
Por Esteban Jaramillo Osorio
Santa Fe le dio un baño de humildad a Junior, lo bajo de la nube, lo aplastó, lo goleó y lo dominó en el resultado, para ganar la Superliga, una especie de campeón de campeones, con sello propio.
Estaba Rodallega, el artillero humilde, de bajo ruido y poca prensa, que se “doctora” en cada partido con goles acrobáticos, jugadas mágicas, y registros de victorias decisivas. Estuvo en todas las jugadas de ataque, fue amenaza, referencias e inspiración.
Rodallega simboliza el resurgimiento cardenal, bajo la conducción de Repetto, el uruguayo que en semanas restauró un equipo ganador y, desde la mente, reactivó el espíritu combativo que parecía extraviado.
El Expreso, poblado de leones se tragó la cancha. Ganó desde el espacio que peleó metro a metro con voracidad, desde la simpleza táctica, en evolución, aún en proceso de evolución.

Pero Santa Fe no fue sólo Rodallega. Fue un colectivo intenso y solidario, con Daniel Torres, quien “devoró” el terreno, al igual que Mafla, Murillo, los Mosquera, los Palacio y el Turro Olivera.
Junior lució desconocido a pesar de tener el control del balón.
Casi una caricatura, por las ausencias sensibles. Con Muriel fuera de forma, un portero, Silveira, habitualmente seguro, descontrolado; una flácida defensa con el Zidane colombiano más pegador que lúcido. Con Teo en la tribuna pagando caro el desorden, la pelea y la expulsión. “El tiro le salió por la culata”.
Importante es la Superliga. Solo quienes nunca la han jugado, o no la han ganado, descartan su valor. Santa Fe tiene cinco títulos en su vitrina, algo para remarcar. Fiel a su estilo, volvió a ser campeón.
También puede leer: