Por Gilberto Castillo, Academia de Historia de Bogotá

Andrés Díaz Venero de Leyva, fue el primer presidente que existió en territorio colombiano. Su nombramiento resultó un acierto por parte de Felipe II, y a un hoy, es recordado por su buen gobierno y por las medidas de avanzada que tomó en favor del Nuevo Reino de Granada y sus habitantes. El reconocimiento que le brindaron fue tal, que antes de su caída en desgracia, sus propios gobernados, para rendirle homenaje, bautizaron como Villa de Leiva la población veraniega que hoy existe en Boyacá.

Don Andrés Venero de Leyva

 Lamentablemente las acciones turbias de su esposa, la bellísima María de Ondegardo, -quizá ignoradas por él-, resultaron la razón para que el final de su periodo fuera sometido a un humillante juicio ante la Real Audiencia de Santafé, la misma que había venido combatir por corrupta y desacertada en sus juicios.

Estaba el Emperador de España cansado por las continuas quejas que recibía contra la Real Audiencia, compuesta por cinco jueces. Además de corrupción, había juicios amañados y exabruptos de justicia y gobierno diversos. Felipe, acatando la recomendación del presidente del Consejo de Indias Juan Sarmiento, quien cumplía su último año de trámite en el cargo, resolvió unificar el gobierno del Reino en una sola persona para tener un mejor control sobre lo que sucedía. El nombramiento, con el nombre de presidente de la Real Audiencia y del Reino, recayó en un hombre probo como don Andrés Díaz Venero de Leiva, que por su apariencia de cabello, piel y barba blancas parecía la inspiración de la imagen de Santa Claus.

Fachada del Colegio Mayor Santacruz en Valladolid.

Antes de su viaje a América, había sido convicto mayor y catedrático de vísperas y cánones del Colegio Mayor Santacruz en Valladolid y luego Fiscal y oidor del Consejo y Contaduría de Castilla. Los pergaminos para el cargo no le faltaban y esto le dio tranquilidad a la Corte Española.

A Santafé llegó el nuevo funcionario a comienzos de 1564, acompañado de su linda esposa y 4 hijos. Ante la corrupción rampante, llevó a Juicio al Oidor Melchor Pérez de Arteaga a quien condenó por inmoralidad pública. Dentro de esta depuración no solo cayeron otros funcionarios importantes, también escribanos de cámara, procuradores, receptores y hasta porteros, pues todos se lucraban del erario público y la defensa de los ciudadanos del Reino. Para mermar estos abusos envió oidores por todo el Reino con resultados eficaces.

Entre los casos muy sonados que juzgó, estuvo la condena a muerte del soldado Francisco Bolívar por crueldades contra los indios y el juicio de degollamiento y muerte de los hermanos encomenderos Pedro y Hernán Bravo de Rivera, así como de la amante de Pedro, Ines de Hinojosa, por el crimen de Jorge Voto bailarín y músico, todos radicados en Tunja.

Preocupado por la situación de los indígenas, impidió que siguieran prestando servicios personales a los encomenderos. Fijo una jornada de trabajo de 7 horas, con una de descanso durante el almuerzo, debiendo el patrón prodigar herramientas, vestuario y un salario de seis gramos de oro diarios, así como un día de descanso cada semana. Frente a la explotación, estableció el cargo defensor de los naturales en las zonas mineras. Frenó la salida de expediciones a diestra y siniestra deteniendo la extensión de conquista y el pillaje sobre los pueblos indios. Asignó provisión de forrajes, combustibles y pastoreo para los resguardos indios.

Ante la irresponsabilidad de las señoras que sacaban cosas suntuosas fiadas en los locales y sus maridos se veían a gatas para pagar, estableció el embargo de bienes y enseres y con esto salvó la política de comercio de entonces.  

La historia de las Hinojosa fue protagonizada por Amparo Grisales y Margarita Rosa de Francisco.

Pero nada es completo en la vida, mientras el presidente desplegaba tanta reforma y fuerza administrativo, su mujer, muy hermosa y de sangre noble, como toda una reina creó su propia corte de la cual hacía parte las señoras muy emperifolladas de Santafé, entre ellas doña Jerónima de Orrego, la más principal.  A la sombra de esa Corte, María, además de parir hijos, -pues tuvo 5 más-, creó una red de corrupción y a la hora de ser llamados a juicio los esposos presidente debieron escuchar los siguientes cargos.

“Se le acusa usted señora Ondegargo – dijo el fiscal-, de haber influenciado ante las autoridades para favorecer a quienes le brindaban suntuosos regalos, los cuales eran recibidos por su criada Teresa Herreros y Fray Francisco de Ole, principalmente. Tenemos el caso del oidor López de cepeda, hoy en Panamá, a quien a cambio de un lote de esmeraldas favoreció de ser llamado a juicio cuando este dio palos hasta la muerte a su humilde vecino Pedro Chillán, a pesar de los testigos del hecho».

«De haber recibido de Benito Poveda más esmeraldas de Muzo para favorecerlo en otro juicio. De recibir de Isabel Rodríguez dos terneras, así como 40 botijas de leche y otros bienes más para torcer un pleito a su favor ante la Real Audiencia. De intervenir indebidamente ante la mesma, para que a don Gonzalo Jiménez de Quesada, se le diera apoyo, por fuera de la ley, cuando estuvo a punto de caer en indigencia. También se dice, señora, según testigos, que usted no le devolvió unos canutos de esmeralda finos a Juan Rangel, cuando este le requirió el valor de los mesmos alegando que eran un regalo para la Corona. Bajo el mismo asunto, Alonso Ramírez Gaseo acusa vuestra persona de quedarse con unas piedras muy bonitas traídas del mesmo Muzo, así como gramos de oro en bruto que el trujo para venderle y vuestra persona le negó, de lo cual hay testigos”.

Estos, más otros delitos, fueron enumerados ante la misma Audiencia que el atribulado Andrés Venero de Leiva había venido a combatir por corrupción. 

Finalmente, la pena para el venerable anciano presidente, gracias en gran medida a su reemplazo, el presidente Francisco Briceño, quien lo admiraba como persona y funcionario, no fue tan grabe: pagar 2000 ducados de oro e inhabilidad para ejercer cargo alguno por 5 años en América. De regreso a España, pagó la multa y los 5 años le fueron rebajados a dos, pero no los cumplió porque murió a los pocos meses.

Después de su deceso, María de Ondegardo le reclamó a la Corona una gran indemnización por los servicios prestados por su marido y todo resultó de maravilla porque el rey ordenó pagarle  la suma solicitada.

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