Por: Gilberto Castillo, miembro Academia de Historia de Bogotá
Pasada la hora del santo rosario y la cena, que siempre se servía, sin esperar la noche, sobre las seis de la tarde. El oidor Gabriel Álvarez de Velazco y sus cuatro alguaciles se dispusieron a realizar su ronda diaria para sorprender a los tahúres de juegos prohibidos, incluso en sus propias casas donde podían ingresar sin necesidad de una orden distinta a la divina que, en cada sermón, decretaba el arzobispo Fray Cristóbal de Torres quien, desde su llegada en 1635, se propuso salvaguardar de todo pecado a una ciudad que amaba por su santo nombre: ¡Santafé!

Bien informado estaba el oidor de que en la casa del depositario de la ciudad Juan de Castañeda existía una tabla clandestina donde se jugaban cartas, pintas, veintiuna y dados, los juegos más prohibidos; y que allí se reunían los “peces gordos”, es decir, los señores más encopetados de la ya centenaria ciudad. El oidor había preparado todo para darles una sorpresa a los infractores. Hasta había pagado a un esclavo para que la puerta principal de la calle estuviera sin tranca. Pero el más sorprendido fue él, cuando entró en la habitación del delito. En torno a la mesa de juegos estaban: Juan Aranda, procurador de la ciudad; Pedro Sánchez, alcalde de la cárcel; el alférez Juan de Lasarte, el barbero, que también hacía de médico empírico Juan de Vargas; Antonio Vergara Azcarate, director de la casa de la moneda y en la cabecera de la mesa estaba nadie más ni nadie menos que el mismísimo presidente del Nuevo Reino de Granada Martín Saavedra Galindo de Guzmán, quien había llegado unos meses antes para reemplazar a su antecesor Sánchez de Girón.
¡Se…señor presidente! Buenas noches, – atinó a decir Álvarez de Velazco— ¿usted aquí?
El presidente solo vio su gesto de sorpresa porque era sordo desde quince años atrás cuando unos barcos argelinos cañonearon el suyo y lo tiraron al mar donde fue náufrago por algunos días. Después del rescate, recuperó todas sus facultades menos la del oído afectado por los estallidos de los disparos. Pero a mano tenía el presidente como oídos a sirviente de muecas, como lo llamaron, Pedro Crecento, quien aprendió el idioma de los gestos del monje benedictino Pedro Ponce de León.
A pesar de su incapacidad, estaba bien casado con Luisa de Guevara y Manrique, IV condesa de Escalante, de veintiocho años y sin una sola solicitud de matrimonio, por eso cuando pidió su mano, sus padres no pusieron objeción porque podían dejar pasar la oportunidad de hacerla señora.

Santafé fue un calvario para la pobre primera dama que debió soportar las infidelidades de su marido que eran pan de todos los días y comidilla deliciosa en la ciudad. No respetaba el rango, ni el color de piel de sus amantes diarias. Podía ser una mujer de alcurnia, una india buena moza, una negra trasuda o una muy joven, casi niña, que le gustaban mucho y las buscaba en las calle oscuras, lo que lo convirtió en un verdadero depredador, y a los padres en perros guardianes de sus hijas. Alguna vez se dijo que fue atacado por unos hombres en una calle a medianoche cuando salía de una de sus aventuras forzadas, querían lavar la ofrenda a una niña de escasos doce años, y solamente lo salvó la aparición de Pedro su traductor de gestos, tan buen espadachín como el sordo.
Los rumores decían que buscaba imitar al rey Felipe IV, que gobernaba en España en ese momento, a quien sus cacerías nocturnas sexuales por Madrid lo llevaban a saltar las tapias de los conventos donde ingresaba en busca de monjas jóvenes.

Pero si Felipe IV fue mecenas de las artes, y apoyó grandemente a artistas como Diego de Velázquez y Calderón De la Barca, entre otros, el presidente Martín de Saavedra cultivaba la poesía, bien conocido es su libro que, aún se imprime, “Los ocios de Aganipe”, y en las noches escasas en que no salía a cazar santafereñas, realizaba tertulias o asistía fiestas donde leía con acento lírico su muy fructífera producción literaria.
Las infidelidades y las correrías del marido fueron vox populi en la ciudad, como era de esperarse; entonces las damas, de más nivel social, realizaban todas las tardes, -quizá por aquello de solidaridad de género- chocolates espumantes y generosos con almojábanas y queso en honor de la señora presidente, quien después de intimar sentía comezón en la entrepierna y pesadez en el alma.
El fin de todo llegó cuando en una de esas reuniones una confidente oportuna le comentó a la condesa de Escalante, que fray Cristóbal había enviado un duro reclamo contra su marido a la Corte. En él, además de acusarlo de haber convertido a Santafé en un burdel, lo señalaba de cobrar coimas para favorecer a muchos con sus decisiones. Sabiendo la presidenta lo que podía ocurrir resolvió regresar a España para utilizar sus influencias y suavizar el regreso de su marido después del juicio de residencia, y lo logró. La condena, frente a los delitos cometidos, fue leve: a cuatro años de cárcel suave y multas de diez mil pesos oro.
También puede leer: