
Por: Mario Alberto Bedoya- Analista y Consultor Financiero- @doctrinas.co
Ibn Jaldún, o Abenjaldún, nació en Túnez en 1332 (de familia con orígenes en la Sevilla andalusí) y falleció en El Cairo en 1406.
Su legado destaca por el concepto de «asabiya» (cohesión social y sentido de pertenencia), su teoría sobre el auge, consolidación y declive de los imperios y, muy particularmente, por ser un pionero de las tesis del liberalismo económico.
Su obra cumbre, Al-Muqaddimah (conocida como los Prolegómenos o Introducción a la historia universal), fue redactada a finales del siglo XIV, lo que la sitúa entre 150 y 200 años antes de la Escuela de Salamanca (siglo XVI) y 400 años antes de Adam Smith.
Está considerada una de las obras cumbres del pensamiento humano, en donde el estudioso musulmán inventó de facto disciplinas que no existirían en Occidente hasta siglos después: la sociología, la filosofía de la historia, la ciencia política y la economía política.
Economía y libre mercado en la Edad Media
Aunque en la Edad Media no existía el término «capitalismo», Ibn Jaldún describió y defendió dinámicas de mercado que hoy asociamos directamente al libre mercado y al pensamiento económico moderno.
Fue de los primeros pensadores en teorizar cómo los precios no dependen únicamente del valor intrínseco de un objeto, sino de la escasez del bien, la demanda del público y los costos de producción y transporte, en una clara alusión al mecanismo de precios (Oferta y Demanda).
Explicó que un individuo por sí solo apenas produce para subsistir, pero cuando los hombres cooperan y dividen sus tareas, generan un excedente que crea riqueza y desarrollo socioeconómico (idea que Adam Smith popularizaría siglos después al explicar la división del trabajo y la cooperación como elementos esenciales de la creación de riqueza).
Consideraba la búsqueda de beneficio como un motor fundamental de la actividad humana y el comercio, argumentando que la expectativa de ganancia alienta a producir más y mejor, lo que lo acerca al principio de los incentivos que generan el beneficio privado, que después explicarían los teóricos de Salamanca y el mismo Smith.
En abierta crítica a la intervención del Estado, se oponía firmemente a que los gobernantes compitieran en el comercio o fijaran los precios arbitrariamente.
Cuestionaba también la fiscalidad excesiva al plantear una teoría precursora de la Curva de Laffer, cuando señalaba que al inicio de una dinastía o Estado los impuestos son bajos y la recaudación es alta porque la gente tiene incentivos para producir; cuando el Estado aumenta desmedidamente los impuestos, destruye los incentivos de producción y la recaudación cae.
Argumentó que la protección del derecho a la propiedad y la justicia legal son condiciones indispensables para el crecimiento económico y la estabilidad social, lo que lo sitúa como un franco defensor del principio de la propiedad privada y de la ley.

¿Un capitalista en el siglo XIV?
Aunque Ibn Jaldún vivió en una economía preindustrial de base agraria y comercial —y bajo los estrictos marcos de la Sharía—, sería un error reducirlo a un simple cronista medieval. Sus reflexiones sobre los incentivos, la propiedad y los mercados libres lo consagran, en la práctica, como un precursor de las ideas del liberalismo económico y los conceptos de la microeconomía.
Lejos de calificarlo como un capitalista moderno, las grandes mentes de la economía han preferido reconocer su genio anticipatorio. Arthur Laffer confesó abiertamente que su célebre curva fiscal —la premisa de que «los impuestos altos matan los impuestos»— se nutre directamente de las advertencias que el tunecino plasmó en los Prolegómenos sobre la sufocación de la actividad productiva. Por su parte, Joseph Schumpeter, en su clásica Historia del análisis económico de 1954, lo encumbró como un precursor absoluto de la ciencia, capaz de intuir las leyes del mercado siglos antes de que el mercantilismo o Adam Smith pusieran la primera piedra de la economía clásica.
Este gran pensador fue descubierto casi por accidente a principios del siglo XIX, con la expansión colonial francesa en el norte de África, por eruditos europeos que comenzaron a tener acceso a manuscritos árabes conservados en bibliotecas locales, lo que permitió a la academia europea abrir los ojos a la existencia de un pensador radicalmente moderno en plena Edad Media islámica.
Mientras tanto, hoy en esta sociedad de sustitución del análisis por el radicalismo contestatario, parecemos olvidar a un personaje que ya hace siglos nos enseñaba cómo se crea la riqueza: esa que pretendemos lograr no mediante la preparación, la creatividad y la dedicación al esfuerzo laboral, sino mediante el subsidio, la dádiva ideológica y la omnipresencia estatal.
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