Hace 34 años, William Rojas recibió de un conocido una recomendación que terminaría marcando buena parte de su vida laboral: trabajar en la Torre Colpatria. Era muy joven, nunca había sentido miedo a las alturas y, ante la posibilidad de probar algo nuevo, decidió aceptar.

Así comenzó una trayectoria que lo llevó a pasar 25 años limpiando los vidrios de la Torre desde las alturas, cuando esta labor se realizaba mediante canastas suspendidas. Posteriormente, con el retiro de estos sistemas, pasó al área de mantenimiento, donde continúa trabajando actualmente.

“Cuando llegué acá, llegué muy pollo, muy joven. Por mi dedicación al trabajo, me dijeron que era para limpiar vidrios”, recuerda William Rojas, quien lleva 34 años vinculado a la Torre.

Para él, trabajar en las alturas nunca representó un obstáculo. Desde sus primeros días asumió la labor con naturalidad y, con el tiempo, esa confianza también se convirtió en una herramienta para acompañar a otros trabajadores que llegaban al edificio y sentían temor frente al trabajo suspendido sobre la ciudad.

“Siempre me han gustado las alturas. Eso es lo que me llevo: no le tengo miedo a las alturas ni al vértigo.”

En ocasiones, su experiencia también lo llevaba a tranquilizar a compañeros que necesitaban ganar confianza antes de comenzar una labor.

“Uno les transmite confianza para que se sientan seguros de sí mismos y de uno. Esa es mi actitud con ellos: ayudarlos a fortalecerse siempre que vienen acá a realizar cualquier actividad.”

Una vida entre canastas, luces y recuerdos

Durante los 25 años que pasó trabajando en las fachadas, William acumuló experiencias que hoy forman parte de sus recuerdos más significativos de la Torre. Una de las que conserva con especial cariño ocurrió durante la primera iluminación del edificio, cuando trabajadores italianos llegaron para participar en el proceso.

“Una de las anécdotas que más me gustó y que siempre he tenido presente es la primera iluminación de la Torre, para la cual vinieron italianos. Me logré distinguir con ellos porque realmente soy una persona de ambiente.”

También recuerda una época en la que trabajar en las alturas implicaba condiciones muy diferentes a las actuales. En una ocasión, tuvo la tarea de transportar en una de las canastas exteriores de la Torre a los actores de Club 10, uno de los programas infantiles más reconocidos de la televisión colombiana, en un momento en el que aún no existían las medidas de seguridad que hoy acompañan este tipo de labores. 

“Me tocó llevarlos en una canasta. En esa época no se utilizaban los elementos que usan actualmente. Uno iba en la canasta por fuera. En ese momento no existían las medidas de seguridad que hay ahora.”

Son recuerdos de una etapa diferente de la Torre y del trabajo en altura, que William conserva como parte de una trayectoria que también ha acompañado la transformación del edificio.

34 años viendo cambiar la Torre y Bogotá

Mientras William construía su historia laboral, la Torre también fue cambiando. Durante estos años ha visto transformaciones en diferentes sistemas del edificio, entre ellos la renovación de las redes hidráulicas y las modificaciones realizadas a la red de protección contra incendios.

También ha sido testigo de cómo el edificio pasó de tener una actividad principalmente administrativa a recibir cada vez más visitantes a través de espacios como el mirador.

Desde las alturas, William aprendió además a reconocer Bogotá desde una perspectiva que pocos trabajadores han tenido durante tanto tiempo. Los cerros orientales, Monserrate, Guadalupe, el Alto de la Cruz, la Carrera Séptima, la Avenida 26 y diferentes sectores del centro de la ciudad hicieron parte de su paisaje cotidiano.

El clima también era parte de la jornada. Por la cercanía de los cerros, recuerda días en los que la lluvia, el sol y los cambios repentinos de las condiciones meteorológicas acompañaban el trabajo en las fachadas.

Pero su memoria de la ciudad va más allá del paisaje. Durante sus años en la Torre también presenció acontecimientos que marcaron a Bogotá, entre ellos atentados y ataques relacionados con el narcotráfico que azotaba la ciudad, además de otros episodios que observó desde las alturas.

“Lo bueno es poder observar historias que nadie más ve y llevarlas dentro de uno.”

Una Torre que también se convirtió en familia

Con el paso de los años, William no solo vio cambiar el edificio. También vio llegar y partir a generaciones de compañeros.

Algunos de ellos regresan después de años y todavía lo encuentran trabajando en la Torre.

“Cuando vuelven a pasar, siempre me encuentran a mí y me dicen: ‘¿Todavía está usted en la Torre?’. Yo les respondo‘ Sí, aquí sigo. Ya son muchos años y la Torre se volvió parte de mi vida’.” 

Las relaciones construidas durante décadas también trascendieron el espacio de trabajo. William recuerda reuniones, días de parque y actividades en las que participaban las familias de sus compañeros. Con el tiempo, pudo ver crecer a aquellos niños que antes compartían esos encuentros.

“Los compañeros que trabajaron conmigo los llevo siempre en el corazón, porque construimos una familia. Nos contábamos las cosas buenas y malas, y vivimos momentos muy hermosos.”

Para William, ese vínculo con la Torre también tiene una dimensión personal. El edificio representa el trabajo que le permitió construir buena parte de su vida.

“Gracias a él he tenido mi sustento y he conseguido cosas como mi casa. Por eso lo quiero mucho y evito que la gente venga y lo dañe.”

El comienzo de una nueva etapa

Después de 34 años, William continúa vinculado a la Torre desde el área de mantenimiento y se encuentra aproximadamente a dos años de pensionarse. Mientras se acerca ese momento, también observa cómo nuevas generaciones de trabajadores empiezan a asumir el relevo de quienes, como él, han dedicado décadas al edificio.

A quienes llegan hoy a trabajar allí les deja un mensaje que resume la relación que ha construido durante estos años: “A todo el que llegue le diría: ámenla y quiéranla.”

Su recomendación nace de una experiencia que, para él, va más allá del trabajo. William ha visto cómo la Torre se transforma, ha compartido con distintas generaciones, ha acompañado a compañeros en las alturas y ha construido recuerdos que permanecen incluso cuando las personas dejan el edificio.

Cuando se le pide resumir en una sola palabra los 34 años que lleva allí, su respuesta es directa:

“Torre Colpatria». ¿Por qué? Porque para mí representa una historia muy grande, todo lo que se ha vivido durante estos 34 años y los compañeros que también estuvieron acá. Amamos y queremos la Torre. Eso es lo que me llevo: la historia tan linda que guarda.”

La historia de William es una entre las muchas que hacen parte de la Torre Colpatria. Son trabajadores que, desde distintos oficios, han acompañado sus transformaciones y han construido una memoria que no aparece únicamente en los registros técnicos del edificio, sino también en las experiencias de quienes han dedicado allí una parte significativa de sus vidas.

En aproximadamente dos años, después de más de tres décadas de trabajo en la Torre Colpatria, William cerrará una etapa que marcó buena parte de su vida. Su retiro pondrá fin a las jornadas de trabajo entre las alturas, pero no al vínculo que construyó con uno de los edificios más emblemáticos de Bogotá. Porque algunos edificios se reconocen por su arquitectura; otros, también, por las historias de quienes durante años hicieron parte de ellas. 

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