
Por Álvaro Ayala Tamayo
Algo muy grave debe estar pasando en nuestro país que está más pendiente de la apertura de una cárcel en la costa y no del cierre de sus colegios. El icónico Gimnasio José Joaquín Casas, en Bogotá, es otro templo educativo que cerrará sus puertas este fin de año. Gracias a esos profesores y empresarios que educaron y formaron durante 67 años ciudadanos para el futuro, que al parecer, hoy no tienen futuro.
Lo más triste de todo es que por las circunstancias actuales, otros centros educativos privados están en lista para seguir el mismo camino. Un informe bien documentado y pedagógico por parte de la Revista Cambio, describe el doloroso problema que hace varios años encendió las luces de emergencia. Los números y la situación social están alineados contra el sistema educativo nacional.
Es una de las materias que debe estudiar con urgencia la nueva ministra de Educación. La doctora Ilva Miriam Hoyos Castañeda, debe trazar una hoja de ruta para aprobar los incentivos y rehabilitar los planteles desaparecidos a partir de 2019, cuando inició la crisis. Cerraron sus puertas y el gobierno encontró las llaves, es lo que esperamos escuchar pronto.
En 2020 en Bogotá había 1700 colegios privados. Hoy existen 1282. Es muy corto tiempo para perder 418.
En la semana de receso escolar los parques mantenían llenos de niños y niñas jugando. La semana pasada solo vimos adultos paseando perros.
Que haya más cupos para ingresar a los centros penitenciarios que a los colegios, escuelas y universidades debe convocar a una coalición de expertos que entregue diagnósticos y soluciones.
Si algo alarga la desigualdad y la inseguridad es la falta de educación. No es lo mismo un pobre educado que uno analfabeta. El desempleado que tiene algo de formación se levanta al rebusque. El pobre sin educación despierta a jugarse la vida y la libertad todos los días. Estudiar lo básico abre la imaginación y da coraje para pedir trabajo o iniciar un emprendimiento.
Un primer análisis explica que se trata de la baja natalidad porque los jóvenes de hoy prefieren tener perro, gato o un buen celular.
A Colombia la ha salvado, en parte, la diáspora venezolana. Miles de los últimos nacimientos han sido de quienes llegaron a nuestro país huyendo del suyo. El problema es que en el futuro serán obreros mal pagados o pegadores de ladrillo. Una profesión mal remunerada que requiere mucho esfuerzo físico. Será uno de los oficios que no desplazará la IA, pero hay que pagarles mejor. Alguien ha visto un celular, un algoritmo o un robot pegando ladrillo o revocando las paredes con cemento ?
Los problemas de los vecinos también nos afectan. La baja natalidad venezolana es el doble de la nuestra. No hay mano de obra para reactivar la industria petrolera. Si los empresarios se deciden a pagar bien, regresarán los venezolanos y detrás irán los colombianos.
La educación es tarea de todos y esperamos que este gobierno no pierda el año tras recoger las malas calificaciones heredadas del fenómeno social que nos agobia. Hay que crear incentivos para que la juventud tenga hijos porque Colombia se está volviendo país de viejos. Como sucede hoy en España, es imposible que los muchachos tengan acceso a vivienda propia. Son conscientes que no pueden traer hijos a esta patria que no les brinda oportunidades.
Se requieren políticas de Estado a largo plazo. No gobiernos que remienden los agujeros del momento.
Nos percatamos del grave problema hace un año y estábamos esperando esta fecha para contarlo. En el conjunto donde vivimos el halloween era una tarde noche encantadora con los niños tocando la puerta para pedir dulces. Hace un año ninguno timbró.
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