Escuchar las mismas anécdotas de los mayores una y otra vez no significa una pérdida de memoria ni un estancamiento en el pasado: tiene una profunda explicación psicológica avalada por varias investigaciones.
En la década de los 60, el psiquiatra Robert Butler introdujo el concepto de «revisión de vida». Según esta teoría, contar historias no es sólo cuestión de rememorar el pasado, se trata del trabajo más amplio de reflexión para otorgar significado a una vida.
Butler creía que mirar hacia atrás es un acto de aceptación y sabiduría que, lejos de suponer una evasión del presente, podría ser parte del desarrollo de una persona en la edad adulta.
En contra de las creencias familiares, esta práctica no representa el retroceso ni el olvido: consiste más bien en una edición final del recuerdo que se conservará del narrador. Este se compone de relatos que la persona selecciona activamente para construir la versión de sí misma que quiere legar al futuro.
Saltos temporales
Pero ¿por qué son siempre las mismas historias? Décadas enteras que apenas se mencionan y miles de sucesos que quedan enterrados: los mayores se aferran a las mismas 10 anécdotas desde 1965 y las repiten con frecuencia. Esto se refiere a lo que los investigadores han denominado «pico de reminiscencia», un concepto que explica por qué los recuerdos más intensos se concentran entre los 10 y los 30 años.
El psicólogo Jeffrey Webster destacó dos funciones clave de estos relatos: reafirmar la identidad y transmitir enseñanzas. El valor real no radica en el dato exacto, sino en la identidad y la enseñanza que se transmite. Mediante la repetición de hazañas el mensaje implícito es «Fui valiente. Recuérdenme así».
Un cambio de discurso
Esas historias que se repiten una y otra vez funcionan como los cimientos de su identidad. Cada vez que las cuentan, consiguen que las nuevas generaciones las incorporen y las mantengan vivas cuando ellos ya no puedan contarlas. Con el paso de los años, esa anécdota deja de ser propiedad exclusiva de quien la protagonizó. Son los propios familiares quienes memorizan el remate, lo repiten en las reuniones familiares y, sin darse cuenta, se convierten en los guardianes de que el relato siga circulando.
Además, la investigación reveló algo llamativo: quien narra no cuenta lo mismo a todo el mundo. Escoge qué recuerdo compartir según quién lo escucha, casi como si estuviera legando una posesión distinta a cada persona.
Ahora bien, conviene no confundir esta costumbre con un síntoma de demencia. Cuando hay un deterioro cognitivo real, suelen aparecer otras señales: desorientación en el tiempo, dificultad para resolver tareas del día a día y cambios notorios en el comportamiento. La verdadera señal de alarma no es repetir una historia, sino que los detalles varíen cada vez que se cuenta, o que el propio narrador se extrañe de lo que acaba de decir. En ese caso, lo que hace falta no es escuchar con paciencia, sino consultar a un especialista.
Textos y fotos: www.elmundoalinstante.com
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