
Por Carlos Alfonso Velásquez
El título de mi anterior columna, “Ni Esperanza ni Reconciliación”, quedó ratificado con los discursos de los candidatos ganadores en la primera vuelta. Fue lamentable el contraste entre la enormidad de los problemas por afrontar durante el próximo cuatrienio y la corta estatura política de quienes aspiran a dirigir el Estado. La grandeza de un líder se despliega en los momentos críticos, pero en la noche del domingo ninguno de los candidatos pasó la prueba, porque con sus discursos ambos estuvieron alejados del nivel mínimo de grandeza que se espera de quien aspire a la presidencia de la República. Y lo más preocupante es que en ninguno se percibió la aspiración a unir al país y mucho menos a incentivar la reconciliación.
La irresponsabilidad del presidente de la República con el ordenamiento institucional y la democracia alcanzó un nuevo extremo. Además de no reconocer los resultados, hablando, sin aportar prueba alguna de un supuesto fraude, decidió intervenir descaradamente en la contienda electoral atacando la candidatura de De la Espriella y favoreciendo la de Cepeda. Y al desvarío de Petro se sumó el senador Cepeda quien comenzó su discurso hablando de dudas sobre irregularidades, para que, ante la avalancha de críticas, menos de 24 horas después empezara a recular. Pero era tarde, pues ya había perdido credibilidad ante gran parte del público que lo vio como un mal perdedor. Y por si los tumbos fueran pocos, la casi inmediata suspensión de la recolección de firmas para convocar una constituyente no fue creíble para el grueso de la opinión pese a la “grandeza política” con la que Cepeda quiso edulcorar lo que no fue sino una táctica de campaña.
Lo cierto es que Iván Cepeda está mostrando incoherencia al prometer una revolución ética, poniendo en duda el resultado electoral sin pruebas; sin decir una palabra sobre todos los casos de corrupción de este gobierno; haciendo eventos masivos de campaña cuando la ley lo prohíbe, y aceptando que el presidente participe en política a su favor cuando la ley también lo prohíbe.
Dicho lo anterior, hay quienes sostienen que el desvarío del presidente, acolitado por su candidato no fue sino una jugada para sacar de casillas al temperamental candidato De la Espriella, quien tuvo que cambiar su tono exaltado improvisando un discurso sin estructura pronunciado durante un espectáculo agresivo y desafortunado. Es decir, si en efecto fue una jugada calculada por Petro, De la Espriella cayó en la trampa colocándose a la defensiva incluyendo en esta el respaldo de Trump. En fin, las celebraciones por los resultados de la primera vuelta, lejos de ser una fiesta democrática, les cedieron el paso a las alarmas por el tono de ambas campañas y las mutuas ofensas y agresiones de los candidatos.
Y en este escenario, estamos presenciando una cacería electoral paradójica. El Pacto Histórico, bajo la sombra de Petro y Cepeda, busca por todos los medios frenar la ventaja que les ha sacado De la Espriella. Su nuevo botín estratégico son los votantes de centro y los abstencionistas. Pero con la credibilidad golpeada, a Cepeda le queda difícil cortejar a ese mismo centro que hace apenas unas semanas criticaba y renegaba de los extremismos y del deplorable balance del primer gobierno de izquierda. A todas luces esa izquierda encabezada por Petro perdió lo que le quedaba de estatura moral, y el electorado sensato lo sabe.
Sin embargo, también el centro enfrenta la encrucijada de que tampoco le resulta fácil expresar cercanía hacía De la Espriella por sus antecedentes profesionales, su estilo y su propuesta que lo muestran dispuesto a llevar el ejercicio del poder al límite de lo posible bajo la promesa de restaurar la «seguridad y la estabilidad económica». En medio de esto, el candidato aplica una táctica de psicología inversa: en su discurso asegura no querer vincular a nadie, ni siquiera al centro, proyectando una imagen de autosuficiencia. Pero la realidad institucional dicta que aún necesita esos votos.
Ahora bien, aunque el voto en blanco no sume para cambiar el resultado, sí representa un contrapeso político insoslayable. Un porcentaje alto de votos en blanco se convertiría en un lastre a la legitimidad de origen del ganador que le puede afectar la gobernabilidad durante el próximo cuatrienio. Si los candidatos no dan un viraje creíble para neutralizar las máculas que presentan sus campañas, sospecho que los votantes en blanco crecerán significativamente.
También puede leer: