Por Guillermo Romero Salamanca

En el centro histórico de Tunja, a pocos metros de la plaza de Bolívar, está ubicado el almacén de Pedro Vargas, el hombre que ama la música en vinilo y es consultado por decenas de coleccionistas de discos no sólo en Colombia sino en Estados Unidos y Europa.

No sabe cuántos elepés, cassettes y compact disc tiene. Todos los días compra y vende. Visitantes de Boyacá, Santander y Bogotá acuden para escarbar entre montañas de material para mirar carátulas y preguntar por “novedades” antiguas.

También recibe llamadas de Francia o de Nueva York preguntando por un disco impreso hace unos 70 años.

Hace unos 45 años llegó a Bogotá y de inmediato se enamoró de la música y de los discos.

Salió de su natal Moniquirá, la tierra de la guayaba y de los bocadillos rojos, dulces y que pocos olvidan su sabor. Desde muy pequeño supo que en la vida lo único que valía era el trabajo. Desempeñó todas las tareas del campo y hasta hizo panelas.

Pero un día viajó a Bogotá a probar suerte. ¿Qué me pongo hacer?, se preguntó y en una cafetería encontró a dos personajes que vendían discos de larga duración. Le llamó la atención, conversó un rato con ellos y lo invitaron a vender música en cafetines, bares, burdeles y discotecas.

Por curiosidad decidió acompañarlos y vio cómo era su forma de trabajar. Llevaron unos 25 elepés, visitaron los sitios donde el licor, la música y mujeres de 3.5 en conducta bailaban con hombres con una calificación de 2.5 pero a las cinco de la mañana, Pedro notó que el número de ejemplares había subido a unos 40 a pesar de las ventas. Pronto reaccionó y comprendió que eran simplemente ladrones de música.

Fue debut y despedida con estos cleptómanos, pero le quedó la inquietud de negociar con música. Montó un pequeño carrito con unos cuántos elepés que consiguió en San Victorino y así inició una carrera musical que ahora completa un poco más de cuatro décadas años escuchando música, de todos los géneros, oyendo a miles de intérpretes y conociendo a centenares de compositores. Gracias a su memoria prodigiosa recuerda temas que fueron éxitos hace varias décadas.

Es, en realidad, una enciclopedia musical.

Vinilos de colores y viejos porros, los más solicitados.

Su almacén está repleto de diferentes vinilos, muchos de colores, decenas de casetes e infinidad de CD. Además de tornamesas, agujas para equipos, parlantes, controles y radios de colección.

“Todos los días organizo los discos, pero siempre llegan coleccionistas que escarban y me dejan el desorden”, comenta mientras suelta su acostumbrada risa.

En Bogotá, un día después de caminar varias calles con su carrito musical, encontró un pequeño espacio en la calle 19 con carrera octava, habló con los líderes del sector y le permitieron montar su primer estante. Meses después construyó una caseta donde vendía música, al lado de vecinos que estaban dedicados al comercio de libros.

Comenzaron a llegar curiosos, pero luego expertos coleccionistas que ya le ofrecían precios superiores por determinados elepés. Con ellos llegaron también promotores discográficos que le llevaban muestras, artistas, locutores y productores radiales.

Si bien los éxitos del momento los preguntaban, la verdadera mina estaba con las curiosidades y los discos viejos que ya no estaban en los catálogos y que eran verdaderas joyas para los llamados coleccionistas.

Este disco de Shakira es muy solicitado y hay pocos.

Pedro conquistó nuevos mercados, no sólo en Bogotá, sino en Cali, Medellín y otras ciudades. Su comercio creció tanto que no sabe cuántos discos ha vendido.

“La música es un sentimiento grande, pero escucharla en un tornamesa causa una sensación especial y muchos quieren tener trabajos especiales”, relata.

“Un día vino un cantante desde Bogotá a buscar un elepé que él había grabado y producido. Yo lo tenía. Cuando le mostré el disco, quedó tan sorprendido y de inmediato me ofreció un millón y medio de pesos por él. Yo acepté y lo invité a tomar tinto”, cuenta entre sus miles de anécdotas.

“Hay discos que se han convertido en verdaderas joyas para aficionados. En Europa, de donde me llaman bastante, piden porros, vallenatos, cumbias y ritmos que fueron grabados hace unos 60 años, pero no para colombianos, sino para estudiosos franceses, alemanes, suecos o italianos”, comenta.

Después de su paso por más de veinte años en Bogotá donde conoció a los más destacados artistas, empresarios del momento e invitado especial por dueños de las grandes discotecas, emprendió viaje a Estados Unidos y luego a Europa. Fue un periplo de varios años caminando y escuchando música en distintas ciudades.

Regresó de esa experiencia y montó su almacén en Tunja, cerca de su Moniquirá del alma y porque encontró que sus paisanos son unos verdaderos apasionados por la música. “Aquí les gusta desde la carranga, el rock, la salsa, la balada, hasta la música clásica”.

Pedro concluye: “disco que no tengamos se lo conseguimos y si no lo hallamos es porque no existe”.

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