Por Camilo Tovar Ramos

Al disponerse a contar una historia ante el vacío de la pantalla en blanco —un vacío casi existencial—, el cronista mide su verdadero desafío. Ese arranque no depende de la destreza en el teclado, sino de la potencia de los sentidos. No es asunto de sintaxis. Es de memoria.

La historia empieza mucho antes de escribir la primera línea. Nace en el momento en que el reportero decidió fijar la mirada allí donde los demás solo pasaban de largo. Quien intenta emprender el relato sin haber observado antes con minuciosidad, solo encuentra la nada en ese vacío.

Por eso, los grandes maestros de la crónica norteamericana, desde la mirada discreta de Gay Talese hasta la agudeza de Tom Wolfe para retratar su época, insistieron siempre en que el periodismo de largo aliento depende de una premisa básica: caminar por la calle.

Talese lo resumía con lucidez aplastante: «Esencia del periodismo es escuchar y observar con paciencia infinita». La escritura es solo el eco de lo que ya se capturó en el asfalto.

Gay Talese, uno de los grandes cronistas del mundo.

El bautizo del «Gallo» Romero

Esa misma convicción dio origen a un mito urbano clásico —una parábola pedagógica que pertenece a la tradición oral de las redacciones de España y América Latina— que se evoca con frecuencia al recordar la atmósfera de la prensa del siglo pasado.

La historia se sitúa en la redacción del desaparecido diario Pueblo, una escuela mítica de reporteros en Madrid. Al frente estaba un director temperamental y con espuela, como los gallos: Emilio Romero, apodado precisamente El Gallo.

Cuenta la tradición que cuando algún joven recién egresado llegaba a su despacho buscando una oportunidad, Romero no revisaba la hoja de vida. Simplemente le entregaba unas monedas y le ordenaba: «Baje al estanco de la esquina y cómpreme un paquete de tabaco».

Aunque a regañadientes, el aspirante solía finalmente cumplir el encargo, sintiendo que hacer un mandado tan básico era una paradoja frente a sus ambiciones intelectuales.

Sin embargo, al regresar y entregar la compra, el director le revelaba la verdadera prueba: «Ahora, siéntese a esa máquina de escribir y redacte todo lo que vio, olió y escuchó en el trayecto de ida y vuelta».

Vicent y la escuela de los sentidos

Que esta anécdota haya cruzado el Atlántico y permanezca viva se debe, en gran medida, al célebre escritor y columnista español Manuel Vicent, quien la popularizó y le puso alas en sus crónicas.

Una de las plumas más brillantes del periodismo en español, Vicent es el mejor ejemplo de lo que significaba aquella prueba.

En sus textos ha demostrado siempre que el talento no radica en los discursos grandilocuentes, sino en la capacidad de traducir el mundo a través de los sentidos: el color de un atardecer, el ruido de una cafetería o los rostros anónimos de la calle.

El verdadero instinto

El examen de Emilio Romero no era un ejercicio de sumisión, sino un bautizo de fuego.

La lección detrás de la leyenda es transparente: aquel que regresaba habiendo mirado solo el suelo, rumiando su descontento, carecía de instinto para el oficio.
En cambio, quien lograba narrar el pregón de un vendedor, el tableteo del tranvía o el gesto de un transeúnte, demostraba madera de cronista.
El valor de una historia se mide en la lucidez para contemplar el mundo sin prisa y en la agudeza para rescatar y narrar lo que los demás condenan a la intrascendencia.

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