Por Hernán Alejandro Olano García

Miembro Correspondiente de la RAE, numerario de la colombiana de la lengua, correspondiente de la panameña de la lengua y, honorario de la boyacense de la lengua.

En tiempos en los que la velocidad parece haber sustituido a la reflexión y el ruido a la contemplación, volver a leer a Carlos Obregón Borrero es un acto de resistencia cultural, lo cual queda plasmado en la selección poética que el escritor Gilberto Abril Rojas ha patrocinado bajo el sello de la Academia Colombiana de la Lengua.

Con tres mujeres y un hijo en su haber, Gilberto Abril presenta la triste vida de Obregón Borrero, de la cual su poesía, escrita hace más de medio siglo, no ha envejecido porque nunca pretendió responder a la coyuntura. Aspiró, en cambio, a interrogar lo permanente: el sentido de la existencia, la presencia del misterio, el tiempo, la muerte y la esperanza.

Obregón Borrero ocupa un lugar singular en la literatura colombiana. Mientras buena parte de la poesía de su época buscaba interpretar los conflictos sociales o renovar las formas expresivas, él emprendió un camino más silencioso y exigente. Su palabra no buscaba deslumbrar, sino revelar; no pretendía convencer, sino conducir al lector hacia una experiencia interior. Esa opción estética explica, en parte, por qué su obra permaneció durante años al margen de los grandes circuitos editoriales y académicos. Sin embargo, también explica por qué continúa encontrando lectores que descubren en ella una profundidad poco frecuente.

La vigencia de su poesía (Katarsis, Bogotá, 1952); (Distancia Destruida, Madrid, 1957); Estuario (Palma de Mallorca, 1961); y, Poesía Inédita (Bogotá, 2025), reside precisamente en esa capacidad de dialogar con las inquietudes de cualquier generación. El hombre contemporáneo dispone de más información que nunca, pero no necesariamente de mayor sabiduría. Vive conectado con el mundo y, paradójicamente, desconectado de sí mismo. Frente a esa realidad, la voz de Obregón Borrero invita a detenerse, a escuchar el silencio y a reconocer que las preguntas fundamentales siguen siendo las mismas. ¿Quiénes somos? ¿Qué significa habitar el tiempo? ¿Dónde encontrar la esperanza cuando todo parece efímero?

Su obra recuerda que la poesía no es un lujo reservado para especialistas ni un ejercicio de evasión. Es una forma de conocimiento. Allí donde el lenguaje cotidiano resulta insuficiente, el verso abre caminos para comprender aquello que escapa a las definiciones. En una sociedad acostumbrada a medir el éxito por la inmediatez y la utilidad, la poesía de Obregón Borrero reivindica el valor de la contemplación, de la belleza y de la búsqueda espiritual.

Quizá esa sea la mayor lección que nos lega este poeta colombiano: las palabras verdaderamente esenciales no caducan con las modas ni con las generaciones. Permanecen porque hablan de aquello que constituye la condición humana. Mientras existan hombres y mujeres dispuestos a preguntarse por el sentido de su existencia, la voz serena y luminosa de Carlos Obregón Borrero seguirá encontrando un lugar desde donde interpelarnos.

“Libre en otro espacio tú perduras con las rosas y bestias que te aman.

Y la mar, como una madre poderosa, con sus efluvios te alimenta y rescata tu rostro de las tibias cenizas.

Tan solo basta que tu voz llegue con las olas, que algún bajel traiga indicios de tus últimos quehaceres para que de nuevo los ángeles te canten y las flores nos entreguen su aroma”.

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