Por Eduardo Frontado Sánchez

Resulta paradójico que vivamos en un mundo cada vez más interconectado y, al mismo tiempo, más deshumanizado, y que aun así nos cueste tanto manejar una situación que en el mundo actual se ha vuelto parte de nuestro día a día: la incertidumbre.

Siempre he pensado que todo lo que ocurre en nuestra vida puede observarse desde múltiples ópticas y que, como seres humanos, según nuestras creencias, valores, objetivos y metas, enfrentamos una misma situación de maneras muy distintas. En lo personal, nunca he sido partidario de analizar los acontecimientos desde la tragedia o desde lo negativo. Por el contrario, procuro identificar la parte positiva y la oportunidad de crecimiento que cada experiencia trae consigo.

En esa búsqueda constante de transformar las dificultades en oportunidades —tanto para mí como para mi entorno—, recientemente me encontré con algunos fragmentos del libro La pared de los 80, del psicólogo japonés Hideki Wada. Aunque la obra está enfocada en personas de la tercera edad en Asia, considero que muchos de sus planteamientos son perfectamente aplicables al manejo de la incertidumbre y al crecimiento personal, individual y colectivo.

Una de las ideas que más me llamó la atención es aquella que señala que, cuando atravesamos momentos de incertidumbre, solemos paralizarnos, no saber qué hacer y entrar en un estado de miedo que, lejos de ayudarnos, puede perjudicarnos. Sin embargo, siempre he creído que el hecho de no saber exactamente qué hacer o cómo enfrentar una situación también abre nuevos caminos, nuevas perspectivas, y pone a prueba —y en evidencia— nuestra capacidad de resiliencia.

El libro también plantea que realizar actividades que nos producen alegría estimula la creatividad cerebral. Afrontar un proceso de incertidumbre no es sencillo, porque no solo implica comprender el entorno en el que nos encontramos, sino también aprender a manejar nuestros propios miedos internos para que estos no terminen venciéndonos. Hacer aquello que nos gusta nos permite transitar esos procesos de una manera más amable y llevadera, no solo para nosotros como individuos, sino también para quienes nos rodean.

Vivir procesos de incertidumbre y de cambio es inevitable; ambos son constantes en todo lo que hacemos y en todas nuestras acciones. Lo que sí depende de nosotros es la actitud con la que los enfrentamos: cómo asumimos la incertidumbre, cómo atravesamos el cambio y cómo abrimos las puertas a la esperanza y al optimismo para seguir adelante, siendo cada vez más creativos y humanos en tiempos tan conflictivos como los que vive el mundo actual.

Dejarse abrumar por las circunstancias no elimina la incertidumbre. Lo único que realmente calma el nerviosismo y la ansiedad cuando estamos ante una encrucijada es seguir caminando con coherencia, de acuerdo con nuestros valores, metas y sueños. Al final, conviene recordar que lo humano es lo que nos identifica y que, paradójicamente, es lo distinto lo que nos une.

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