Por Gabriel Ortiz

Desde las grandes ciudades y desde el exterior, se decía que los campos, las veredas y las pequeñas poblaciones de este país, estaban encerradas, desamparadas y sin Dios ni ley, por la acción de los grupos guerrilleros que día a día se apoderaban de nuestros territorios. Allí se implanta un régimen de oprobio, humillación, deshonra e infamia que elimina las normas y libertades a hombres, mujeres y niños que eran habitantes y propietarios de esos territorios.

Las diferencias políticas, económicas y sociales que desde hace años han imperado, fueron estableciendo feudos dominios y posesiones para afianzar la soberanía, de unos pocos, sobre las mayorías.

Con el correr de los tiempos y la acumulación de poderes, las castas de todos los órdenes han florecido e implantado sus voluntades sobre los más débiles.

Así se conformaron grupos de salteadores de caminos o “defensores” de grupos políticos que alcanzaban a “gobernar” a los más frágiles. Como quiera que muchos exhiben cierta rebeldía, montaron guardias armados para imponerse por la fuerza.

Fueron pasando los años, e imponiéndose estas costumbres, hasta llegar a las guerrillas de izquierda y derecha que desmoronaron las normas, leyes, constituciones, preceptos o disposiciones. En los últimos años aparecieron paramilitares y narcos que implantaron sus propias granjerías, con las que se apoderaron de guerrillas, autoridades legítimas, sociedades y cuanto necesitaran para sus fechorías.

Han impuesto cuanto han querido. Se adueñaron de poblaciones y regiones que manejan según sus requerimientos. Secuestran, asesinan, extorsionan y cuanto necesitan para imponer sus voluntades. Raptan, encierran y violan niños y niñas a los que utilizan como escudos humanos durante los combates. Cobran impuestos a los habitantes y poblaciones en general.

Los poderes centrales del Estado nunca pensaron que hasta esos extremos llegaría, pero ahora han ido más allá. Se han apoderado de las capitales y       grandes ciudades en las que ejercen la extorsión y el secuestro… Se creyó que eso sería todo, hasta este martes 22 de septiembre, cuando se tomaron Santa Marta y sitios cercanos. La capital del Magdalena permaneció en su poder. Estuvo militarizada, escuelas cerradas, todo el comercio inactivo y una población inerme, que ni siquiera podía abrir las ventanas de sus residencias.

Esa es la nueva manera de amedrentar a los habitantes de las capitales. ¿Cuándo llegarán a Bogotá, a la casa de gobierno, al capitolio, a los jueces, a los cuarteles de ejército y a la policía, a su transporte público, a su comercio, fábricas y demás actividades?

En la Costa, vieron al presidente Abelardo pistola al cinto, chaleco antibalas y ejército bajo su mando.

Atenuó la situación en Santa Marta, pero todos se preguntan ¿cuándo terminará la herencia funesta que nos dejó Petro con la paz total, que solo sirvió para multiplicar sus amigos de la guerrilla -ahora son 30.000-, el pillaje, la extorsión, el secuestro y todo lo que hoy aterroriza, amedrenta e intimida a un país entero… al encierro de una nación.

BLANCO: La atención a los servicios de salud que empezó a aplicarse. Ya se están entregando de nuevo los medicamentos.

NEGRO: Fue tal la corrupción en la Unidad de Gestión de Riesgo, que no hay manera de apagar los incendios forestales que destruyen nuestros bosques.

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