Por Álvaro Ayala Tamayo

La política es un tragadero de sapos. El pasado domingo nos los sirvieron de todos los sabores, colores y tamaños. A veces no hay agua para pasarlos y se quedan atravesados en la garganta. El asunto es que nunca tenemos derecho a cambiar el menú y el restaurante siempre es el mismo. 

El sistema lo manipulan para ponernos a votar contra alguien y no por el candidato que la gente desearía. En esta oportunidad todo cambió para seguir igual. Regresamos a los malos tiempos.  El presidente será el que diga Uribe o el que diga Petro. Más de lo mismo, pero peor. Colombia está secuestrada por este par de señores. 

Cuando el expresidente Uribe gana, el país pierde. Estamos cerca de vivir, otra vez, esa película.  Será de suspenso de aquí a la segunda vuelta con un guion de pesadilla. Uribe y Petro montaron el negocio de odiarse en público para ganar en privado y satisfacer sus egos. Son pulgas esperando perro. 

Los uribistas, sin pruebas, dicen que fue buen presidente. Como expresidente si hay pruebas de sus desastres. En calidad de   seleccionador y técnico es una calamidad pública. Santos y Duque son las pruebas de sus fracasos. Santos legalizó la guerrilla sin desmovilizarla y Duque cedió la Caja de Nariño a Petro, un corrupto inimputable. 

Los políticos no mueren, Uribe se quemó al Senado y reencarnó en Paloma. Su intención es tumbar al tigre en primera vuelta para encontrarse con el de Petro en segunda. Como si hubieran ganado la Copa Mundo celebraron su victoria contra Vicky, Cárdenas, Luna y el decente Oviedo. 

Quienes también celebraban a la misma hora eran Petro y Cepeda. Colombia es un país de desempleados, subempleados y obreros.  Normal que sean izquierdos. Uribe y Paloma no tienen discurso para llegar a ese grueso de la población y se la pasan defendiendo a los ricos y empresarios que son muy poquitos. Como diría Pambelé: hay más pobres que ricos, don Juan. 

Intentando levantar vuelo, Paloma dice que no se siente de derecha, pero en todas las fotos aparece a la derecha de Uribe. Lo hace mejor Cepeda cuando se queda callado. Entiende que su mejor jefe de imagen es Uribe. No improvisa ni un adiós porque todo se lo tienen que escribir. El silencio vale más que mil agravios. 

El jefe de debate del senador Iván Cepeda es el presidente Gustavo Petro. También es el dueño de los contratistas estatales, la nómina oficial y el ídolo del salario mínimo. Sabe muy bien que el poder es para poder y que chequera mata Paloma.

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