
Por Esteban Jaramillo Osorio
Los jurásicos. Veteranos que no saben vivir sin el balón; no se resignan a perderlo. Se resisten al día después, cuando acosa el retiro y llega la despedida.
¿El dinero? Mucho tienen, acumulado a lo largo de sus extensas y lucrativas carreras.
Garantizan a sus clubes calidad, taquillas, influencia en el crecimiento de sus compañeros, como ejemplo e inspiración.
A los periodistas altas cotas de sintonía, a las transmisiones de TV mayor exposición y a los mercaderistas, un diamante de ilimitada explotación.
Son admirados por el público, producen pánico en los rivales. Por eso, en muchos casos los marcan con dureza, a las patadas, los asfixian y limitan sus movimientos, tal como ocurrió a Falcao cuando incursionó en Millonarios.
¿Quién no le teme a un cobro de falta de Quintero, a un pase filtrado, con veneno, de James como fuerza motriz de un ataque?. ¿A un pique veloz de Cuadrado o al liderazgo con sacudidas de la red, de Rodallega?
¿Quién no le teme a Dayro y sus goles, a las manos Firmes de Armani, a la relevancia en la conducción de Macalistar, a Edwin Cardona con su técnica fina y estética, o a la tenacidad de Daniel Torres?
Saben estos añosos jugar, leer el juego, interpretarlo y adaptarse a él.
Futbolistas de élite, atemporales, que gestionan sus últimos tiempos en las canchas. Sin desgastes físicos excesivos porque “ el cuerpo no da”. Pero con enormes aportaciones técnicas, favorecidos por el fútbol nuestro, lento y de escasa rivalidad.
No se quieren marchar. Aman el aplauso y, por qué no, la adulación. Son frecuentes sus lesiones, les cuesta el ritmo cuando es sostenido pero no se niegan a pedir el balón.
El balón, para ellos su herramienta predilecta.
Quieren jugar con él. Lo miman. Lo tratan con simpleza, a uno o dos toques o un poco más, para evitar complicaciones en los duelos físicos o a campo abierto escenarios donde se ven mal.
Así enfrentan el mundo caótico del periodismo que, a menudo, convierte sus críticas en territorio hostil. Con mal ojo para tantas figuras que mucho brillo dieron al fútbol de Colombia, cuando marcan el camino del adiós.
Ya no son imponentes con su físico. Ninguno de ellos con “tres pulmones” como los fajadores. De hecho, nunca lo fueron. Sobreviven con destellos talentosos que marcan diferencias.
Ninguno, por sí solo, tiene el salvoconducto para ser campeón. Lo mejor de su fútbol es pasado, pero siguen resistentes, como un roca, pero sus apetitos por jugar no han desaparecido.
El ídolo de siempre, al que los años le pasan sin afectar, ¿Quién no le quiere cerca o a su lado?
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