Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg

El lápiz rojo cayó de la mesa como tantos otros a lo largo de los años. Sin embargo, este parecía tener vida propia: al golpear el borrador, saltó más de una vez antes de llegar al suelo.

El niño, desafiando la gravedad, lo recogió rápidamente y continuó trabajando en una pintura que, años más tarde, bien podría exhibirse en cualquier museo de arte moderno.

Para mí, aquella escena transcurrió en cámara lenta. Mientras el lápiz caía, mis pensamientos intentaban comprender todo lo que había detrás de ese instrumento sencillo que cuesta apenas unos pocos pesos.

Pensé en la creatividad de Nicolas-Jacques Conté, el pintor, químico e inventor francés que, ante la escasez de grafito proveniente de Inglaterra, mezcló grafito en polvo con arcilla, moldeó la pasta en pequeñas barras, las horneó y las envolvió en madera. En 1795 patentó un procedimiento que se convirtió en la base de los lápices que todavía utilizamos.

Un objeto aparentemente insignificante ha acompañado desde entonces a niños, estudiantes, escritores, científicos, arquitectos y artistas. Me gusta imaginar a Vincent van Gogh, en uno de sus momentos de desesperación, apretando el lápiz entre sus dedos y diciéndole: «Tú eres mi mejor amigo».

Porque con un lápiz se puede resolver una ecuación, diseñar una casa, escribir una carta de amor o dibujar el primer boceto de una obra extraordinaria.

A través de la historia hemos creado instrumentos que terminan volviéndose inseparables de nosotros: el reloj de pulsera, la calculadora, el automóvil, la radio, la máquina de escribir y muchos otros. Hoy, posiblemente, uno de ellos ocupa el primer lugar por su universalidad: el teléfono celular.

Ese pequeño rectángulo de menos de doscientos gramos nos acerca a personas situadas a miles de kilómetros, traduce conversaciones, toma fotografías, reproduce música y permite escribir una historia como esta durante una mañana fría.

También puede entretener a un niño en medio de una reunión de adultos y salvarlo de innumerables regaños por correr y saltar por la sala. En la pantalla, el pequeño puede hacerlo con las habilidades mágicas de Mario Bros sin romper un florero ni interrumpir una conversación.

Siempre he sido admirador de los aparatos que nos permiten comunicarnos. Encima de mi biblioteca, porque no cabe junto a los libros —que siguen siendo uno de los mejores instrumentos de comunicación jamás creados—, conservo un antiguo teléfono con una enorme antena. Es imposible guardarlo en un bolsillo, pero fue uno de los precursores de esos “mejores amigos” que hoy llamamos teléfonos inteligentes.

Todo esto me parece maravilloso. Probablemente saldría a protestar si me prohibieran utilizar el celular. Por fortuna, en la mayoría de los lugares públicos solo nos piden ponerlo en modo silencioso.

Sin embargo, toda esa genialidad tecnológica no puede reemplazar un abrazo genuino, una mirada atenta ni una conversación tranquila con un ser querido o un buen amigo.

Mientras contamos con más herramientas para comunicarnos, contemplamos con preocupación cómo la soledad se convierte en uno de los mayores problemas de nuestra época. Parecería que la solución fuera sencilla: sentar a dos personas, una al lado de la otra, y pedirles que conversen durante cinco minutos.

Pero aquello que aprendimos naturalmente desde bebés —comunicarnos mediante sonidos, gestos, miradas y pequeños lloriqueos— parece haberse ido debilitando.

No creo que la culpa sea de los teléfonos celulares. El problema es más profundo. Las familias son cada vez más pequeñas y dedicamos poco tiempo a enseñar cómo se inicia y se mantiene una conversación interesante. También hemos perdido la disposición a correr el riesgo de conocer a otra persona, aunque sepamos que algún día podría decepcionarnos o herirnos.

A esto se suma algo todavía más importante: necesitamos conocernos y aprender a valorarnos tal como somos. Cuando desarrollamos una apreciación profunda de nosotros mismos, una crítica destructiva deja de ser una flecha capaz de atravesarnos.

El autoconocimiento puede funcionar como las murallas de los antiguos castillos: no para aislarnos del mundo ni impedir que alguien se acerque, sino para diferenciar las palabras que nos ayudan a crecer de aquellas que solo buscan herirnos.

No importa la edad que tengamos ni lo difíciles que parezcan los primeros pasos. Nunca es tarde para iniciar un verdadero proceso de autoconocimiento y valoración personal.

No necesitamos construir murallas para vivir encerrados. Necesitamos puertas que podamos abrir con seguridad; relaciones en las que sea posible dar un abrazo auténtico, compartir una sonrisa y conversar sobre algo más que las noticias tristes de cada día.

El lápiz, el libro y el teléfono celular son herramientas maravillosas. Pueden acercarnos, enseñarnos y ayudarnos a crear. Pero ninguna de ellas puede decidir por nosotros qué clase de vínculo queremos construir.

Quizás el gran desafío de nuestro tiempo no sea inventar nuevos instrumentos para comunicarnos, sino recuperar la capacidad de mirarnos a los ojos, escucharnos con atención y volver a encontrarnos verdaderamente.

Agradezco los aportes y comentarios a: conocermedespuesdelos50@gmail.com

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