Por Gilberto Castillo, Academia de historia de Bogotá

Las socialité, las define Google, -que ya reemplazó a los diccionarios y casi que a las academias de la lengua-, “como una mujer generalmente acomodada o de origen aristocrático, que destaca su participación activa en eventos sociales, galas, actividades benéficas y reuniones exclusivas, que predominan en la moda y en la vida pública y que muy a menudo aprovechan su prestigio para el networking (algo así como: construcción de actividades profesionales para crear oportunidades de negocio en favor de una empresa o una marca determina) convirtiendo la vida social en su actividad y negocio principal”.

El ejemplo más claro que pudiéramos encontrar con respecto a este ejemplar social es el de Isabel Preysler, ex mujer de Julio Iglesias en España. Si algo le faltó a la definición de Google fue decir que, casi siempre, estas damas tienen pretendientes ricos y prestantes, casan con ellos, y bajo estos dos factores terminan acumulando una gran fortuna.

La socialité de la que vamos hablar lo único que no pudo fue ejercer el networking, porque para entonces, en la incipiente Santafé de Bogotá, no existía una empresa que necesitara dicho servicio.  Su nombre era Inés de Carvajal, de familia noble española y viuda del mariscal Jorge Robledo, que aprovechó el rango militar de su marido para hacerse llamar La mariscala por parte de su servidumbre y esclavos a quienes maltrataba. Su belleza la exaltaba y su soberbia también.

Al Nuevo Reino de Granada llegó oronda de la mano de su marido, quien había venido por primera vez bajo las órdenes de Sebastián de Benalcázar desde el Perú. Su belleza le sirvió de señuelo al mariscal Robledo para muchas cosas; la principal,  para visitar en Cartagena  al recientemente llegado presidente del Reino Miguel Diez de Armendaris, quien sin quitarle los ojos de encima a la mujer, entusiasmó al marido y lo apoyó en sus propósito de apoderarse de Antioquia y así, con un territorio propio a su favor, independizarse de Sebastián de Belalcázar, gobernador para entonces de Cali, Popayán, el Valle de Aburrá -descubierto por el mismo Robledo-, que además fundó a Santafé de Antioquia,  Anserma y Cartago, bajo las órdenes de don Sebastián.

Después de esto, por pisar terrenos que no le corresponden, Robledo es apresado por Pedro de Heredia, fundador de Cartagena, quien lo manda a España con una cadena de cargos para ser juzgado. En la Península, el prisionero probó sus servicios en las guerras de Europa y en sus acciones en América, así como su lealtad hacia la Corona y además de la libertad, le otorgaron el título de mariscal con escudo propio. Antes de regresar, se casó con María de Carvajal, nacida en Úbeda, Jaén, de Andalucía, en 1525. La ambición de los dos, el amor por la bella María, el escudo propio y el nuevo grado militar, estimulan a Robledo para ir contra su jefe, pero termina por tirarse de cabeza al desbarrancadero.

Lo que no sabía Ines, después de su coqueteo sutil con Arismendi y los intentos sublimatorios era de la bravura y astucia de Belalcázar quien sin dudarlo atacó a su marido y en un santiamén lo derrotó en la batalla de Loma de Pozo, haciéndolo prisionero. Ante la noticia adversa, la Mariscala corre hacia Arismendi para que interceda por la suerte de su marido, pero llega tarde, en el camino la alcanza la noticia de que el Mariscal ha sido ejecutado el 5 de octubre de ese 1546.  Ahora estaba sola, totalmente desamparada y a riesgo de ser alcanzada por don Sebastián de Benalcazar quien además de mancillar muchas cosas haría con ella.

Armendaris, que se moría de ganas por la hermosa mujer, vio la oportunidad precisa para enredarse en sus brazos a cambio de protección. Su amorío se inició allí mismo, bajo la improvisada tienda levantada para descansar a orilla del Camino. A la ciudad entró discreta dentro del cortejo que acompañaba al nuevo presidente, recibido en Santafé con entusiasmo, pólvora, salva de aplausos, confites y gritos de bienvenida salidos de gargantas lambonas. Por Orden de Armendaris fue ubicada en una casa de bahareque discreta pero bonita donde la visitaba en las noches para disfrutar de sus favores.

