
Por Diego García, MD
A lo largo del año se viven muchas fiestas de acuerdo con los calendarios, pero sin lugar a duda la Navidad es una fecha muy especial, pues despierta varias emociones: alegría, nostalgia, amor e incluso tristeza. Hay personas que esperan mucho esta fecha y otras quisieran que no llegara, pero hay un hecho que marca la llegada de la Navidad: las compras. Para esta fecha hacemos una asociación entre “celebración navideña” y “regalos”, y muchas veces creemos que el cariño se mide por eso que entregamos envuelto en papel y moño. Pasamos de una fecha espiritual y de amor sincero a una carrera por comprar antes del 24.
Los regalos materiales, sin importar el tipo de obsequio que nos dieron o que dimos, pierden con el tiempo el impacto que tuvieron en nosotros. Se van desgastando y puede que lo único que quede sea un recuerdo, y muchas veces ni siquiera recordamos qué dimos o qué nos dieron. Lo que en su momento nos llenó de alegría termina convirtiéndose en algo más del montón. Esto sucede porque los regalos solo llenan por un momento ese vacío interior que muchas veces experimentamos y que tratamos de cubrir con títulos, posesiones o logros, pero ese vacío siempre vuelve a sentirse. El problema no es comprar ni tener cosas, sino creer que en ellas está la solución y el verdadero sentido de la existencia.
Por otra parte, existen regalos diarios que se han normalizado tanto que ya no los tenemos en cuenta. ¿Cuáles son? Los más básicos y esenciales: salud, comida, techo, trabajo, familia, amar y ser amados. Puedes decir: “eso ya lo tengo, necesito más”, y ahí está uno de los primeros puntos que debemos evaluar en nuestra vida. ¿Realmente valoramos y disfrutamos eso que damos por sentado? Muchas veces solo lo extrañamos cuando lo perdemos, o cuando un ser querido enferma y lo único que deseamos es estar sanos. Nuestra mente tiende a enfocarse más en lo que falta que en todo lo que ya tenemos.
Por eso, el mejor regalo que podemos darnos y dar a otros es tiempo: tiempo para mirar, escuchar, acompañar y volver a conectarnos, no desde el celular, sino desde la presencia. Tiempo para estar realmente en nuestra vida y en la de los demás. No cuesta dinero, pero vale más que cualquier compra. Cuando entendemos esto, los regalos materiales pasan a un segundo plano y la Navidad recupera un significado más profundo, uno que realmente llena el vacío interior.
Ejercicio práctico: piensa en el último regalo que le hiciste a tus padres, a tu pareja, a tus hijos o a un amigo. Sé que lo hiciste con amor. Ahora regálale algo más valioso: tu tiempo. Invítalo a un café, haz una llamada o una videollamada, pero dale atención plena, sin distracciones. También puedes regalarte tiempo a ti mismo: no para gastar dinero, sino para estar contigo, con tus pensamientos, aunque sea un minuto al día. Ese pequeño gesto puede empezar a transformar muchos vacíos.
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