
Por Carlos Alfonso Velásquez
Colombia atraviesa un momento definitivo. No es solo una crisis de gobierno, sino un agotamiento de las formas con que se ha venido ejerciendo el poder político: las luchas de egos y los intereses particulares han eclipsado tanto el bien común y el verdadero progreso, como la dignidad del Estado.
Dicho lo anterior, estoy dando un paso al frente como precandidato a la Presidencia de la República por el Partido Conservador por la convicción de servir a los colombianos para restituir el orden en un marco de libertad, y así avanzar hacia un futuro de estabilidad.
Mi formación no proviene de las élites o castas políticas ni de la burocracia transaccional. Mi carácter y mi honra se forjaron en la academia y en las Fuerzas Militares, instituciones donde aprendí que el liderazgo no es el privilegio de mandar, sino el honor y la responsabilidad de servir. Esa es la perspectiva que ofrezco: una gestión respaldada por la integridad y el mérito, no por la política barata.
Lo hago por el Partido Conservador porque, a pesar de las inevitables desavenencias de la historia, esta colectividad ha sido uno de los principales pilares de la institucionalidad colombiana. No es sino traer a colación hitos tales como la creación del Banco de la República, de la Superintendencia Bancaria (hoy Financiera) y de la Contraloría General de la República. El impulso a la cédula de ciudadanía como derecho fundamental, o la visión de seguridad y justicia que ha permitido al Estado sobrevivir a sus mayores desafíos. Esa herencia de libertad dentro del orden es la que hoy debemos proyectar hacia el siglo XXI.
Lamentablemente, la palabra «cambio» fue desgastada hasta perder su sentido, hasta el punto de que hoy se asocia más con el desorden y la incertidumbre que con el mejoramiento. Y como el talante conservador conserva lo que valga la pena conservar y cambia, sin sobresaltos, lo que sea necesario, mi invitación no es a cambiar por cambiar, sino a avanzar. Ir adelante hacia un futuro distinto donde la seguridad no sea un eslogan, sino la plataforma para el desarrollo económico y la dignidad social. Sin seguridad jurídica, ciudadana y pública, no hay inversión nacional ni extranjera; y sin inversión, la dignidad es solo una promesa vacía.
El proyecto de la Concordia Nacional que lidero nace de comprender que no necesitamos estar de acuerdo en todo para compartir un destino común. La diversidad de ideas en el país y dentro de nuestro partido es una fortaleza, siempre y cuando el norte sea la verdad y el bien superior de la nación. Colombia no merece más revanchas ni más miedos; merece la sensatez de una conducción clara y sobre todo ética.
Por ello, y con el respeto que la institucionalidad demanda, hago un llamado al Senador Efraín Cepeda y al directorio nacional: es hora de convocar a la Convención Nacional para escoger y/o ratificar el candidato a la presidencia entre las personas inscritas bajo los parámetros estatutarios. Ahora bien, para que la escogencia sea justa, previamente se podrían realizar dos eventos: un debate de propuestas entre los aspirantes y una encuesta. De cualquier manera, necesitamos un espacio democrático que defina la representación de esos millones de colombianos cuyas ideas azules siguen latentes y, desde allí, hablarles a los más de 50 millones de compatriotas que buscan una alternativa sin odios.
Mi compromiso es con la integridad y la legalidad. Quiero ser el presidente que restablezca la confianza en lo público, demostrando que es posible gobernar con las manos limpias y el pulso sereno y firme. Es momento de que el Partido Conservador lidere la gran convergencia nacional, no para volver al pasado, sino para asegurar que Colombia, por fin, pueda caminar hacia adelante en un ámbito de orden que la libere de la violencia y, sobre todo, con la dignidad y armonía que se rescatan mediante la Concordia Nacional.
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