
Por Eduardo Frontado Sánchez
Para las empresas, contar dentro de su plantilla con una persona con cualidades distintas no debería ser solo un requisito legal, sino un privilegio. Representa la oportunidad de incorporar al entorno laboral una visión capaz de impulsar un liderazgo transformador y profundamente humano.
En la actualidad, el acceso a contenidos y herramientas tecnológicas es prácticamente infinito. Sin embargo, cuando hablamos de procesos de selección —especialmente en la contratación de personas con cualidades distintas— persiste la tendencia a asumir que su incorporación responde únicamente al cumplimiento de una cuota. Bajo esta mirada limitada, se invisibiliza el enorme potencial que estas personas poseen para ejercer un liderazgo transformador dentro de la organización e incluso en la vida de quienes las rodean.
Un proceso de contratación verdaderamente enfocado en el talento evalúa competencias y capacidades, no condiciones físicas. Cuando una empresa deja de juzgar la silla de ruedas o la forma de caminar de un candidato y, en cambio, indaga en lo que puede aportar, en sus habilidades y en su potencial de desarrollo, está sumando a su equipo a un posible líder, no solo en procesos organizacionales, sino también en sensibilización y cultura corporativa.
En muchos entornos laborales aún predomina una visión basada en la misericordia o la lástima. No obstante, integrar a personas con cualidades distintas implica mirar más allá de esos enfoques limitantes y reconocer sus capacidades por encima de sus diferencias. Este cambio de perspectiva permite comprender que la diversidad no es una debilidad, sino una fortaleza que transforma dinámicas internas y externas.
Desde mi experiencia como persona con cualidades distintas, haber trabajado en diversas empresas en Colombia y Venezuela me ha permitido descubrir mi propósito de vida: transformar y humanizar los entornos empresariales a través del mensaje, la asesoría y la forma de abordar cada proceso organizacional.
El liderazgo auténtico surge cuando las diferencias se convierten en un valor diferenciador. A través de la humanización y la experiencia cotidiana es posible transformar vidas y ejecutar procesos organizacionales exitosos. El hecho de utilizar una silla de ruedas o tener una modalidad de movimiento distinta a la tradicional no limita la capacidad de liderar ni de generar impacto; por el contrario, puede enriquecer profundamente el encuentro con los demás, siempre que este se dé desde el respeto y no desde el prejuicio.
Cuando hablamos de liderazgo, el estatus pierde relevancia. El verdadero líder transforma desde su esencia humana, desde sus ideas y su capacidad para movilizar a otros hacia objetivos comunes. En muchos casos, vivir con cualidades distintas permite comprender con mayor profundidad que las metas organizacionales también pueden ser profundamente humanas y transformadoras.
La dignidad de una persona no se define por su condición física ni por su capacidad de ajustarse a estándares tradicionales, sino por su capacidad de crear, de liderar procesos de cambio y de llevar proyectos a término con éxito. Lo humano nos identifica; lo distinto nos une.
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