Pero María no era de esas. Era de vida pública y sociedad altiva.  Soltando las amarras del miedo empezó a transitar por la ciudad y muy pronto se le vio del brazo de Pedro Brieño Verdugo, capitán y tesorero de la ciudad. Hombre bien plantado, dirían las señoras hoy, con barba y cabellera que despuntaban canas plateadas y bonitas. Viudo, con hijos mayores que vivían en otras ciudades y una fortuna que sobrepasaba las cifras exageradas de entonces. Armendaris no tuvo más remedio que aceptar la realidad y fue el invitado de primera fila a una boda suntuosa jamás vista en la ciudad.

La vida de María cambió y empezó a asistir a las tardes abolengas de chocolates santafereños y otros eventos exclusivos donde fue muy influyente.  Fue feliz durante unos años y tuvo dos hermosos hijos: Luisa de Cravajal y Felipe de Sanroman, (recordemos que los hijos acomodan sus apellidos a capricho), quien no conoció a su padre que murió unos meses antes de naciera luchando contra los indios tayronas en el Paso de Origua cerca de Santa Marta. María quedó bella, viuda y madre, y fue muy generosa a la hora de recibir la herencia, porque a un mestizo, hijo natural de su marido, le entregó una dote que le permitiría vivir cómodamente el resto de su vida.

Su influencia en la ciudad siguió siendo inmensa, y los casamenteros que llegaban en busca de mujeres y fortuna, al igual que los señoritos y otros pretendientes criollos, le prodigaban sus galanteos y ella reciba encantada las propuestas de matrimonio, pero sabía esperar; su mote de Mariscala había adquirido significado y se escamotea por la ciudad.

El nuevo elegido por la Mariscala fue el oidor Francisco Briceño a quien conoció cuando llegó para presidir la Real Audiencia, pero poco tiempo estuvo en la ciudad, porque fue comisionado para entablar juicio a Sebastián de Benalcázar por la muerte del mismo Robledo y otros desmanes cometidos. Al saber de la comisión, María acompañada de su ya difunto marido Pedro Briceño Verdugo, lo visitó para pedirle que fuera lo más severo posible en su juicio contra el asesino del Mariscal Robledo.  Briceño viajó a Popayán, tomó juicio a Benalcázar y si no pudo condenarlo a muerte fue porque este, por ser gobernador de la ciudad y de Calì, pidió la potestad de ir a España y defenderse de las acusaciones ante la Corte.

Don Sebastián salió para la Península, pero no alcanzó a llegar porque la muerte lo sorprendió en Cartagena.  Don Francisco, con el deber cumplido, regresó a Santafé donde la María lo visitó para preguntar por el desarrollo del juicio.

“Hubiera querido condenarlo a muerte allí mismo, señora mía, y aplicar la pena” le dijo tomando sus manos con amor. Las visitas continuaron mientras el prestigio de Francisco como juez, y su riqueza se acentuaba en el Reino. Cuando la ciudad estaba atiborrada de rumores por su amor desbordado, contrajeron matrimonio para acallar voces, “pueblo pequeño infierno grande” decían mis abuelos. El prestigio de la pareja y el de la Mariscala, en particular, creció sobremanera cuando llegó el nombramiento para Francisco como gobernador de la provincia de la hoy Guatemala que comprendía a Belice y el actual Salvador. A estas alturas influyen en todos los acontecimientos del Reino y María era la única mujer de la ciudad que hombro a hombro, gracias a ser experta tiradora, le disputaba a los hombres las presas de caza. La destreza con las armas la había adquirido del mismo mariscal Jorge Robledo.

Como los dos no podían viajar a Centroamérica porque eran padres de dos niños pequeños: Pedro y Juan, y dos hijastros, resolvieron que él viajaría y ella se quedaría protegiendo a los hijos y los bienes cuantiosos que ya sumaba la pareja. Se dice que mientras su marido estaba fuera, María tuvo algunos romances sin importancia. Finalmente, Francisco regresó como Presidente del Nuevo Reino de Granada y la vida de socialité, llegó a su máximo furor, pero no duró mucho, porque en una carrera de cacería por los bosques aledaños a Fucha, la yegua quedó mal herida. Con dolor, a sus 48 años, en 1573, la despidió una ciudad que la amó como primera dama y como mujer de  la alta sociedad para entonces.

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