Por Carlos Cantor Beltrán. www.biciurba.com

Todas las guerras entre pueblos terminan en lo mismo, destrucción y muerte.

La historia de la humanidad podría escribirse como una larga disputa entre dos fuerzas: la capacidad para destruir y la capacidad para cuidar. Hemos sido capaces de levantar ciudades, descubrir vacunas, llegar al espacio y comunicarnos instantáneamente con cualquier lugar del planeta. Pero también hemos construido armas capaces de borrar ciudades enteras en cuestión de segundos.

No es una contradicción reciente. Desde los antiguos imperios hasta las potencias contemporáneas, el poder ha utilizado casi siempre un argumento parecido: convencer a los demás de que su verdad es la única que merece sobrevivir. Después vienen las fronteras, las invasiones, las guerras, los impuestos, los bloqueos económicos, las amenazas y, finalmente, las armas.

Cambian los uniformes, los discursos y la tecnología. El mecanismo parece conservarse.

El poder de los clanes, de las familias, de las élites económicas y políticas tampoco nació ayer. Siempre ha habido quienes se consideran destinados a mandar y quienes terminan destinados a obedecer. Una curiosa clasificación humana, porque al final todos compartimos exactamente la misma condición: nacemos, vivimos durante un tiempo y morimos.

Ni siquiera el hombre más poderoso del planeta ha encontrado todavía la manera de negociar con la muerte.

Mientras tanto, la humanidad ha convertido la guerra en una industria gigantesca. Se fabrican aviones, misiles, drones, barcos, sistemas de vigilancia y sofisticadas herramientas tecnológicas para destruir al enemigo antes de que el enemigo pueda destruirnos. Se gastan fortunas en preparar para matar a miles de personas en ejércitos donde solo son cifras y códigos, no seres humanos. Mientras tanto, millones de personas siguen sin tener agua potable, vivienda digna, alimentación suficiente o un transporte que les permita llegar a trabajar sin jugarse la vida en el camino.

Hay aquí una paradoja difícil de explicar. Somos capaces de enviar una máquina a otro planeta, pero seguimos sin resolver cómo convivir con el vecino de la casa de al lado.

Y ahora hemos agregado un nuevo ingrediente: la inteligencia artificial. Una tecnología con posibilidades extraordinarias para la medicina, la educación, la ciencia, la movilidad y el conocimiento, pero que también puede convertirse en una herramienta para manipular información, vigilar poblaciones, profundizar conflictos y hacer más eficiente la maquinaria de la confrontación.

La tecnología, por sí sola, no tiene moral. La moral sigue siendo responsabilidad de quien la utiliza.

Y quizá ahí esté uno de los grandes problemas de nuestra época. Hemos confundido desarrollo con acumulación de poder. Creemos que una sociedad es más avanzada porque tiene más armas, más dinero, más capacidad de consumo o mayor dominio tecnológico. Mientras tanto, el planeta nos recuerda, con terremotos, sequías, inundaciones, incendios, pérdida de biodiversidad y temperaturas extremas, que existe una cuenta pendiente que ninguna potencia puede pagar con dinero.

La naturaleza tampoco reconoce imperios, una tormenta no pregunta quién gobierna. Una sequía no distingue entre ricos y pobres. Un río desbordado no consulta ideologías. Y un terremoto, como tantas veces hemos visto, puede reducir en segundos las diferencias sociales que durante décadas parecieron inamovibles.

Pero existe otra humanidad, la que aparece cuando ocurre una tragedia. La que comparte comida, abre una puerta, presta una herramienta, carga una caja o simplemente pregunta: “¿En qué puedo ayudar?”. Esa humanidad también existe y, aunque suele ocupar mucho menos espacio en las noticias, probablemente sea mucho más numerosa.

En Colombia lo hemos visto recientemente. Frente al dolor provocado por una tragedia, ciudadanos comunes han convertido sus vehículos, sus manos y su tiempo en instrumentos de solidaridad. Entre ellos, ciclistas que decidieron utilizar sus bicicletas para transportar ayudas hacia los centros de acopio. No tenían ejércitos. No tenían misiles. No tenían grandes presupuestos. Tenían una bicicleta, y quizá allí aparece una metáfora que BiciUrba no puede dejar pasar.

Una bicicleta es una máquina extraordinariamente sencilla. No necesita petróleo para moverse, no dispara contra nadie, no invade territorios y no necesita una frontera para funcionar. Puede llevar a una persona al trabajo, transportar alimentos, acercar una ayuda humanitaria o simplemente permitir que alguien regrese a casa. No pretende conquistar el mundo, solo avanzar. Tal vez la humanidad necesite recuperar precisamente esa capacidad: avanzar sin destruir al que viene al lado.

Porque mientras los grandes poderes discuten territorios, mercados, recursos estratégicos y zonas de influencia, la vida cotidiana continúa dependiendo de cosas mucho más elementales: agua, alimentos, aire limpio, vivienda, salud, movilidad y seguridad. Y de algo todavía más sencillo: que los seres humanos se reconozcan como seres humanos, no somos cosas intercambiables. No somos cifras para una estadística militar. No somos población prescindible. No somos enemigos por nacimiento.

La historia nos ha demostrado demasiadas veces lo que ocurre cuando olvidamos esa verdad y que también debería enseñarnos algo más. Que ningún imperio es eterno. Ninguna fortuna acompaña a su dueño después de la muerte. Ningún gobernante consigue llevarse sus palacios. Y ningún fabricante de armas ha encontrado todavía la manera de fabricar un proyectil que pueda detener el paso del tiempo.

Los poderosos también mueren.

La diferencia está en qué dejan detrás. Algunos dejan monumentos, fronteras, ruinas y cementerios. Otros dejan instituciones, conocimiento, solidaridad, árboles plantados, ciudades más habitables y personas que recuerdan que alguna vez alguien decidió hacer el bien sin esperar nada a cambio.

Entre una bicicleta y un misil existe una diferencia tecnológica enorme, pero existe una diferencia humana todavía mayor. Una sirve para llegar, el otro, para destruir.

Quizá el verdadero progreso de la humanidad consista en descubrir, de una vez por todas, que no necesitamos llegar primeros a ninguna parte si para hacerlo tenemos que destruir el camino y dejar atrás a los demás. Porque, al final, todos vamos hacia el mismo destino. Y sería bastante más inteligente pedalear juntos mientras llegamos.

Cuando podamos entender que el poder es efímero, que el dinero es un acuerdo pero que en la realidad no vale nada, que la arrogancia, vanidad y soberbia solo conducen al fracaso, al olvido y entender que somos efímeros, nos vamos de esta realidad lo queramos o no.

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