
Por Eduardo Frontado Sánchez
Resulta sorprendente que un mundo como el actual, con tantas posibilidades de interconexión, necesite con urgencia convertirse en un agente de cambio positivo para enfrentar los retos de una sociedad tan cambiante y demandante como la que vivimos hoy.
La comunicación no se basa únicamente en teorías. Comunicar tiene que ver con el trato diario, con la forma en que aceptamos al otro y con cómo abordamos determinados temas de manera respetuosa y correcta.
En la actualidad está muy de moda hablar de inclusión y de cómo este concepto evoluciona dentro del ámbito comunicacional. Sin embargo, surge una pregunta inevitable: ¿realmente, como sociedad, entendemos el significado de esa evolución? ¿Sabemos hacia dónde vamos? ¿Estamos preparados para relacionarnos con quienes son considerados distintos en una sociedad que se presume abierta y cambiante?
Desde mi punto de vista, este tema sigue siendo mal abordado. A pesar de la autopista de información que nos rodea, todavía no sabemos comunicarnos adecuadamente con aquello que es diferente. Lo distinto muchas veces genera miedo, rechazo o simplemente desconocimiento.
A lo largo de mi carrera como conferencista motivador he tenido que derribar constantemente la barrera de cómo se comunica la sociedad con personas que poseen cualidades distintas. Situaciones cotidianas lo demuestran. Al llegar a un restaurante, a un establecimiento o a cualquier espacio de recreación —simplemente ejerciendo el derecho de disfrutar como cualquier otra persona— el primer abordaje suele ser: “Pobrecita señora, ¿lee usted? ¿Pide por él?”.
Ese tipo de reacciones me ha llevado muchas veces a preguntarme si, como humanidad, realmente somos conscientes del impacto comunicacional de nuestras palabras. La diferencia no solo afecta a quien la percibe con desconocimiento; también impacta a quien es considerado distinto y que, a lo largo de su vida, desarrolla herramientas para interactuar y salir adelante en un mundo que muchas veces no está preparado para abrazarlo en su justa dimensión.
Hablamos constantemente de inclusión y de comunicación en esta era de hiperconectividad. Sin embargo, la misma autopista del conocimiento a la que hoy tenemos acceso también nos brinda las herramientas para medir el impacto de nuestras acciones y entender cómo somos percibidos por los demás.
Creo firmemente que el impacto comunicacional de nuestra sociedad, pese a todo el acceso a la información que existe, aún no ha sido medido ni comprendido de manera adecuada. Y esto no solo ocurre con las personas consideradas distintas, sino en todos y cada uno de los ámbitos de nuestra vida.
Las actitudes de rechazo o las respuestas inadecuadas hacia una persona con cualidades distintas no siempre producen el efecto que quien las emite imagina. En lugar de herir, muchas veces esas palabras se convierten en un estímulo para demostrarle al mundo que, aun cuando este no esté completamente preparado, las personas con cualidades distintas pueden ser valiosas, útiles y capaces de aportar a la sociedad.
Quizás el mayor reto que tenemos como humanidad es transformar los prejuicios y los miedos en herramientas positivas. Solo así podremos convertirnos verdaderamente en agentes de cambio capaces de generar una nueva mirada hacia la diferencia.
Pero, sobre todo, debemos aprender a pensar antes de hablar. Preguntarnos cuál es el impacto comunicacional que queremos generar con cada una de nuestras palabras y con cada una de nuestras acciones.
Porque, al final, lo humano es lo que nos identifica, y lo distinto es lo que nos une.
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