
Por Eduardo Frontado Sánchez
A pesar de que muchas veces, a lo largo de mi vida, he sido desahuciado por la sabiduría médica, he tenido la fortuna de contar con una madre y unos hermanos que nunca me condenaron por mi diagnóstico médico ni se dejaron llevar por él. Por el contrario, siempre lucharon en pro de que yo pudiera ser un hombre de bien.
Al nacer, mi diagnóstico inicial fue parálisis cerebral en la región central, donde se comanda la inteligencia. Con el paso del tiempo y gracias a la ayuda de un grupo médico extraordinario, liderado por el doctor Alberto Abadí, tuve la fortuna de encontrar una mirada diferente. En lugar de diagnósticos lapidarios, tuvo la capacidad de identificar que existía un problema, sin dar mayores detalles, pero estableciendo las directrices correctas para que aquel diagnóstico pudiera transformarse en la historia de un profesional que hoy lleva un mensaje de inclusión y diversidad laboral por el mundo, demostrando que no somos un diagnóstico, sino un camino.
Aun cuando, a lo largo de mi vida he estado sometido a distintas terapias y de que mi horario y mi tiempo han tenido que ser reformulados de acuerdo con mis grandes responsabilidades, puedo decir con orgullo que tener un diagnóstico no me ha impedido ser comunicador social, especialista en desarrollo organizacional y, actualmente, un reconocido conferencista internacional en temas de motivación, inclusión y diversidad laboral.
Siempre he pensado que la clave para transformarse en un ser humano productivo, en vez de ser únicamente un paciente sometido a tratamientos médicos y a la ciencia, está íntimamente ligada al tesón que tenga la persona con cualidades distintas y al entorno que la rodee. En mi caso particular, ese entorno ha sido mi mamá y mis hermanos, quienes a lo largo de mi vida me transmitieron las ganas de empoderarme en vez de amilanarme ante cada reto que se nos presentaba.
Con este artículo no estoy desmereciendo a la ciencia. La ciencia médica es sumamente importante, pero también tiene errores y, en ocasiones, juega a ser Dios y a tener poder para destruir y no siempre para construir. Estoy claro de que mi caso particular es, sin duda alguna, la excepción de la regla, y he allí el motivo fundamental de encontrar mi propósito de vida más allá de un diagnóstico médico y de decidir ser un ser humano en lugar de un paciente sometido exclusivamente a la ciencia.
Es imposible pensar que este camino solamente ha estado lleno de colores de rosa. Como todo camino, ha conllevado altos y bajos, pero lo que nos distingue y nos hace cada vez más humanos es valorar en su justa medida la oportunidad de vivir en vez de sobrevivir. Cada día de mi vida es una oportunidad para agradecer, pero agradecer desde la sinceridad, desde la gratitud y desde aquello que nos permita identificar cuál es nuestro verdadero propósito al momento de levantarnos cada mañana.
Resulta imposible terminar estas líneas sin hacer un gran homenaje de agradecimiento profundo y absoluto a la gran heroína de esta historia, Teresa Sánchez González, quien ha hecho posible que yo sea una realidad y no un sueño. A lo largo de su vida me ha invitado, con acciones, a descubrir el mundo con una mirada amable, pero a su vez guerrera y retadora, en el buen sentido de la palabra, entendiendo que cada ser humano viene a este mundo con un propósito de construir, alegrar y hacer feliz a quienes lo rodean.
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