Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg

A las 7:34 de la mañana del lunes 10 de agosto de 2026, un terremoto de magnitud 7,4 con epicentro en San José del Palmar, Chocó, cambió en segundos la vida de miles de colombianos. Los primeros reportes oficiales registraron afectaciones en numerosos municipios de Chocó, Caldas, Valle del Cauca, Risaralda y Quindío.

Hay momentos en los que olvidamos que el piso sobre el que caminamos todos los días también puede moverse.

Una casa parece sólida. Una calle parece permanente. La cama donde dormimos, la oficina a la que llegamos cada mañana, la iglesia que conocemos desde niños, el negocio de toda una vida. Construimos alrededor de esas cosas una sensación silenciosa de seguridad.

Hasta que la tierra tiembla.

Entonces algo ocurre también dentro de nosotros.

El neurocientífico Joseph LeDoux ha dedicado buena parte de su vida a estudiar los circuitos cerebrales relacionados con la detección y respuesta ante las amenazas. Su trabajo ha mostrado la importancia de la amígdala y de otros circuitos que permiten al organismo reaccionar rápidamente frente al peligro.

No necesitamos detenernos a pensarlo demasiado cuando algo amenaza nuestra seguridad.

El cuerpo se prepara.

La atención cambia.

Buscamos una salida. Llamamos a nuestros hijos. Pensamos en nuestros padres. Miramos alrededor intentando comprender qué acaba de suceder.

Incluso nuestras capacidades habituales de análisis pueden alterarse temporalmente: la neurociencia ha mostrado que el estrés agudo e incontrolable afecta rápidamente funciones de la corteza prefrontal relacionadas con el razonamiento y la toma de decisiones.

Pero entonces sucede algo extraordinario.

La misma emergencia que despierta miedo también puede despertar solidaridad.

Ayer aparecieron imágenes de ciudadanos trabajando junto con los organismos de rescate, ayudando a mover materiales y buscando maneras de colaborar. En Cali, por ejemplo, personas comunes se sumaron espontáneamente a las labores junto a los equipos de emergencia.

Alguien ofrece agua. Otro presta su teléfono. Una persona pregunta por un vecino que vive solo. Alguien abre una puerta. Otro deja lo que estaba haciendo y empieza a ayudar.

Personas que posiblemente nunca se habían hablado comienzan a comportarse como si pertenecieran al mismo grupo y resulta que esto también ha llamado la atención de los científicos.

El psicólogo Jamil Zaki ha utilizado el concepto «catastrophe compassion» —compasión ante la catástrofe— para describir un fenómeno observado repetidamente después de terremotos, huracanes, ataques y otras situaciones extremas: lejos de producir únicamente egoísmo o caos, las tragedias pueden generar niveles extraordinarios de cooperación y comportamiento prosocial.

Investigaciones sobre supervivientes de desastres también han encontrado que puede aparecer una nueva identidad compartida. Ya no soy solamente yo tratando de protegerme. Por algunos instantes aparece un nosotros: estamos viviendo esto juntos. Esa sensación de destino común puede aumentar el apoyo entre desconocidos.

Quizás allí existe una de las grandes paradojas de las tragedias humanas.

Cuando muchas de las cosas que utilizamos para diferenciarnos pierden importancia, descubrimos todo aquello que compartimos.

En esos minutos no importa demasiado quién tiene el automóvil más costoso, qué cargo aparece en una tarjeta de presentación, por quién votó el vecino, cuánto dinero tiene alguien en el banco o qué título universitario cuelga de una pared.

Importa si estamos bien. Importa encontrar a quien falta. Importa ayudar a quien necesita una mano.

Una tragedia no es algo que debamos idealizar. Hay pérdidas, dolor, incertidumbre y familias cuya vida cambió profundamente ayer. La solidaridad no borra nada de eso.

Pero precisamente por eso resulta tan conmovedora.

Porque aparece cuando nadie la había programado.

Tal vez las tragedias no producen mágicamente mejores personas. Quizás simplemente eliminan, durante unos momentos, muchas de las capas que normalmente nos separan y dejan visible algo que siempre estuvo allí: nuestra capacidad de preocuparnos por otro ser humano.

Hoy Colombia comienza a conocer la verdadera dimensión de lo ocurrido. Habrá que reconstruir viviendas, calles y comunidades. Habrá personas que necesitarán acompañamiento mucho después de que las cámaras de televisión se hayan marchado.

Pero quizá también valga la pena conservar otra imagen de estas horas.

La de personas que tenían miedo y, aun así, ayudaron. La de desconocidos convertidos momentáneamente en vecinos. La de una sociedad descubriendo que cuando la tierra bajo nuestros pies deja de ser firme, podemos encontrar otra forma de sostenernos:

unos a otros.

Agradezco los aportes y comentarios a conocermedespuesdelos50@gmail.com

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