Por Esteban Jaramillo

Prometedores los chicos de la sub 17, con burbujeante optimismo. Pero acecha el peligro de los empresarios. Algunos  responsables, otros vampiros que se roban el futuro de los futbolistas.

En su éxito prematuro, los jóvenes jugadores miran otras metas. Pronto los veremos empacando maletas, con sus mentes e ilusiones en otros mundos, donde se “maduran biches”.

Como Óscar Cortés, Jhon Duran, Juan Pablo Pino, Joao Rodríguez y Néiser Villarreal, quienes fluctúan entre la rebeldía, la burguesía y el conformismo, después de papeles destacados en los suramericanos.

Ahí va nuestro fútbol. Lleno de talento en los futbolistas, sin equipos dominantes, con astros veteranos que prevalecen, entre bastones y arrugas.
Se matan los hinchas en las calles. Todo por un trapo. Los clubes grandes, algunos sin salvoconducto para las finales, patinan por la mala gestión técnica de sus entrenadores. Varios de ellos en entredicho o en el asfalto.

Caen parados, aterrizan en los medios, los que siempre enseñaron, pero nunca aprendieron. 

Se acerca el estreno de Colombia en el mundial y del “10”, el artista, “nadita de nada”.

Con la expectativa se posa en Lucho Díaz, quien apunta muy alto, como jugador preferido por todo lo que ha hecho. Con destacado permanente, cálidos elogios y mucho respeto.

Lorenzo, entre negativas disfrazadas, rechaza el relevo. Prefiere a los suyos, los del proceso, que muchos llaman su rosca.

No ve a Daniel Martínez, el chico fulgurante, campeón suramericano, ni a Juan Rengifo, una de las figuras del torneo con Nacional, por casarse con los viejos.

El furor de las pollas del mundial. El nuestro, un país de apostadores. Ingrediente inevitable del fútbol de siempre. Trump pide a Italia por Irán e Infantino se la juega con los asiáticos, mientras continúa el descarte de famosos lesionados que se pierden la cita.

Los momentos fatídicos que frustran a los astros y los alejan de la vitrina máxima del fútbol, como lo padeció Falcao antes de Brasil en 2014. 

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