Por: Gilberto Castillo. Academia de Historia de Bogotá
Don Pedro de Heredia, fundador de Cartagena, en medio de un arrebato que mezcló, decepción, orgullo y cólera, estuvo a punto de incendiar la ciudad que fundó cuando la conformaban unas cuantas chozas de paja y una iglesia destartalada.

Nunca se supo si el amago de incendio, que pudo ser fatal, fue producto de un arrebato de cólera y venganza o simplemente una pantomima del Desnarigado Heredia para saber, realmente, con qué respaldo contaba entre sus gobernados. Si no lo hizo, fue porque el mismísimo alcalde Simón Romero, al frente de todos los habitantes salió para pedirle perdón por lo ocurrido y entonces Heredia apagó contra las arenas húmedas de la playa la antorcha que llevaba.
El culpable de lo ocurrido fue el mismo don Pedro que, a pesar de estar casado con Constanza Franco y ser padre de dos hijos, seducía a cuanta mujer bonita se le atravesaba, sobre todo si esta era muy joven; quizá por esta razón, seis celosos parientes de alguna de ellas, lo buscaron a estocadas en una calle oscura de Madrid a la salida de una taberna.
Como era diestro espadachín, los enfrentó e hirió a dos de los esbirros, pero recibió un corte en la cara que le tumbó la nariz y le dejó una herida sobre uno de sus pómulos. La única forma que tuvieron los médicos de La Corte para recuperarle las ñatas – Provenía el fundador de familia noble-, fue una técnica similar a la descrita por los hermanos Branca en Sicilia que consistía en cortar piel de la parte anterior del músculo del brazo, poniendo luego el mismo brazo en la cara durante dos meses para asegurar que la piel se adhiriera a la zona nasal mejorando la circulación sanguínea.
Pero por lo incipiente del proceso, a pesar de ser remiendo de la misma tela, el resultado no fue el mejor y don Pedro quedó con un defecto visible y desde entonces fue llamado El desnarigado.
La venganza no se hizo esperar, Heredia buscando por aquí y por allí, dio con tres de sus atacantes y los mató. Como las muertes fueron producto de una retaliación y no de un duelo debió huir de la península y llegó Santo Domingo en busca de su hermano Alfonso quien era propietario de un ingenio azucarero en la isla.

A la muerte de Rodrigo Galbán de Bastidas, fundador de Santa Marta, se nombró en su reemplazo a Pedro de Badillo quien lo incorporó a su expedición como teniente general. Cuando Badillo se marchó, fue gobernador encargado y a sangre y fuego rancheó cercados indígenas, consiguió suficiente dinero y regresó a España para acomodar su situación ante la corte. El dinero que llevaba y sus contactos hicieron que El Rey le entregó la gobernación de Castilla de Oro, que va desde el golfo de Urabá hasta el Cabo de la Vela, y que perteneciera a Alonso de Ojeda un hombre avezado y mejor espadachín que él.
Con Gobernación en mano, regresó a América, pasó por República Dominicana y con su hermano Alfonso se vino a tomar posesión de Castilla de Oro y a buscar, sobre el mismo territorio a la india Catalina, -quien estaba en su pueblo de samba pregonando entre las mujeres, sobre todo, las costumbres españolas y la fe cristiana-. Después de contratarla como traductora se fue hacia los temibles caribes, los venció sin mayor esfuerzo, y gracias a la labor socializadora de Catalina fundó, sin mayor oposición, la Ciudad Heroica el primer de junio de 1533.
Su administración como Gobernador fue buena para él y caótica para los cercados de indios. Los apalea y hasta quema indígenas rebeldes. Se enriquece y utiliza a su gran amigo el cacique Karex que gobernaba en la Isla de Codego, hoy Tierrabomba, para esconder gran parte del tesoro conseguido. El obispo Juan del Toro, cansado de sus desmanes, lo acusa ante la Corte y después del Juicio de residencia a cargo Juan Badillo (no se sabe si familiar de Pedro) va preso a España, pero gracias a su generosidad, es dejado libertad, le refrendan el título de gobernador y le entregan el de adelantado.
Quienes no le perdonan el regreso son los amigos y familiares de los muertos en la trifulca en Madrid, y sigilosamente, Diego Lujan, Juan de Guevara y un tal Ludeña lo siguen hasta Cartagena donde se hospedan en la casa de Alonso de Saavedra, tesorero de la ciudad y contradictor de Heredia. Allí, junto con algunos amigos del tesorero lo siguen sigilosamente. Como no se atreven a ir contra él prefieren atacar violentamente a uno de sus criados y entonces, al final de la tarde, Heredia, junto con su teniente Francisco Cesar, viene donde Saavedra para hacerle el reclamo por sus huéspedes. Saavedra se envalentona y Pedro, que no se para en ascuas, lo golpea con la empuñadura de la espada y lo tira al piso.
A la medianoche, la casa de Heredia es asaltada por los tres forasteros que lo siguen y tres hombres más que se les unen. El Gobernador los enfrenta y por la ciudad solo se oye el ruido de los estoques. En su defensa se une Francisco Cesar y dos soldados disponibles pues la ciudad está casi desprotegida porque Alfonso, el hermano de Pedro, ha viajado con el grueso de la tropa a robarse los fabulosos tesoros de las tumbas del Sinú.
Los dos soldados pronto caen heridos y solamente Pedro y el teniente Francisco terminan enfrentándolos. Le extraña al Gobernador que la ciudad está muda, silenciosa e indiferente al ataque. Finalmente, al amanecer, cuando los dos defensores están apunto de ser derrotados, algunas luces se encienden y los salteadores huyen. Furioso corre Heredia donde su testaferro Karex y lleno de furia le pide venir con toda su tropa indígena a destruir la ciudad. Decenas de canoas indias se dirigen a Cartagena con cientos de antorchas encendidas. Al llegar a la playa, se encuentran con una población en pánico total.
– ¡No es posible que sean indiferentes ante lo que me pasa!, -les grita Heredia- ¡No soy su gobernador, soy un pobre infeliz que gracias a mi teniente Francisco Cesar pudo salvar su vida! – ¡Esta ciudad no merece un gobernador como yo-, levanta la voz aún más!
Finalmente, todo se calma cuando el alcalde Simón Romero, en nombre de todos, le ofrece una cena de desagravio en su casa y promete arrojar de Cartagena a los forasteros que lo asaltaron.
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