
Por Esteban Jaramillo
Al supersticioso Hernán Torres, se le envejecieron las ideas, por ello las sombras en el rendimiento de Millonarios.
Su discurso no tuvo conexión con el rendimiento y los resultados.
Nunca le encontró el rumbo al equipo que perdió carácter, ni simpatizó con la hinchada, siempre exigente. Sin importar su pasado con título, fue como un cuerpo extraño, sin identidad y sin juego.
Su aterrizaje hace solo cinco meses fue forzoso. Su tránsito penoso. Probó fórmulas, pero vacías. Por eso no encontró soluciones.
Sus jugadores, con excepciones, compitieron sin nivel. Se vieron cansados, planos, sin alma.
Torres volvió a su versión más áspera: irritable, intolerante al error, gesticulador, más ocupado en la protesta que en la propuesta. Libreto que jugadores e hinchas rechazaron.
Tuvo nómina pero no encontró un equipo. No logro armarlo ni entenderlo. Por eso terminó inseguro, nervioso, provocador. Cuando el técnico duda el grupo se desmorona.
La voz del director deportivo, Michaloutsos, ganó espacio frente a la suya. Mala señal cuando el despacho habla más fuerte que el vestuario y el banco.
Pero no fue por un partido su despedida. Se fue porque el proyecto andaba a la deriva, dando tumbos. Por los plazos que se acortaba. Se hizo tarde y en el fútbol, cuando escasean los tiempos, se fatigan los discursos.
Para los entrenadores en el fútbol, la vida se hace cómoda con los resultados. Pero lo que los define es cómo los buscan. Y Torres esta vez, los persiguió sin rumbo.
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