Por Mauricio Salgado Castilla @salgadomg

Marta y Julián llevaban treinta y ocho años casados.

Todas las mañanas se sentaban frente a frente en la misma mesa. Julián preparaba el café y Marta cortaba la fruta.

Él encendía el televisor para escuchar las noticias mientras ella revisaba algunos mensajes en su teléfono. Cuando él le acercaba la taza, Marta ya estaba mirando la pantalla.

Cuando ella empujaba el plato hacia el centro, Julián tenía los ojos puestos en el televisor.

—Parece que va a llover —decía Julián.

—Eso dijeron ayer —respondía Marta, sin levantar la vista.

Después comentaban el precio de los alimentos, la inseguridad de la ciudad, alguna discusión política o el resultado del partido de la noche anterior.

Nunca faltaban temas. Sin embargo, hacía mucho tiempo que no hablaban realmente de ellos. Las frases iban y venían por encima de la mesa, sin detenerse en ninguno de los dos.

Marta llevaba varios meses imaginando un pequeño proyecto. Quería reunir las recetas de su madre y de sus abuelas, cocinarlas nuevamente y escribir las historias familiares que acompañaban cada plato.

Había comprado un cuaderno de tapas verdes y, en secreto, ya tenía algunas páginas escritas. Lo guardaba en el cajón de su ropa, debajo de los pañuelos, y lo sacaba cuando Julián se quedaba dormido frente al televisor.

Una mañana puso el cuaderno sobre la mesa. Antes de hablar, pasó el pulgar por el borde de la tapa.

—He pensado que podría organizar las recetas de la familia. Tal vez hacer un pequeño libro para nuestros hijos y nietos.

Julián apartó la mirada del televisor durante unos segundos. Miró el cuaderno, pero no lo tocó.

—Eso debe dar mucho trabajo. Además, ahora todo está en internet.

Después aumentó el volumen porque comenzaba la sección de deportes.

Marta dejó la mano sobre la tapa verde un instante más. Luego cerró el cuaderno y lo deslizó hacia su lado de la mesa. No volvió a mencionarlo.

Julián también tenía una idea. Desde que se había jubilado pensaba en recuperar una vieja cámara que guardaba en el clóset y volver a recorrer la ciudad tomando fotografías.

Cuando era joven disfrutaba retratando calles, plazas y personas. Incluso había pensado en inscribirse en un grupo de fotografía para adultos. Había buscado los horarios en internet, pero no se los mostró a Marta.

Una tarde encontró la cámara y comenzó a limpiarla en la sala. Sopló el polvo del lente y pasó un paño por la correa gastada.

—¿Para qué sacaste eso? —preguntó Marta desde el sofá.

—Estaba pensando en volver a tomar fotografías.

Marta siguió doblando una toalla.

—¿Y para qué? Si con el teléfono puedes tomar todas las que quieras.

Julián dejó el paño sobre la mesa. Esperó, quizá, que ella preguntara algo más. Al no oír nada, guardó silencio. Al terminar, volvió a colocar la cámara en el clóset y cerró la puerta con cuidado.

Ninguno quiso lastimar al otro. Tal vez solo estaban cansados. Tal vez llevaban tantos años juntos que habían comenzado a creer que ya lo sabían todo sobre la persona que tenían enfrente.

Continuaron compartiendo el desayuno, las cuentas de la casa, las visitas médicas, los cumpleaños familiares y las noches frente al televisor. Se pasaban la sal sin mirarse. Dejaban las llaves en el mismo sitio.

 Cada uno sabía a qué hora el otro tomaba sus pastillas, pero no qué pensamiento le rondaba la cabeza al acostarse.

Si uno enfermaba, el otro recordaba los medicamentos. Si alguno llegaba tarde, encontraba la comida guardada. Había cuidado, responsabilidad y costumbre.

Pero ya casi no había preguntas.

Julián nunca preguntó qué historias había escrito Marta en el cuaderno verde. Cuando ella lo abría, él suponía que estaba haciendo cuentas o anotando la lista del mercado.

 Marta nunca preguntó qué lugares quería fotografiar Julián ni qué sentía cuando sostenía nuevamente aquella cámara.

 Cuando él se quedaba mirando por la ventana, ella pensaba que estaba distraído.

Una noche se fue la luz.

Sin televisión y con los teléfonos casi descargados, se sentaron en la sala iluminada por una vela. La llama temblaba entre los dos.

 Marta tenía las manos juntas sobre las rodillas; Julián frotaba con el pulgar una pequeña mancha de cera en el borde de la mesa.

—Qué silencio —dijo Marta.

—Sí —respondió Julián—. La casa parece vacía.

Marta estuvo a punto de decir que algunas veces también se sentía vacía cuando la casa estaba llena. Abrió la boca, pero solo respiró hondo y miró la vela.

Julián quiso contarle que no sabía qué hacer con sus días y que le asustaba pensar que ya no hubiera nada nuevo esperándolo. Se acomodó en el asiento, como si fuera a hablar, pero bajó los ojos.

Ninguno encontró la manera de comenzar.

Permanecieron juntos hasta que regresó la electricidad. Durante ese tiempo, sus rodillas casi se tocaron, pero ninguno movió la pierna.

Julián encendió nuevamente el televisor. Marta miró su teléfono.

Estaban sentados a menos de un metro de distancia.

Llevaban treinta y ocho años compartiendo la vida y, sin embargo, hacía mucho tiempo que ninguno sabía realmente dónde estaba el otro.

Algunas preguntas:

¿Qué creen que les impedía a Marta y Julián hablar de sus sueños, intereses y sentimientos?

¿Qué les aconsejarían a Marta y a Julián para cambiar esa dinámica?

¿Qué pregunta podrían hacerle hoy a una persona cercana para volver a conocerla mejor?

¿En qué momento una pareja puede pasar de compartir la vida a limitarse a compartir los espacios y las obligaciones?

Hablemos de la diferencia entre convivencia, cuidado, costumbre y conexión emocional.

¿Qué necesitan Marta y Julián cuando compartieron sus proyectos, y qué ocurrió en la manera como cada uno respondió?

Aquí aparece una idea fundamental: apoyar no significa necesariamente hacer el proyecto con el otro ni considerarlo extraordinario.

Este tema lo encuentras también en el podcast Conocerme 50 en Spotify. Aportes e inquietudes: conocermedespuesdelos50@gmail.com

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