Por Mauricio Salgado Castilla – @salgadomg

Daniel siempre había sido considerado inteligente. Desde niño sorprendía por la rapidez con la que entendía una conversación, encontraba soluciones prácticas y relacionaba ideas que otros no veían. Sabía explicar cómo funcionaba un computador, aprendía con facilidad cualquier aplicación y podía pasar horas investigando un tema que despertara su interés.

Sin embargo, sus resultados académicos eran mediocres.

En clase parecía distraído. Dejaba las lecturas para el último momento, comenzaba los trabajos sin organizarse y aunque entendía muchas de las explicaciones, tenía dificultades para expresarlas en un examen. Algunos profesores decían que no se esforzaba. Otros pensaban que era desordenado. Él comenzó a creer que quizá no era tan inteligente como todos habían afirmado.

Su problema no era la falta de capacidad. Nadie le había enseñado a aprender.

Los seres humanos aprendemos naturalmente. Desde los primeros años observamos, imitamos, preguntamos, experimentamos y corregimos. Así aprendemos a caminar, hablar, relacionarse y desenvolvernos en nuestro entorno. No obstante, ingresar a una institución educativa superior exige competencias que no siempre se desarrollan de manera espontánea.

Estudiar requiere comprender lo que se lee, mantener la atención, organizar información, relacionar conceptos, formular preguntas y reconocer cuándo algo no se ha entendido. También demanda saber planear el tiempo, y utilizar estrategias diferentes según el contenido que se quiere aprender.

Muchas instituciones de educación superior suponen que los estudiantes ya poseen esas capacidades. Se entregan textos, se asignan investigaciones y se realizan evaluaciones, pero pocas veces se explica cómo abordar una lectura compleja, identificar sus ideas principales, interpretar un gráfico, tomar notas útiles o convertir la información en conocimiento.

La comprensión lectora es uno de los fundamentos del aprendizaje. Leer no consiste únicamente en pronunciar palabras o avanzar por las páginas. Significa comprender, interpretar, relacionar, cuestionar y construir significado. Un estudiante puede terminar un capítulo completo y, aun así, no saber qué quiso decir el autor.

Cuando esta competencia no se encuentra suficientemente desarrollada, todas las áreas se ven afectadas. El problema no aparece solo en las asignaturas relacionadas con el lenguaje. También se presenta al interpretar un problema matemático, comprender las instrucciones de un laboratorio, analizar un caso o identificar lo que realmente se solicita en una evaluación.

Pero no todos aprendemos de la misma forma.

Algunas personas necesitan comenzar con una estructura general, conocer los pasos y avanzar de manera secuencial. Otras comprenden mejor cuando exploran, hacen conexiones, ensayan posibilidades y organizan sus ideas durante el proceso. Algunos necesitan escribir; otros conversar, observar ejemplos, realizar ejercicios o explicar el tema a otra persona.

El error consiste en pensar que existe un único método adecuado para todos.

Cada estudiante necesita reconocer su manera natural de observar, pensar, interactuar y resolver problemas. Ese conocimiento no debe utilizarse para colocarle una etiqueta, sino para ayudarle a construir un método propio. Una persona puede necesitar inicialmente una guía detallada y, con el tiempo, desarrollar mayor autonomía. Otra puede ser creativa y rápida para generar ideas, pero requerir herramientas que le permitan ordenarlas y terminarlas.

Conocerse como aprendiz permite identificar fortalezas naturales y también aquello que necesita entrenarse.

Daniel, por ejemplo, descubrió que comprendía mejor cuando primero observaba el panorama completo. Las explicaciones fragmentadas lo confunden. Necesitaba conocer el propósito del tema, conversar sobre él y luego organizar sus ideas en un esquema. También tuvo que aprender a dividir los trabajos en etapas, revisar las instrucciones y comprobar que había respondido exactamente lo solicitado.

No se volvió más inteligente. Aprendió a utilizar mejor la inteligencia que ya tenía.

Este proceso también exige una transformación en los educadores. Enseñar no puede limitarse a presentar contenidos y comprobar quién logró recordarlos. El docente necesita observar cómo aprenden sus estudiantes, reconocer las dificultades que pueden estar detrás de un bajo desempeño y ofrecer diferentes caminos para acercarse al conocimiento.

Esto no significa simplificar las exigencias ni renunciar al rigor. Significa crear las condiciones para que el rigor pueda ser alcanzado.

La educación debería ayudar a cada persona a responder preguntas fundamentales: ¿cómo comprendo mejor?, ¿qué hago cuando no entiendo?, ¿cómo organizo lo que aprendo?, ¿cómo relacionar una idea nueva con lo que ya conozco?, ¿qué estrategias me permiten avanzar?

Tal vez muchos estudiantes considerados perezosos, distraídos o poco comprometidos no hayan perdido su capacidad natural de aprender. Quizá todavía no han encontrado la forma de convertirla en un proceso consciente.

Aprender a aprender no es una asignatura adicional. Es la competencia que hace posibles todas las demás. Comprender este proceso puede cambiar la experiencia del estudiante y también la manera como el educador entiende su responsabilidad.

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