En la historia reciente del urbano latino en Europa, hay nombres que no aparecen en los créditos de las canciones, pero sí en la construcción del movimiento. Uno de ellos es Víctor Sánchez Rincones, conocido como Vicsari.

Nacido en Santa Marta y radicado en Madrid desde hace más de dos décadas, ha sido testigo —y protagonista— del proceso mediante el cual el reguetón y el trap pasaron de ser sonidos de nicho a ocupar un lugar central en la cultura popular española. Más que promoción, su trabajo ha consistido en entender cómo traducir una identidad cultural a otro territorio.

A lo largo de su trayectoria, ha estado vinculado a procesos de posicionamiento de artistas como Bad BunnyMora y Eladio Carrión en momentos clave de su expansión internacional. Su enfoque se ha alejado de la promoción tradicional para apostar por intervenciones que conectan directamente con la ciudad.

Un ejemplo reciente fue una acción en Madrid vinculada a Bad Bunny: una camioneta cargada de frutas tropicales recorriendo las calles como símbolo de la identidad caribeña. Más que una campaña, se convirtió en una imagen replicada por quienes la encontraban, amplificando su alcance de forma orgánica.

Actualmente, Vicsari trabaja en estrategias de visibilidad para Ozuna, explorando formatos de gran escala en el espacio urbano, como vehículos intervenidos y recorridos que convierten la ciudad en un canal de comunicación. La lógica sigue siendo la misma: generar conversación desde lo cotidiano.

Su experiencia no se limita al urbano. También ha acompañado procesos internacionales de Silvestre Dangond y ha trabajado como jefe de prensa de Guayacán Orquesta. Además, su paso por giras de Diomedes Díaz dejó como resultado el libro “El Inmortal”, una mirada desde adentro a una de las figuras más influyentes de la música colombiana.

En un momento en el que la industria musical discute constantemente sobre algoritmos, plataformas y tendencias, historias como la de Vicsari ponen el foco en otro lugar: las personas que construyen contexto. Las que entienden que, antes de ser global, la música tiene que ser cultural.

Y que, para cruzar fronteras, no basta con sonar: hay que significar.

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