Por Camilo Tovar Ramos Los periodist@as
Con el desparpajo caribe que lo caracterizaba, *Gabriel García Márquez* sentenció en 1996 ante la SIP que el periodismo era *«el mejor oficio del mundo»*.
Sin embargo, en un arrebato de narcisismo, gran parte del gremio no tardó en adulterar la cita para autoproclamarse los exponentes del *«oficio más bello»*.
Encantados con su propio espejo, sin dudarlo, muchos periodistas se creyeron la metáfora. Pero confundir *lo mejor* con *lo más bello* constituye un acto de soberbia.

Si el Nobel de Aracataca hubiera visto a unos hombres escarbar con las uñas en las entrañas de la tierra para rescatar cientos de vidas bajo los escombros, tal vez habría entendido que ese oficio supremo y más bello no es otro que la labor titánica de los rescatistas.
Aquella misión sublime no habita en las salas de redacción. Tampoco se ejerce desde un computador o un estudio. Se ejecuta a ciegas. Jugándose la propia vida en medio del lodo y del silencio trágico, para arrebatar la existencia del prójimo a las garras de la catástrofe.
Quizá Gabo no conoció el talante de hombres como *Los Topos* mexicanos y sus homólogos. Ellos no nacieron de un decreto ni del rigor de una academia militar. Surgieron de la desolación. De la impotencia.
Ocurrió la mañana del 19 de septiembre de 1985. Un terremoto devastó la Ciudad de México y redujo colonias enteras —grandes vecindarios— a moléculas de concreto.
Aquel día la respuesta del gobierno de Miguel De la Madrid fue una parálisis helada. Los manuales no sabían qué hacer con tanta devastación.
Fue entonces cuando hombres comunes, sin más equipo que sus manos y un par de palas prestadas, comenzaron a cavar.
No había sensores térmicos, ni trajes de protección. Apenas las manos desnudas y el pálpito de que abajo alguien pedía auxilio.
Se arrastraron por entre brechas inverosímiles, desafiando el colapso inminente.
Así, en el corazón del desastre, nació una hermandad de rescate que terminaría viajando a los rincones más devastados del planeta.
Desde las profundidades del terremoto en Haití hasta La Guaira, de las grietas del dolor en el Chocó, el Eje Cafetero y el Valle del Cauca, pronto estarán en nuevos escenarios del desastre en el mundo.
En cada tragedia la escena se repite. Mientras las comitivas oficiales, la Cruz Roja y los equipos médicos despliegan sus carpas de atención, puesto de mando y logística, Los Topos se hunden en el abismo.

*El llamado del silencio*
Entrar en un edificio colapsado es adentrarse en un laberinto que cruje. No hay mapas. Las paredes han cambiado de lugar y el techo se sostiene apenas por el cálculo caprichoso del azar.
El rescatista avanza a tientas por entre vigas retorcidas, en una oscuridad tan densa que casi se puede palpar.
El verdadero trabajo no empieza con la fuerza. Empieza con el silencio. Cuando la brigada llega al punto de impacto, el comandante exige una pausa absoluta.
Se detienen los motores. Se apagan las plantas eléctricas. La multitud contenida aguanta la respiración.
Ahí, suspendidos sobre el abismo, los rescatistas buscan tensar ese hilo invisible que pende entre una respiración angustiosa y el silencio definitivo.
En ese vacío, el topo pega el oído a la placa de concreto para escuchar el pulso de las entrañas del derrumbe.
Un rasguño imperceptible, un gemido sofocado, el golpe rítmico de una piedra contra una tubería.
Escuchar una voz débil que responde desde el fondo de la tierra es un milagro que paraliza la sangre.
Cualquier eco es una orden de combate.
Quien está atrapado en la penumbra no solo lucha contra la sed. Lucha contra la locura de la oscuridad.
Por eso, el topo no solo abre grietas: devuelve la cordura.
Le habla al sepultado. Le pronuncia su nombre. Le sostiene la mano durante horas y horas de excavación milimétrica, mientras la sierra corta el acero a centímetros de la piel.

*La luz antes del aplauso*
Cuando un cuerpo fracturado emerge a la superficie entre el estruendo de las sirenas y los relámpagos de las ambulancias, el rescatista no se queda a los aplausos.
Se limpia el barro del rostro, traga el polvo que se le queda alojado en los pulmones, recoge su pala y busca la siguiente grieta.
Muchos se preguntan qué los mueve a financiar sus propios viajes y arriesgar la vida allí donde la burocracia ya declaró la muerte al considerar que después de 72 horas de la debacle no hay vida, lo cual es una falacia.
¿Por qué estos héroes hacen lo que hacen?
La respuesta está en su misión: defender la vida del prójimo, aunque la suya peligre, sabiendo que sus éxitos no pretenden medallas ni aplausos. Sus verdaderos logros residen en el instante mismo en que unos ojos vuelven a reconocer la luz.
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