
Por Hernán Alejandro Olano García, miembro Correspondiente de la Real Academia española – RAE y, de la Academia Asturiana de Heráldica y Genealogía.
El politólogo e internacionalista Andrés García de la Huerta y Carvajal, ha querido como coleccionista de documentos raros y curiosos, dar a conocer a través de la obra “Los Santa Coa. Una saga empresarial y nobiliaria del Nuevo Reino de Granada, un manuscrito perdido, fechado en San Ildefonso el 13 de agosto de 1744, que corresponde al Real Despacho de creación del título nobiliario de marqués de Santa Coa, a favor de Don Juan Bautista de Mier y La Torre, un asturiano avecindado en el Nuevo Reino de Granada.
La curiosidad del documento radica en que, el despacho de creación del marquesado, expedido por Felipe V, muestra cómo los naturales de América, considerados súbditos por la corona, como prolongación del reino católico, gozaron de mercedes nobiliarias, así como también las recibieron algunos caciques americanos.

Quiso el doctor García Carvajal invitar para el análisis del título al académico español Javier Gómez de Olea y Bustinza, así como a los profesores Mauricio Arango Puerta, Daniel Gutiérrez Ardila, James Torres y al rector de la Universidad del Norte Adolfo Meisel Roca, quienes realizaron un análisis acerca de la nobleza española que gozaba, en el caso de Colombia, de primacía económica, social, religiosa y política, donde la tierra, la sangre, la fe y la corona, se articularon funcionalmente en un árbol conceptual que condensaba de forma clara la visión cultural y los valores de la España imperial en hispanoamérica.
El título del marqués de Santa Coa, rescatado de un anticuario en Tarragona, España, por García de la Huerta y Carvajal, es uno de los más antiguos de los títulos que se concentraron en la gobernación de Cartagena, como son el vizcondado previo del Pedroso; el marquesado de Valdehoyos de 1750 con el vizcondado previo de Naverón; el marquesado de Torrehoyos de 1787, con el vizcondado previo sin nombre; el marquesado de Premio Real de 1741, con el vizcondado previo de Préstamos; el condado de Pestagua de 1770, con el vizcondado previo de Salamanca; el condado de Toro Hermoso de 1791, con el vizcondado previo de San Agustín; el condado de Santa Cruz de la Torre de 1690, con el vizcondado previo del mismo nombre, así como el condado de Villa Miranda de 1749 con el vizcondado previo del Real Agrado.

La obra, editada por la Universidad de los Andes, pone también de presente que, todo esté entramado familiar y nobiliario representaba la confirmación por excelencia del privilegio y de la cercanía con el poder como garantía de estabilidad de la estructura social y política de la monarquía, a la cual se sumaron en este “tesorito bibliográfico” otras denominaciones como concepto de ponderación social, que finalmente están en el imaginario, pero que nunca lograron concretarse, como fueron los títulos del marqués de Surba y Bonza de 1771, considerado entre otros una excentricidad pintoresca. De todos los títulos, uno de 1715 que correspondería al segundo más antiguo de la Colombia actual, es el de San Juan de la Ribera, cuyo poseedor es un ilustre académico y ex notario de Bogotá.
Quiso el editor académico, también contar con la colaboración de su esposa Amanda Gómez Flores, quien realizó un diagrama explicativo que sirve para mostrarnos, entre otras, cómo la ciudad de Mompox y sus habitantes en el siglo XVIII, querían presentar a través de los condados y marquesados su nivel social, comercial y político, por cuanto en esta ciudad, que era una de las poblaciones más importantes del virreinato, se conoció un impresionante auge económico y demográfico que reseña entre otras, a las haciendas de Santa Coa, de Santa Bárbara de las Cabezas, de las Monjas y de las Mojarras, esta última en jurisdicción de San Benito Abad, como fuentes de riqueza, pero también de interminables disputas familiares, por haberse querido fundar un mayorazgo y vinculaciones que llegaron luego en 1824 a considerarse como un gran mal para la sociedad, por la acumulación de bienes en una persona o cuerpo, con prohibición de enajenarlos, impidiendo que circulasen en beneficio de la agricultura, la industria y el comercio y, fuesen fuentes de prosperidad de las naciones.
Citan los autores bajo la coordinación del editor académico ya mencionado, García de la Huerta y Carvajal, los diferentes embates dentro del Clan Trespalacios, que enfrentó a tíos, sobrinos, cuñados, primos y a otros parientes, vinculados con la estrategia endogámica, que vino a agravarse con el correr de cinco generaciones y que provocó una fatal emulación, expresada a través de litigios costosos e incesantes, tras doscientos años de conflictos entre ellos mismos.
También analiza la obra la trayectoria mercantil de la Casa Santa Coa, a la luz de las condiciones cambiantes de la economía neogranadina, presentando entre otros el editor académico, la relación de los Trespalacios de Santa Coa con don Diego Antonio Viana, vecino del puerto de Honda, quien tenía una casa de comercio en la cual trabajó como empleado recomendado de Cádiz el joven don José Ambrosio García Marín en 1765, ancestro del editor académico, al igual que de quien escribe esta reseña.
Dedica la obra del editor a su tatarabuelo José Nicanor García Gómez, natural del Carmen de Viboral, quien había quedado huérfano de padre y madre en 1839 con apenas 9 años, circunstancia que lo impulsó a participar con miles de campesinos antioqueños en la colonización del Gran Caldas. También incluye como nota a la presente edición apartes del acto segundo de “El caballero del milagro”, de Lópe de Vega, dónde se lee: «nacimos todos y vivimos todos hasta la muerte del tiempo permitido; pero por varios y diversos modos aquel busca el sustento y vestido y este, porque desciende de los godos, es adorado y por señor tenido».
Tal vez ahí radica el que, durante dos siglos, los descendientes de asturiano del valle de Peñamellera, Juan Antonio Trespalacios y Mier, todos reseñados en el tercer capítulo de la obra, se movieran entre lo monárquico y lo republicano, para quedarse sin nada.
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