Hay ciudades que crecen hacia el cielo, pero parecen olvidar algo fundamental: las personas necesitamos espacio para vivir, no solamente un techo bajo el cual dormir.

Las torres residenciales se multiplican, con apartamentos de 26 a 70 metros cuadrados que prometen modernidad, seguridad y una larga lista de comodidades. Piscina, gimnasio, salón de reuniones y espacios para trabajar en línea aparecen en los folletos inmobiliarios como si cada comprador estuviera adquiriendo una pequeña sucursal de un club social. Sin embargo, hay una pregunta que pocas veces aparece en la publicidad: ¿dónde nos encontramos con los demás?

Aquí entran en escena los llamados terceros espacios, esos lugares que no son la casa ni el trabajo, pero que resultan esenciales para la vida social. Parques, plazas, cafés, bibliotecas y espacios públicos donde podemos encontrarnos sin necesidad de comprar algo, pagar una membresía o presentar una solicitud ante la administración del edificio.

Porque la sociabilidad no debería ser un artículo de lujo.

El apartamento no es el mundo entero

La vivienda compacta puede ser una solución práctica frente al precio del suelo urbano, pero convertirla en el centro de toda la existencia tiene sus complicaciones. Más aún cuando una familia tiene niños o comparte su vida con animales.

Los pequeños necesitan correr, jugar, desarrollar sus habilidades motoras, hacer amigos y descubrir el mundo más allá de una pantalla. Cuando faltan parques y espacios de juego, la televisión inteligente, los videojuegos y los dispositivos digitales terminan ocupando el tiempo que antes se repartía entre la calle, el balón, la bicicleta y los amigos del barrio.

La tecnología no es el enemigo. El problema aparece cuando se convierte en sustituta permanente del movimiento, la naturaleza y el contacto humano.

Con las mascotas ocurre algo parecido: necesitan caminar, explorar y gastar energía. Sacarlas a pasear no es un capricho, sino una responsabilidad. Y cuando el barrio carece de zonas verdes y recorridos agradables, la convivencia se complica para animales, propietarios y vecinos.

Mientras tanto, las amenidades de las torres también tienen sus cuentas pendientes. Piscinas, gimnasios y salones requieren mantenimiento, personal y dinero. Con el tiempo, las cuotas de administración pueden aumentar, algunos residentes dejan de pagar y los servicios que parecían garantizados terminan convertidos en un problema financiero para la comunidad.

Se intenta venderle al trabajador una vida de millonario en miniatura. Pero las matemáticas, esas señoras tan poco impresionables ante los folletos publicitarios, terminan pasando la factura.

El parque: una vieja idea que sigue vigente

Los parques urbanos no son un invento reciente. Desde los jardines públicos de las civilizaciones antiguas hasta los grandes parques urbanos desarrollados durante el siglo XIX, las ciudades han reconocido, con diferentes propósitos, el valor de reservar espacios para el descanso, el paseo y la vida colectiva.

Hoy necesitamos recuperarlos como infraestructura esencial, no como el pequeño espacio verde que queda después de construir edificios, centros comerciales, vías y estacionamientos.

Un buen parque debe ofrecer árboles, jardines, fuentes, juegos infantiles, zonas deportivas, senderos para caminar, bancas, lugares para tomar un café y espacios donde los adultos mayores puedan conversar mientras los niños juegan. También debe incluir recorridos seguros para la bicicleta urbana, estacionamientos para bicicletas y circuitos donde los pequeños aprendan a pedalear.

La bicicleta urbana tiene mucho que aportar. Permite llegar al parque sin depender del automóvil, conecta barrios, facilita el ejercicio cotidiano y amplía el radio de exploración de niños y adultos. Una ciclorruta bien diseñada es valiosa, pero no reemplaza al parque: una sirve para desplazarse; el otro, además de permitir movimiento, invita a quedarse.

No todo en la ciudad debe tener como finalidad llegar más rápido a alguna parte. También necesitamos lugares donde no tengamos ninguna urgencia.

Parques que también protegen

En ciudades como Mendoza y San Juan, Argentina, los espacios abiertos tienen una importancia adicional: pueden servir como puntos de encuentro y áreas de concentración durante determinadas emergencias, incluidos los terremotos, según las condiciones de cada lugar y los planes de protección civil.

En regiones sísmicas, el crecimiento vertical exige construcciones que cumplan rigurosamente las normas sismorresistentes. Pero también demanda planificación urbana, rutas de evacuación y espacios abiertos accesibles. Un parque no elimina el riesgo sísmico, pero puede formar parte de una estrategia de preparación y respuesta.

La seguridad urbana no depende únicamente de la resistencia de los edificios. También importa lo que sucede entre ellos.

Una ciudad para vivir, no solamente para producir

Seguimos destinando enormes superficies a avenidas, intercambiadores, puentes y estacionamientos, mientras los parques compiten por el suelo que queda disponible. El automóvil recibe kilómetros de infraestructura; las personas, a veces, reciben una banca al lado de una vía ruidosa.

Una ciudad verdaderamente moderna no debería medirse solo por la altura de sus edificios, la velocidad de sus vehículos o la cantidad de apartamentos construidos por hectárea. También debería evaluarse por la facilidad con que sus habitantes pueden caminar, pedalear, jugar, conversar y encontrarse sin gastar dinero.

Los terceros espacios son una inversión en salud, convivencia, bienestar emocional y sentido de pertenencia. Permiten que la ciudad deje de ser una colección de viviendas y oficinas para convertirse en una comunidad.

No todos quieren pertenecer a un club, pagar un gimnasio o socializar dentro de una aplicación. Algunos simplemente quieren sentarse bajo un árbol, conversar con un vecino, pasear al perro o enseñar a su hijo a montar bicicleta.

¿Parece demasiado pedir?

Quizás el futuro urbano no necesite más torres ni más pantallas, sino una mejor combinación de viviendas dignas, barrios caminables, naturaleza y espacios compartidos. La inteligencia artificial podrá organizar el tráfico, automatizar servicios y hasta sugerirnos con quién conversar. Pero difícilmente reemplazará la alegría espontánea de encontrarse con alguien en el parque.

Vamos, salgamos al parque. Caminemos, llevemos a los niños, invitemos a los vecinos y saquemos la bicicleta urbana. Porque una ciudad no está verdaderamente viva cuando todos sus habitantes tienen dónde dormir, sino cuando también tienen dónde encontrarse, compartir y disfrutar la vida.

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