Por: Gilberto Castillo, Academia de Historia de Bogotà

Y todo por meterse de cupido infortunado, -como son casi todos los cupidos-, más aún si son pintores o poetas, y además románticos exagerados que andan buscando ser héroes de amores difíciles como los del oidor Bernardino Ángel de Izunza y Eguíluz y su prometida María Teresa de Orgaz, que había sido encerrada en el convento de Santa Clara para evitar los encuentros amorosos y furtivos con el funcionario de la Real Audiencia.

No es que los padres estuvieran en desacuerdo con la relación; su miedo radicaba en las represalias que pudiera tomar La Corona  de España y las mismas autoridades de Santafé, por violar las prohibiciones de un enlace entre un funcionario venido de la Península y una mujer criolla, pues empezaba a existir el temor de que estos numerarios terminaran estando más de este lado que del otro. Para entonces se empezaba a vislumbrar una oposición férrea a las decisiones reales y pensaban en España, sin temor a equivocarse, “que, en ese momento, el palo no estaba para cucharas”.

Los primero encuentros amorosos se habían dado a hurtadillas y hacían que, en la mente de los atribulados padres, pesara el segundo y el peor de los fantasmas alimentado por la efervescencia que mostraba la pareja: una desfloración desvergonzada en cualquier rincón oscuro. Como eran fieles asistentes a la iglesia y por lo tanto muy conocidos del arzobispo fray Ignacio de Urbina, resolvieron recurrir a su ayuda y la bella María Teresa fue llevada al rígido claustro.

 Vazques de Arce y Ceballos se caracteriza por ser el más grande pintor de arte religioso que haya producido estas tierras y precisamente tenía que estar en el lugar equivocado en el momento preciso. Había hecho algunos cuadros alegóricos para el Oidor Insunsa y ahora trabajaba un par de obras para el convento, lo que le daba un contacto directo con la atribulada novia convirtiéndose en estafeta de los enamorados. Pero ocurrió lo inevitable en su alma romántica de artista, resolvió que debía ayudar a que los dos tortolitos estuvieran juntos en el mismo nido. Sin pensarlo, se armó de decisión, de un bigote, de unas ropas de varón, de un sombrero y de una pequeña espada de vestuario y disfrazó la novia de hombre visitante y benefactor de la orden religiosa. María Teresa, muy tranquila y oronda, salió por la puerta que daba a la calle donde se esfumó de la mano de Bernardino quedando el maestro engrampado y acusado de secuestro ante los familiares, ante las autoridades y el arzobispo. Casi nada.

Uno de los cuadros de Gregorio Vásquez Arce y Ceballos.

Ante la inminencia de la denuncia y el apresamiento, resolvió el maestro huir de Santafé y refugiarse en el convento de los padres franciscanos en Monguí, (algunos dicen que de Tunja) a quienes les había realizado muchas obras religiosas.  Con el paso del tiempo, el escondite se volvió muy incómodo para el maestro y los curitas cómplices, no por las autoridades que lo buscaban por otros lugares, sino por los estudiantes que, con el tiempo, empezaron a sospechar de la cantidad de pinceles y material de pintura que furtivamente entraba a una de las habitaciones. Durante estos meses de enclaustramiento el maestro pintó casi todos los cuadros que hoy ostenta la iglesia basílica de Monguí, considerado varias veces el pueblo más lindo de Colombia y razones para este reconocimiento no faltan.

Las intrigas, los susurros y los comentarios en voz baja de los jóvenes aspirantes a curas fueron ejerciendo tanta presión que los mismos franciscanos le pidieron al maestro regresar a Santafé y entregarse a las autoridades en 1701. 

Fue este el peor final que se le pudo dar a un artista de su magnitud que, en prisión, apenas tuvo fuerzas para terminar la magnífica obra encargada por el sargento Gabriel Gómez de Sandoval para la capilla del sagrario construida como regalo para la ciudad por este militar piadoso. Al recobrar, unos años después su libertad, no pudo el maestro recuperar la inspiración, ni las fuerzas. El castigo, por romántico cupido, había sido demasiado duro para un alma sensible y noble que enloqueció en 1710 y murió en la miseria en 1711,  pues su hija y viuda  casi no consiguen cómo pagar el cura que habría de cantar los responsos del funeral.

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