Por Gilberto Castillo

Conocí a Tomás Oviedo el 25 de agosto de 1992, cuando junto con otros colombianos, que pertenecieron a la Legión Extranjera, se reunían, cada año, en la Embajada de Francia para celebrar la liberación de la ciudad de París de manos de los nazis. Estos colombianos, acatando el llamado de auxilio que lanzó Charles de Gaulle, -el gran héroe francés de la Segunda Guerra Mundial-, se unieron a la llamada Legión Extranjera. En Europa, fueron distribuidos en diferentes frentes de guerra, y a Tomás le correspondió hacer parte de la guardia personal del general De Gaulle.

Esta entrevista la realicé para el Diario El Espectador ese mismo año, y ahora que la encuentro, quiero compartir la historia y la intimidad en el exilio del presidente y militar más importante que tuvo Francia en el siglo XX, contadas por Oviedo.

Charles André Joseph Marie de Gaulle fue un militar y estadista francés que dirigió la resistencia francesa contra la Alemania nazi en la Segunda Guerra Mundial y presidió el Gobierno provisional de la República francesa de 1944 a 1946 para restablecer la democracia en Francia.

“Me fui de voluntario porque un amigo se suicidó”

“Un domingo de 1940, junto a la estación del tren de la Sabana —dice mientras se empuja otro aguardiente— me encontré con Vicente Ramírez, un compañero de estudios en el Tolima, quien después de unos tragos me dijo que quería suicidarse y que nos fuéramos para el Salto de Tequendama. Para llevarle la idea lo acompañé y como a las dos de la tarde cogimos el ferrocarril y salimos de Bogotá. Al llegar al salto vi que lo del suicidio iba en serio y para persuadirlo, le mostré un periódico que había leído durante el trayecto y le dije: ‘Hombre Vicente… no nos suicidemos, mejor respondamos al llamado de De Gaulle y vámonos para la guerra. Es más positivo morir de pie empuñando un fusil que llenos de agua como dices tú’. ¡Cobarde! Me gritó. ¡Después de que me dices que sí, te retractas! Yo me voy a presentar mañana, le dije. Di media vuelta y me dirigí a unos kioscos que había, a comprar unas cervezas. Cuando volví, Vicente ya no estaba porque ante la sorpresa de todos, se quitó la chaqueta, la tiró a un lado y abriendo carrera se arrojó al abismo. Esa noche le puse un telegrama a doña Omaira de Ramírez (su mamá) y el lunes a primera hora me presenté como voluntario en la Embajada francesa de Bogotá.

“Francia ha perdido una batalla, pero no la guerra”, con estas palabras el 18 de junio de 1940, el general De Gaulle, desde su exilio en Inglaterra, hizo un llamado para que los franceses dispersos por el mundo y otros voluntarios se unieran a luchar por la libertad de Francia.  “Con otros voluntarios nos fuimos por barco a Inglaterra. Durante este viaje, a los dos días de zarpar, nos dieron la orden de colocarnos los salvavidas y estar preparados. Al salir a cubierta vimos que el Toronto, un barco que viajaba unas millas adelante del nuestro se hundía al ser alcanzado por los torpedos de los submarinos alemanes que patrullaban el Atlántico.

El 14 de diciembre de 1940, llegamos a Glasgow (Inglaterra) donde permanecimos un año recibiendo instrucción militar y practicando orden abierto, que es la forma cómo uno debe enfrentar al enemigo en el campo de batalla.

Tomás Oviedo, el escolta de Charles De Gaulle.

“A De Gaulle lo saludé al estilo nazi”

“Mientras esperaba la orden de zarpar para África, donde había sido asignado, me tocaba prestar guardia. El general De Gaulle acostumbraba a ir desde Surrey (donde tenía su cuartel general) a pasar revista a la tropa. Un día, estando de vigía, vi venir el automóvil con la bandera de Francia. Mientras me preparaba para saludarle caí en la cuenta de que durante el entrenamiento no me habían enseñado orden cerrado, que es la manera cómo uno debe comportarse en la fila y presentarles armas a sus superiores. Cuando el general descendió del carro y se dirigió hacia donde yo estaba, usé la disciplina que había aprendido en el ejército colombiano, la cual es fiel copia de la alemana, por haber sido nuestro ejército instruido por alemanes en un comienzo. Al ver esto, De Gaulle se quedó mirándome y me saludó. Tampoco le respondí porque en Colombia me enseñaron que, para hacerlo, el superior debía dar primero la orden de ‘descanso’. Al ver esto continuó su camino sin decir nada.

