Por Alberto Saldarriaga Blanco
En Washington se cocina una foto que huele a polvorín político: Gustavo Petro llega a la Casa Blanca sancionado, sin visa USA, incluido en la “lista Clinton” con su (ex)esposa, hijo y otros cercanos a él. Y con Colombia descertificada por primera vez en tres décadas, sin embajador en propiedad en Bogotá en su mandato y pidiendo cacao pues fue Petro a lo David quien le pidió cita a Goliath.

El título de esta tragicomedia es más que un juego de palabras: es la síntesis de dos liderazgos que se parecen más de lo que admiten, aunque se vendan como opuestos. PeTromp, dos políticos de combustión interna, adictos al choque. Parecerían antípodas pero tienen en común el populismo como combustible y el conflicto como mecha. Comparten una virtud peligrosa: saben que el incendio es rentable, que caldea los ánimos a su favor. Se alimentan de la confrontación.
Necesitan un villano permanente para explicar el mundo, para que su relato funcione. Gobiernan como si siguieran en campaña. Los dos hablan más para la tribuna que para sus contrapartes. Hacen de la diplomacia un espectáculo y aprovechan la política exterior para distraer la atención de su realidad personal, de la de sus países y de su política interna. Al final su estilo es el mismo: ambos se abren paso a “trumpadas”. Dios los hace, hasta con sus copetes, uno rubio y el otro criollo, y ahora ellos se juntan.
Por eso esta no es una reunión de Estado, es un “tour de force” narrativo. Y en ese ring, el de la mitomanía y la megalomanía, ambos son buenos. Uno es “transición” y el otro “transacción”. Petro, con su retórica anti imperial y su gusto por el megáfono; Trump, con su instinto de “bully” para arrodillar, humillar, imponer condiciones y salir de la Oval diciendo que “ganó”, aunque sus victorias sean pírricas como en Davos con Groenlandia.
El antecedente del choque televisado con Volodimir Zelenski – que terminó en desastre, a gritos y sin acuerdo— es el manual de estilo del trumpismo cuando decide convertir una cita bilateral en “reality”. Y, ojo Petro, usted es el que llamó y pidió ir, el que llega a la capital del Imperio en condición de inferioridad. La nobel María Corina se le hincó al rey para evitar el chaparrón y quitarle algo de su favor a la “fantástica” Delcy.
Después de un historial de insultos y acusaciones mutuas, ojalá “La” reunión sea una verdadera mesa de trabajo bajándose de la tarima y no provoque un duelo de egos. Usted le apostó a ir por todo o nada. Puede ser que se restaure cara a cara, lo que no ya con trinos, lo más difícil de reconstruir: la confianza y credibilidad rotas para que el país gane un aire final estos seis meses antes de irse. Usted y sólo usted verá cómo sale y como saca a Colombia, metido como está ya en la boca del lobo mayor.
alsalda@yahoo.com
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