtiéndose, paradójicamente, en otra forma de reconocimiento. El jurado estaba integrado, entre otros, por Gabriel García Márquez, Enrique Santos Calderón, Rafael Rivas Posada, Miguel López y Leandro Díaz. Años después, Náfer contó que García Márquez le explicó que aquella distinción significaba que había alcanzado un nivel excepcional frente a los demás participantes.
Fuera de concurso. Dentro de la historia.
Ese podría ser, quizás, uno de los mejores lugares para recordar a Náfer Durán.
Porque su acordeón tenía una personalidad propia. Dominaba los cuatro aires del vallenato tradicional y era particularmente reconocido por su manejo del tono menor, ese territorio musical donde la alegría y la melancolía pueden sentarse juntas en la misma mesa.
Durante sus últimos años siguió aferrado al acordeón como quien se aferra a un viejo amigo. A sus más de 90 años —deseaba vivir hasta los cien— todavía hablaba de él como compañero inseparable y decía que dejar de tocarlo sería, de alguna manera, dejar de vivir.
Ahora el acordeón tendrá que hablar por él.
El maestro fue velado en cámara ardiente en la sede de Sayco Valledupar. Rafa Manjarrez, presidente de la entidad, lamentó su partida. Pero será El Paso, el pueblo que lo vio nacer y donde será sepultado, el encargado de despedirlo con música y memoria. Acto al cual asistirá una delegación de Sayco, de acuerdo con el dato suministrado por el presidente de la sociedad.

Desde su cuna y su sepultura circula este cartel memorial:

«El alcalde de El Paso, Jesús Ortiz Cervantes, y la Fundación Festival Pedazo de Acordeón invitan al público en general a acompañar el homenaje póstumo a Nafer Santiago Durán Díaz, noveno rey vallenato.
Este 30 de septiembre, nos reuniremos para rendir homenaje a su vida, su música y el inolvidable legado que dejó en nuestro folclor.
2:00 PM Cámara ardiente homenaje y despedida. Plaza Principal El Paso.
Un espacio abierto para acompañar a su familia y rendir un homenaje al maestro, cuyo acordeón y legado permanecerán para siempre en la memoria de nuestro pueblo.
Un legado inmortal-Alcaldía de El Paso».
Y quizá no haga falta decir mucho más.
Náfer Durán partió hacia la eternidad, pero dejó suficientes canciones para que su ausencia no sea silencio.
Cada vez que un acordeón vuelva a buscar el tono menor, cada vez que una puya de aquellas que desafían al tiempo vuelva a levantar polvo en una plaza, cada vez que alguien pronuncie ‘Naferito’ con afecto, el viejo juglar regresará.
Porque hay una manera de morir que no es desaparecer. Es quedarse.
Y Náfer Santiago Durán Díaz se quedó en el acordeón, en el canto, en sus composiciones, en los festivales y, sobre todo, en la memoria de un pueblo que ahora lo despide con el mismo lenguaje con el que él vivió: música, palabra y vallenato.

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