Como a las seis de la tarde, cuando yo había sido relevado de la guardia, De Gaulle se aprestó a pasar revisión. Me tocó formar en la primera fila y cuando llegó frente a mí se detuvo y me miró fijamente. Yo le di mi nombre y mi número de matrícula militar, que era el 54548. ‘¿De qué parte de Francia es usted?’, me preguntó. ¡Yo no soy francés! ‘¿De dónde viene usted?’, me volvió a preguntar. ¡Soy voluntario colombiano señor! Sacó del bolsillo de su chaqueta una libretica y anotó mi nombre y el número de mi matrícula. ¡Ahora sí me van a seguir consejo disciplinario!, pensé. Unos minutos después vino a buscarme un capitán y me dijo: ‘Oviedo, prepare su equipaje y preséntese en mi oficina para cancelarle su sueldo (1.50 libra esterlina), porque mañana mismo, por orden del general De Gaulle, usted sale a hacer parte de su guardia personal’.”

Le gustaba meterse a la cocina

“Desde el primer día en que estuve a sus órdenes, descubrí que le gustaba escuchar mi francés defectuoso, y para hacerme hablar me preguntaba cosas sobre mi familia, sobre Colombia y sobre la forma como nuestro ejército era entrenado. Al contrario de otros militares del alto mando, él se interesaba mucho por la suerte de los soldados latinoamericanos. Decía que éramos quienes con mejor entusiasmo habían respondido a su llamado. Con frecuencia se iba a la cocina y con el dedo, como si fuera un niño, probaba el rancho que nos iban a dar y hacía sugerencias. Como cualquier militar de rango, detestaba la mentira y en cambio apreciaba el estoicismo de sus tropas porque peleaban con el mismo entusiasmo, así tuvieran hambre o anduvieran descalzos. Nos comparaba con los soldados americanos que pedían hasta radio para escuchar noticias”.

Sufrió mucho por Francia y por su hija Anny

“Era un hombre muy humano… el más humano que he conocido. El 14 de junio durante el primer desfile que hicimos en Londres, al sonar las notas de La Marsellesa lo vimos llorar. Cuando sacó el pañuelo para secarse los ojos, las miles de personas que asistieron le aplaudieron largo rato. A muchos en las filas, también se nos desgranaron las lágrimas, porque era conmovedor ver que un hombre como él llorara por su patria que estaba invadida —los ojos de Oviedo se humedecen y apura otro trago para desanudar la garganta—. Era un hombre sumamente confiado, no le gustaba tener escolta de ninguna clase. En la casa que le habían asignado los ingleses, a veinte kilómetros de Londres, donde vivía con su esposa y su hija Anny, no tenía ningún tipo de protección. Yo iba con mucha frecuencia allí porque él me mandaba a hacer algo. La niña sufría de parálisis infantil y lo primero que hacía al llegar a la casa era arrodillarse frente a la silla de ruedas y hablarle. Le decía que pronto Francia sería liberada y que todos regresaran a casa. Le ponía la gorra en la cabeza y jugaba con ella.

Algunas veces madame De Gaulle se iba al cuartel y él arreglaba la oficina. Con frecuencia yo veía que él se acercaba, la abrazaba y con mucha ternura la besaba en la frente. En la casa donde vivían tampoco tenían servidumbre, ella misma preparaba la comida. Juan (el conductor) y yo ocasionalmente comíamos en la cocina donde ella nos atendía. En alguna oportunidad nos dijo que lo que más le gustaba al general era el budín (una especie de chorizo con arveja) y que ella había estudiado economía del hogar antes de casarse. A De Gaulle le gustaba la jardinería y en Inglaterra cultivaba la flor de Liz y en su casa de París tenía cuatro hectáreas de viñedos. En sus días de descanso él mismo, como cualquier jardinero, arreglaba las flores”.

Quería que yo estudiara odontología

“La última vez que lo vi ya estaba instalado como presidente en el palacio de El Elíseo. Solicité una audiencia para despedirme porque debía regresar a Colombia. Me recibió inmediatamente y me preguntó dónde había estado ese último año, le conté que en Argelia y que finalmente conociendo un poco a París. Me dijo que me quedara en Francia y que él me pondría a estudiar Odontología en la Escuela Dental de París, como lo había hecho con otros soldados. Ante mi insistencia de regresar me estrechó ligeramente los hombros y dirigiéndose a su escritorio sacó un diploma con La Cruz de Lorena y escribió: ‘TOMAS OVIEDO. Usted acudió al llamado de Francia cuando ésta estuvo en peligro de muerte. Usted peleó al lado de las fuerzas de la Francia Libre. Ese equipo de voluntarios de los que usted hizo parte, con pundonor y valor, estuvo luchando en la primera línea para alcanzar la victoria. Por ello afectuosamente, con todos mis respetos, yo brindo por su bienestar y quiero estar atento a todo lo que acontezca con un amigo. Francia y yo le estaremos eternamente agradecidos. De usted Charles De Gaulle’.”

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