Por Carlos Cantor Beltrán www.biciurba.com

Colombia todavía intenta asimilar la magnitud de la tragedia provocada por el terremoto. Detrás de las cifras de afectados hay personas que lo perdieron todo, o casi todo; familias que buscan a sus seres queridos y comunidades que, en cuestión de minutos, vieron cambiar sus vidas. Frente a una tragedia de semejante dimensión, resulta difícil permanecer indiferente. Para muchos, la primera reacción fue una oración. Para otros, fue preguntarse qué podían hacer para ayudar.
Y la respuesta llegó de muchas maneras.
En 15 departamentos y 472 municipios del occidente y centro del país afectados por el sismo, comenzaron a movilizarse alimentos, agua, ropa, elementos de primera necesidad y toda clase de ayudas. En Bogotá, la respuesta ciudadana fue especialmente generosa. Supermercados, empresas, organizaciones sociales y ciudadanos particulares habilitaron diferentes mecanismos para facilitar las donaciones, incluso mediante paquetes de productos básicos que podían adquirirse a precios accesibles y entregarse directamente a los centros de acopio.
Pero hubo una solidaridad que, literalmente, se puso a rodar.
Grupos de ciclistas urbanos de Bogotá decidieron poner a disposición algo que conocen bien: sus bicicletas, sus músculos y su tiempo. No se trataba de una competencia, ni de recorrer kilómetros por diversión. Esta vez la bicicleta tenía otra misión: recoger donaciones, transportarlas y llevarlas hasta los lugares donde podían ser clasificadas y posteriormente enviadas a las zonas afectadas.
Entre esas iniciativas estuvo BiciActiva, una comunidad vinculada al uso de la bicicleta urbana y a diferentes actividades culturales y deportivas. Su convocatoria, liderada por Lorena Romero Fontecha, terminó reuniendo alrededor de 180 voluntarios de diferentes sectores de Bogotá.
La idea inicial parecía sencilla. Había que ayudar y, en materia de logística, los ciclistas tenían mucho que aportar.
“Comenzamos hablando con algunos amigos, conocidos y contactos de empresas con los que había trabajado anteriormente. Dijimos que había que hacer algo frente a la catástrofe y pensamos que nuestra comunidad de ciclistas de BiciActiva podía ayudar, especialmente en la logística”, recuerda Romero Fontecha.
La organización fue tomando forma rápidamente. Algunas empresas facilitaron sus canales de recolección, una de las colaboradoras dispuso un centro de acopio en Fontibón y BiciActiva aprovechó, además, un convenio con la Cruz Roja para direccionar parte de las donaciones. La intención era también ofrecer confianza a quienes querían contribuir y garantizar que las ayudas llegaran a lugares donde realmente fueran necesarias.
Entonces aparecieron las bicicletas de carga, las llamadas bicicletas panaderas, las bicicletas utilizadas diariamente por los domiciliarios y, junto a ellas, motos, automóviles y camionetas ofrecidos voluntariamente por ciudadanos que querían colaborar.
La convocatoria fue creciendo. Llegaron donaciones pequeñas, hechas por ciudadanos que entregaban algunos productos, pero también aparecieron empresas que aportaron cientos o miles de botellas de agua, mercados, bolsas, lonas, ropa y otros elementos esenciales.
Y hubo un protagonista particular: el ciclo mensajero. Bogotá cuenta con una comunidad de mensajeros en bicicleta considerablemente activa. Muchos de ellos tienen en su bicicleta no solamente su herramienta de trabajo, sino su fuente de ingresos. Sin embargo, durante estos días decidieron utilizarla para algo que no les representaba ningún pago.
“Lo lindo fue ver la comunidad de ciclo mensajeros, que en Bogotá es muy fuerte, y a quienes tienen bicicargos. Ellos tienen sus emprendimientos, pero básicamente dedicaron sus días a esta labor solidaria y nos ayudaron muchísimo”, cuenta Romero.
Ese detalle resume buena parte de la historia. La solidaridad no siempre se expresa mediante grandes aportes económicos. A veces consiste en entregar unas horas de trabajo, cargar una caja, pedalear varios kilómetros, transportar un mercado o simplemente preguntar dónde hace falta una mano.
Los voluntarios de BiciActiva no solamente recogieron y transportaron donaciones. Cuando no estaban atendiendo un servicio de mensajería solidaria, acudían a los centros de acopio para seleccionar, empacar y organizar los productos, según las necesidades del momento.
Fueron jornadas largas y agotadoras. La bicicleta, que habitualmente representa movilidad, independencia y trabajo, durante aquellos días se convirtió también en una herramienta de solidaridad.
La experiencia dejó una conclusión que va más allá de las donaciones recogidas. Para Lorena Romero Fontecha, la tragedia permitió comprobar que, frente a una emergencia, todavía existe una enorme capacidad de unión entre los colombianos. Y también demostró que la comunidad ciclista de Bogotá está dispuesta a responder cuando la ciudad y el país necesitan de ella.
Quizás allí esté una de las lecciones menos visibles de la tragedia. En medio de la destrucción, de las pérdidas y de la incertidumbre, aparecieron ciudadanos que no preguntaron cuánto iban a recibir a cambio de ayudar. Simplemente pusieron la bicicleta en la calle y comenzaron a pedalear, porque algunas veces la solidaridad no necesita discursos. Necesita ruedas.
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