
Por Eduardo Frontado Sánchez
Resulta preocupante observar cómo las generaciones actuales, en lugar de fortalecer su capacidad de pensamiento crítico y desarrollar el autoliderazgo, parecen centrarse cada vez más en la búsqueda de lo fácil para obtener bienes económicos o en la necesidad de pertenecer a determinados grupos. En muchos casos, esta tendencia refleja una insatisfacción con la propia condición humana, que conduce a distorsionar valores fundamentales e incluso el significado real de la relación con nuestras mascotas.
El mayor reto de la sociedad contemporánea —profundamente interconectada— es comprender que esa interconexión puede jugar tanto a nuestro favor como en nuestra contra. Nos brinda acceso inmediato a información, tendencias y oportunidades, pero también nos expone a dinámicas que debilitan la reflexión profunda y la construcción de criterios propios. En este contexto, cada individuo tiene la responsabilidad de elegir el legado, los valores y la forma de vida que desea construir.
Existe una relación directa entre la autogestión personal y el liderazgo. Sin embargo, las dinámicas sociales actuales parecen dificultar este proceso. Para muchos, la incapacidad de manejar emociones, frustraciones o vacíos personales deriva en formas de evasión que sustituyen el crecimiento personal por soluciones superficiales. El manejo de las emociones, la soledad y los conflictos internos debe ser atendido por especialistas cuando sea necesario, mientras que los animales cumplen una función valiosa como compañía, apoyo e incluso asistencia para muchas personas en una sociedad cada vez más aislada.
La preocupación central radica en el futuro de las próximas generaciones. ¿Qué profesionales tendremos mañana? ¿Qué nivel de compromiso existirá con el conocimiento, el esfuerzo y la excelencia? Hoy se observa una tendencia a desvirtuar el valor del trabajo, del aprendizaje y del desarrollo personal, privilegiando lo rápido, lo inmediato y la obtención de beneficios económicos sin procesos formativos sólidos.
Asimismo, la sociedad contemporánea enfrenta un fenómeno particular: la adopción de tendencias que, lejos de fortalecer la identidad humana, pueden reflejar una falta de liderazgo y autogestión. Surge entonces una pregunta esencial: ¿de qué sirven el acceso al conocimiento y la inmediatez tecnológica si no existe la capacidad de discernir ni de construir una sociedad basada en valores, sueños y metas comunes?
Liderar, en su sentido más profundo, implica mucho más que el desarrollo individual. Supone construir para el bienestar colectivo, contribuir a una sociedad mejor y fortalecer los vínculos humanos. Cuando la atención se centra únicamente en modas o tendencias pasajeras, se corre el riesgo de descuidar aquello que verdaderamente define nuestra humanidad: la capacidad de crear, reflexionar, empatizar y construir en conjunto.
Vivimos en una sociedad que muchas veces sigue tendencias mientras enfrenta altos niveles de soledad, frustración y vacío emocional. No reconocer estas realidades ni trabajar en su transformación no constituye autogestión, sino una evasión del crecimiento personal y colectivo. El desafío consiste en recuperar valores esenciales, fortalecer la responsabilidad individual y reafirmar nuestra esencia humana.
Lo humano es lo que nos identifica y nos da sentido como sociedad. Reconocer el valor de las mascotas y de todo ser vivo que nos acompaña no debe implicar el desmérito de nuestra propia condición humana. La convivencia, el respeto y la empatía deben orientarnos hacia una sociedad sólida en valores, objetivos y aspiraciones comunes.
Recordemos siempre que es nuestra humanidad la que nos define, y que en el reconocimiento de nuestras diferencias encontramos aquello que verdaderamente nos une.
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