
Por Eduardo Frontado Sánchez
Para muchas personas existe el mito de que todos llevamos un niño en nuestro interior y que, de alguna manera, lo cultivamos y nos acompaña a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, frente a los últimos acontecimientos que hemos vivido como sociedad, me pregunto si esa idea sigue teniendo el mismo significado.
Vivimos momentos en los que el interés particular parece imponerse con frecuencia sobre el bien común. No cuestiono la importancia de reconocer y vivir cada una de las etapas de nuestra vida, pero creo que crecer también significa trascender, adquirir conocimientos y construir una mejor versión de nosotros mismos.
A lo largo de mi vida algunas personas me han dicho que pienso de una manera muy profunda y que quizás soy más adulto o maduro de lo normal. Creo que la madurez no la determina únicamente el paso del tiempo. También la construyen las experiencias, el entorno y la manera en que aprendemos a comprender y transitar cada etapa.
Mi llegada a los 40 años ha significado para mí una transformación. He aprendido a darle paso al ser humano, al profesional y al soñador que soy. Ser soñador no significa ser un niño. Para mí, los sueños son el motor que nos impulsa a avanzar y a encontrar nuestro propio camino hacia la felicidad.
También creo que, como seres humanos, debemos asumir nuestros valores y nuestra responsabilidad frente a los demás. Y es allí donde surge una pregunta: si asociamos la niñez con la sensibilidad, la empatía, la solidaridad y la capacidad de asombro, ¿por qué muchas veces perdemos esas cualidades al convertirnos en adultos?
El mundo que estamos viviendo nos invita a reflexionar sobre cuánto hemos dejado de lado la humanidad frente a la ambición, la indiferencia y la rapidez con la que vivimos. Entonces, con todas las acciones que realizamos, ¿dónde queda nuestro niño interior?
No pretendo sentar cátedra sobre este concepto ni juzgar a quienes creen en él. Solo quiero invitarlos a preguntarnos qué queremos hacer con nuestra vida, cuán trascendentes queremos ser y qué queremos dejar en nuestro recorrido.
Mi propio camino no ha sido sencillo. He tenido altos y bajos, pero también experiencias inolvidables que me han permitido crecer y entender que madurar no significa dejar de soñar, sino contar con nuevas herramientas para continuar avanzando.
Quizás no se trata de saber si llevamos o no un niño interior, sino de preguntarnos qué parte de nuestra humanidad estamos dispuestos a conservar mientras crecemos.
Porque, al final, lo humano nos identifica y lo distinto nos une.
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