
Por Carlos Alfonso Velásquez
El promedio de las encuestas disponibles ubica a tres candidaturas con opción real de competir por la primera magistratura. Pero a estas alturas del debate con desasosiego vemos que estamos inmersos en un túnel oscuro, puesto que ninguna de esas candidaturas tiene la capacidad de irradiar luz de esperanza.
Estamos a 55 días de que baje el telón del espectáculo mediático más divisivo de nuestra historia. Hemos entrado en un período donde, con cálculos discursivos, Cepeda dirá que no es tan de izquierda, Valencia dirá que está en el centro y De la Espriella que no es tan extremista. ¿Creíbles? no nos llamemos a engaños; lo que se avizora en el horizonte no es una festiva transición democrática, es la metástasis de nuestra propia incertidumbre. Colombia no va hacia unas elecciones, va hacia una colisión de trenes en la que el ciudadano de a pie es el único damnificado.
Si la izquierda repite bajo la figura de Cepeda, presenciaremos la institucionalización del «Estado en la Sombra» en las regiones marginadas donde Francia Márquez, liderando “los nadies” seguirá esperando el “vivir sabroso”. Petro dirá que, al salir del poder sí lo dejarán cumplir; entonces dictará el destino nacional a través de un ejecutor que no le levantará la voz. Sería el triunfo de un progresismo de fachada que utiliza a “los nadies” como combustible para perseguir disidentes. Con Cepeda vendría una purga ideológica vestida de «justicia social aplazada», donde el disenso sería tratado como traición a la patria y la violencia política se mudará a los teclados y a los estrados.
Ahora bien, si la respuesta al mesianismo de izquierda es la intransigencia cerril de derecha, el panorama es igualmente incendiario. Una presidencia de Paloma Valencia – cargando los pendientes judiciales de su “papá Uribe”- o del histrionismo de De la Espriella y su oscuro criterio ético, no traerán orden sino revancha. Con ellos, la polarización pugnaz alcanzará su punto de ignición. La gobernabilidad será atascada por la izquierda, encabezada por Petro – también con pendientes judiciales- y su democracia de la calle apoyando las posturas de un Cepeda liderando la oposición en el Congreso. Veríamos una guerra de trincheras legislativa y un revanchismo que buscará desmantelar todo lo que huela al gobierno anterior. En fin, con cualquiera de esa derecha en la presidencia, la discordia será el único programa de gobierno.
¿Y el centro? Pese a la buena voluntad de Fajardo, ese fantasma de la «remota posibilidad» solo servirá para que Petro se autodenomine el único dueño de la verdad. Para su dogma, cualquier matiz es «uribismo disfrazado». La narrativa está escrita: si no es él o su ungido, el sistema es corrupto.
¿Se viene una guerra civil? La respuesta es que no hemos salido de ella, pero ahora se libra en el terreno de la dignidad instrumentalizada. Independientemente de quién gane entre dichos bandos, Colombia estará condenada a una guerra judicial permanente aupada por lenguas afiladas. Vendrá la pugna por una Constituyente impuesta a la fuerza o por decreto, porque para el mesianismo político —de lado y lado— la ley solo es válida si sirve para perpetuar su visión. Hobbes decía que cedemos nuestra libertad al Estado a cambio de seguridad. Pero en Colombia, el Leviatán está muy enfermo y el contrato social está despedazado. Hoy el ciudadano es una víctima del miedo multiforme mientras que la élite política solo necesita que este viva en un estado de temor permanente para que busque resguardo en las migajas de protección que el poder de turno le ofrece.
¿Hay alternativa? Sí, pero rompiendo el ciclo del miedo. Nos han acorralado para que volvamos a votar «por el que toque» o «contra el que toque». Votar por el «menos peor» es aceptar que nuestra dignidad está en liquidación. Quedan pocos días para decidir si seguimos siendo peones en su ajedrez de odio o si finalmente nos atrevemos a usar la herramienta más poderosa de una democracia herida e indignada: el triunfo del Voto en Blanco en primera vuelta para salir del círculo vicioso entre la indignación permanente y la resignación cómoda.
Es el momento de decir que ninguna de las candidaturas con mayor opción es digna de Colombia y que hay que convocar a nuevas elecciones un mes después del 31 de mayo con otros candidatos. Unos que tengan la altura necesaria para que haya luz al final del túnel. Merecemos más que una incertidumbre administrada por los mismos que hoy afilan sus lenguas para la próxima contienda. La reconciliación nacional no vendrá de ellos; vendrá de nuestra capacidad de decir, Basta.
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