
Por Hernán Alejandro Olano García
Cada vez que se disputa una gran final, los estadios se convierten en el escenario donde confluyen la técnica, la estrategia, la disciplina y la emoción. También aparecen gestos que trascienden lo deportivo: jugadores que se persignan, entrenadores que elevan una oración silenciosa o aficionados que encomiendan el resultado a Dios. Para algunos, estas expresiones son simples rituales; para otros, representan una auténtica manifestación de fe.
En 2023, el seleccionador español Luis de la Fuente Castillo dejó una reflexión que merece atención hoy ante el triunfo de España y la religiosidad de este reino demostrada en la visita de León XIV en junio. Ante la pregunta de un periodista, quien se declaró ateo, sobre dónde queda Dios y la fe cuando en una final «se requiere absolutamente de todo para ganar», el entrenador respondió, en esencia, que la fe no garantiza victorias ni altera el marcador, sino que acompaña a la persona, le concede serenidad y le permite afrontar con esperanza tanto el triunfo como la derrota. Es una respuesta que sitúa la dimensión religiosa en el lugar que le corresponde: no como un recurso para obtener ventajas deportivas, sino como una fortaleza interior.

Con frecuencia se caricaturiza la fe en el deporte, reduciéndola a superstición o a una especie de intervención divina para favorecer a un equipo. Sin embargo, la auténtica experiencia religiosa propone algo muy distinto. Dios no decide el resultado de un partido; ese corresponde al esfuerzo, la preparación, el talento, el trabajo colectivo y, en ocasiones, a ese margen de incertidumbre que hace apasionante cualquier competencia. La fe ayuda, más bien, a vivir el deporte con humildad, respeto y sentido de trascendencia.
El papa Francisco insistió en numerosas ocasiones en que el deporte es una verdadera escuela de virtudes. Recordó que educa en el sacrificio, la constancia, el trabajo en equipo y la capacidad de levantarse después de una derrota. También advirtió sobre el riesgo de convertir la victoria en un absoluto, pues cuando ganar se transforma en el único objetivo, se pierde el verdadero sentido de la competencia y de la dignidad de la persona.
En esa misma línea, el papa León XIV ha señalado que el deporte constituye un espacio privilegiado para construir fraternidad, cultivar la honestidad y reconocer el valor del adversario, no como enemigo, sino como compañero indispensable para alcanzar la excelencia. La competencia auténtica no destruye; ennoblece. El rival no es alguien a quien odiar, sino quien permite que aflore lo mejor de cada deportista.
Quizá esa sea la mejor respuesta a quienes preguntan qué lugar ocupa Dios en una final. Dios no juega de delantero, ni ataja penales, ni inclina el marcador. Está presente en la conciencia de quien compite limpiamente, en la serenidad de quien acepta el resultado con dignidad, en el gesto del vencedor que respeta al vencido y en la fortaleza del derrotado que encuentra razones para volver a intentarlo.
Porque, al final, la mayor victoria del deporte no siempre se refleja en el marcador. Se manifiesta en la formación del carácter, en la nobleza de las acciones y en la convicción de que la fe, lejos de sustituir el esfuerzo humano, le da un sentido más profundo.
El verdadero milagro en el deporte no consiste en que un equipo gane, sino en que una persona, gracias a la disciplina, la honestidad y la fe, se convertirá en una mejor versión de sí misma.
Como escribió san Pablo: «He combatido el buen combate, he terminado la carrera, he conservado la fe» (2 Timoteo 4,7). Quizá esa sea la mayor lección que el deporte puede ofrecer: las victorias son pasajeras, los trofeos se exhiben por un tiempo, pero el carácter, la integridad y la fe son las conquistas que verdaderamente permanecen.
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