Por Carlos Cantor www.biciurba.com

Una tragedia que nos une y nos invita a repensar a Colombia

Las tragedias rompen mucho más que paredes, carreteras y edificios. También ponen a prueba nuestra capacidad para mirar al desconocido que sufre y reconocerlo como uno de los nuestros.

Colombia es un país profundamente dividido. La política, la guerra, la desigualdad y una larga tradición social han levantado fronteras entre ricos y pobres, entre regiones, entre indígenas, afrodescendientes y mestizos, entre quienes viven cerca del poder y aquellos que permanecen alejados de todo.

Pero basta con que la tierra tiemble para que muchas de esas diferencias pierdan, aunque sea temporalmente, buena parte de su fuerza. Cuando alguien queda atrapado bajo los escombros, nadie pregunta por quién votó. Se busca una señal de vida. Una mano. Un grito. Una respiración. Y el desconocido deja de serlo.

Eso es lo que también estamos viendo después del terremoto que golpeó especialmente al Chocó y que fue sentido con fuerza en buena parte del país. Bomberos, policías, militares, médicos, organismos de socorro y ciudadanos comunes se movilizan para ayudar. Alguien lleva agua, otro consigue alimentos, otro presta un vehículo y muchos trabajan durante horas buscando sobrevivientes.

En medio del dolor aparece una Colombia diferente. No desaparecen las diferencias, pero dejan de parecer tan importantes, entonces vemos la otra cara: los que ayudan y quienes intentan aprovecharse. El saqueo de viviendas y comercios afectados es una de las expresiones más miserables de una emergencia. Mientras unos buscan personas entre los escombros, otros buscan objetos para llevarse.

En algunos lugares, vecinos indignados han reaccionado contra presuntos saqueadores antes de que intervengan las autoridades. La rabia es comprensible, pero la justicia por mano propia no puede convertirse en otra tragedia. Detener al delincuente corresponde a la autoridad.

Y existe otro tipo de oportunismo, menos visible pero igualmente dañino: el político.

El presidente Abelardo de la Espriella, visitó Quibdó, en el recorrido evaluó las afectaciones e informó que los recursos económicos estatales ya se encuentran disponibles para atender la emergencia. Le acompaña la gobernadora Nubia Carolina Córdoba-Curi

En Colombia casi ninguna tragedia escapa de la discusión partidista. Y esta ocurre, además, en un momento de cambio de gobierno, cuando las redes sociales se convierten en escenario de acusaciones, interpretaciones apresuradas y críticas de todos contra todos. La vieja fórmula de “malo porque bogas y malo porque no bogas” vuelve a aparecer.

Si el Gobierno actúa, algunos dirán que busca protagonismo. Si tarda, hablarán de incompetencia. Si recibe ayuda internacional, habrá críticas; si no la recibe, también. Pero mientras los políticos discuten, hay personas esperando ser rescatadas., porque la política tendrá su momento, las responsabilidades también, pero primero están las vidas.

Chocó, una tragedia dentro de otra

El terremoto adquiere una dimensión especial por haber golpeado una región donde la geografía hace todavía más difícil atender una emergencia. En muchas comunidades del Chocó llegar no es sencillo. Hay pocas vías, grandes distancias, territorios selváticos y problemas históricos de conectividad. Cuando ocurre una tragedia, la distancia no se mide solamente en kilómetros: se mide en horas de espera para una ambulancia, maquinaria, alimentos, agua o una comunicación telefónica.

Para estas comunidades, el terremoto no termina cuando deja de moverse la tierra, comienza entonces otra espera. Y esa realidad debería recordarnos que Colombia no puede seguir construyéndose únicamente alrededor de sus grandes ciudades.

La Tierra nos recuerda nuestra verdadera dimensión

La Tierra tiene aproximadamente 4.540 millones de años. Nosotros llevamos apenas una diminuta fracción de ese tiempo habitándola, sin embargo, actuamos con frecuencia como si fuéramos sus propietarios.

Construimos ciudades, levantamos edificios, trazamos fronteras, acumulamos riquezas, peleamos por ideologías y nos sentimos superiores a quienes tenemos al lado, entonces la tierra se mueve durante unos segundos y todo cambia, porque un terremoto no distingue entre ricos y pobres, entre izquierda y derecha, entre indígenas, afrodescendientes o mestizos. No sabe quién gobierna ni quién hace oposición, simplemente ocurre.

Y durante unos segundos nos recuerda algo que solemos olvidar: somos pequeños, vulnerables y profundamente dependientes de un planeta que tiene una historia muchísimo más larga que la nuestra.

Organizaciones como La Cruz Roja Colombiana, cuerpo de bomberos, rescatistas de la Defensa Civil, Ejercito Nacional y otras organizaciones están presentes ayudando a recuperar victimas de esta tragedia nacional

La solidaridad no tiene fronteras

La tragedia también ha despertado expresiones de solidaridad internacional. Gobiernos y organizaciones han ofrecido ayuda a Colombia, recordándonos que ante una emergencia las fronteras políticas pierden importancia, y eso debería ocurrir también dentro de nuestro propio país.

Vendrán después los cálculos económicos. Habrá que establecer cuánto costará reconstruir viviendas, escuelas, hospitales, carreteras, puentes, redes eléctricas, sistemas de agua y comunicaciones, pero todavía no es el momento de ponerle precio al desastre.

Primero hay que encontrar a quienes siguen desaparecidos. Atender a los heridos. Acompañar a las familias. Recuperar lo que pueda recuperarse, después llegará la reconstrucción y con ella, las preguntas inevitables.

Un solo país

Colombia no puede impedir que la Tierra vuelva a temblar, pero sí puede decidir cómo responder cuando ocurra. Puede construir mejor, preparar mejor a sus comunidades, fortalecer los organismos de emergencia, mejorar las comunicaciones y llevar infraestructura a las regiones que durante décadas han permanecido demasiado lejos de los centros de decisión.

Y puede aprender algo todavía más importante: a mirarse como una sola sociedad, porque cuando la tierra tiembla, el rico necesita al pobre, la ciudad necesita al campo, el centro necesita a la periferia y el Gobierno necesita a los ciudadanos.

En estas realidades el desconocido se convierte en vecino, el que estaba lejos se convierte en hermano y el que pensaba diferente se convierte, por unos instantes, simplemente en colombiano.

No sabemos cuándo llegará el próximo terremoto, sabemos que llegará y la Tierra lleva unos 4.540 millones de años moviéndose y no va a detenerse porque nosotros hayamos construido nuestras ciudades sobre ella. Lo que sí podemos cambiar es la manera como respondemos.

  • Que el próximo movimiento nos encuentre preparados.
  • Que no nos encuentre saqueando.
  • Que no nos encuentre haciendo política con el dolor.
  • Que no nos encuentre indiferentes.
  • Que nos encuentre humanos.

Porque cuando la tierra tiembla, todas nuestras diferencias se vuelven pequeñas y por unos instantes —ojalá por mucho más tiempo— Colombia recuerda que Colombia somos todos.

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