Por Eduardo Frontado Sánchez

En los últimos tiempos, la naturaleza nos ha venido dando señales de que necesitamos, con urgencia, hacer un cambio en nuestros hábitos de vida, en nuestra forma de ver el mundo y, sobre todo, en la manera en que nos relacionamos entre nosotros mismos.

Los terremotos ocurridos recientemente en Venezuela y Colombia, por mencionar dos de los más sonados, nos han demostrado que, como humanidad, no lo estamos haciendo del todo bien. Es hora de repensar cómo queremos que transcurra nuestro tiempo en este espacio que compartimos y, sobre todo, qué legado queremos dejar.

Sin embargo, muchas veces me pregunto si estos acontecimientos también traerán consigo la capacidad de entender cuán humanos debemos ser a la hora de expresarnos y de manejar nuestras acciones. La forma en que se nos presentan estos eventos sísmicos nos recuerda que dos de los valores más importantes que tenemos como seres humanos son la solidaridad y la vulnerabilidad. Ninguno de estos sentimientos es sinónimo de debilidad; por el contrario, ambos son una expresión de nuestra humanidad.

No siempre un cambio de perspectiva se manifiesta de la manera en que los seres humanos estamos acostumbrados a reconocerlo. Creo que nuestro entorno nos está pidiendo, a gritos y con consecuencias cada vez más claras, un cambio de hábitos. Y ese cambio pasa por entendernos a nosotros mismos, reconocer cuán vulnerables somos y, sobre todo, comprender que como humanidad no tenemos el poder para destruirlo todo, pero sí tenemos la capacidad de convertirnos en agentes de cambio positivo.

Todos estos hechos, que de alguna manera se concatenan hacia un mismo fin —el bien común—, nos demuestran que el poder, las ambiciones y el manejo de las situaciones de crisis requieren de humanidad. No necesariamente de más poder, sino de la capacidad de saber utilizarlo.

Si por un momento nos ponemos a pensar cómo han sido manejadas las catástrofes en Colombia y Venezuela, podemos observar que el poder, cuando quiere hacer el bien, se convierte en acciones concretas. Pero también sabemos que, cuando es utilizado para generar daño y muerte, y nace desde la maldad, puede alcanzar el mismo nivel de impacto. La diferencia está en que el poder utilizado desde la maldad no trabaja para el bien común: trabaja para la destrucción.

Últimamente he estado reflexionando mucho sobre cuál es el llamado que se nos hace con tantos desastres naturales y qué nos quiere decir la Tierra. Desde mi punto de vista, considero que nos está haciendo una invitación a valorar la vida en su justa medida y a reconocernos como seres humanos, pero también a darnos la oportunidad de redimir nuestros errores.

Es indignante ver cómo el mundo puede unirse para apoyar a un país vecino cuando enfrenta una tragedia, y cómo Venezuela puede ofrecerse a enviar ayuda humanitaria y rescatistas a Colombia, cuando hasta el día de hoy nosotros mismos seguimos teniendo enormes dificultades para reconstruir nuestro país y sanar muchas de las heridas que todavía cargamos.

Creo que, como sociedad, uno de los mayores retos que tenemos es repensar la manera en que entendemos la política y recordar que su verdadero sentido debería estar orientado al bien común. Hacer política va mucho más allá de las palabras o de los discursos; implica comprender las necesidades de las personas, actuar con responsabilidad y buscar el bienestar colectivo. Cuando ponemos la dignidad, la solidaridad y lo humano en el centro de nuestras decisiones, comenzamos a construir, desde pequeñas acciones, una sociedad más justa y un mundo mejor.

Es imposible hablar de un mundo cada vez más humano cuando como humanidad todavía no entendemos a ciencia cierta cuál es el significado del mensaje y de la necesidad de cambio que nos está planteando la naturaleza. Sus respuestas frente al maltrato, la destrucción y el conflicto deberían llevarnos a detenernos y reflexionar.

Con este artículo quiero hacer un llamado a la reflexión, al entendimiento y a la sensatez. No solo a nuestros gobernantes, sino también a nosotros como sociedad. Necesitamos comprender cuán necesarios somos unos para otros y cuán humanos debemos ser frente a las situaciones que se nos presentan.

Una sociedad que realmente quiere generar un cambio para el bien común debe aprender a reconocer las señales, asumir sus responsabilidades y entender que ninguna diferencia debería alejarnos de lo esencial.

Porque, al final, lo humano es lo que nos identifica y lo distinto es lo que nos une.

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