Por Camilo Tovar Ramos – Grupo Los Periodist@s

Cuando el Mundial 2026 terminó por desmoronar la estatua de Messi —arrogante dios en declive, con la FIFA a sus pies—, indigna cómo en Colombia muchos se aferran a los jirones del mito y se disfrazan con su camiseta.

​La escena es la típica colombianada: ridícula por chicanera, servil y sin una gota de autoestima nacional.

​Domingo. Ciclovía. Bogotá, Medellín, Cali… da lo mismo el escenario cuando se observa semejante estado de alienación.

​Transita un niño de siete años con la camiseta de Lionel Messi. La 10. La rosa chillón del Inter Miami o la albiceleste que ya huele a naftalina.

​El padre traga saliva de orgullo y lo escolta, mientras con el celular graba la parodia. Luce la misma indumentaria en talla XL, a punto de reventar sobre un abdomen cervecero y sedentario.

​Y uno no puede evitar el corrientazo de la pregunta: ¿a qué carajo estamos jugando?



Vasallaje de poliéster

​Porque eso no es una camiseta, es un acto de capitulación cultural. Una declaración de vasallaje vestida de marca.

​Asistimos al espectáculo de padres que jamás les enseñaron a sus hijos a desear la 10 de James o la del Pibe Valderrama, la 7 de Luis Díaz o la 9 imperecedera de Falcao, la piel de los nuestros, los que sí brotaron de esta tierra.

​¡No!

Corren al centro comercial o al puesto ambulante a comprar el mito prefabricado. Una patología cultural que no distingue edades ni clases sociales, un complejo de inferioridad bastante extendido que contagia tanto al niño manipulado como al adulto funcional que se uniforma de Messi hasta para ir por la leche y el pan.

Confunden servilismo con sofisticación.

​Creen con ingenuidad provinciana que adquirir argentinidad los vuelve más sofisticados, más cosmopolitas… ¿más qué? ¡Por Dios!

​¿Dónde quedó el alma del sentido de pertenencia?



Multinacional de dos patas

​Es el neocolonialismo en versión San Andresito.
​Ya no nos despojan con espejos de colores ni cuentas de vidrio. Nos colonizan con la marca registrada de esa multinacional de dos patas llamadas Messi.

​Un anti héroe blindado por la maquinaria mediática y la burocracia de la FIFA, asegurado en cientos de millones de dólares, a quien se le rinde culto en su sobradez y displicencia mientras camina la cancha, protegido por una horda de adoradores.

​Debajo de los botines contramarcados en hilos de oro y del espejismo publicitario, el ídolo es desoladoramente terrenal: un gigante mediático con pies de greda.

​Ver a tanto despistado en la ciclovía o en cualquier espacio público poseído por el espectro de Messi no es solo humillante, es estéticamente grotesco.

​Es como montar una tarima de tango en pleno Festival de la Leyenda Vallenata. Es la renuncia absoluta al criterio. Es el arribismo a través del consumo masivo y ramplón.

Vergüenza país

​¿Acaso un pibe en Rosario se enfunda la camiseta de un colombiano? ¡Jamás!
​¿Un chico en Buenos Aires sueña con la de Luis Díaz? Se moriría de la risa.

​Allá poseen algo que muchos aquí castraron en la cuna: El amor propio. El orgullo tribal. La trinchera identitaria.

​Ciertos sectores de la población colombiana padecen esa falta de amor propio con factura electrónica y código QR.

​El argentino muere abrazado a su trapo aunque la realidad lo triture. Por el contrario, mucho colombiano esconde el suyo porque le avergüenza parecer demasiado local, demasiado criollo, demasiado él mismo.

Huérfanos de conciencia

​Por eso, padre de familia que hoy le financia el fetiche transnacional a su hijo, mírese al espejo y respóndase sin anestesia: ¿Qué le está legando? ¿El orgullo de labrar un destino o la servidumbre de aplaudir el triunfo ajeno?

​Ese niño ahogado en la camiseta _oversize_ del astro rosarino no se ve universal. Se ve despojado por el capricho de quienes adoptan glorias prestadas antes que construir las propias.

​Son huérfanos de conciencia por designio de sus mayores, criados para celebrar glorias ajenas en lugar de hinchar por sus compatriotas.

Y una Colombia entregada al frenesí del triunfo impropio está condenada a algo peor que la derrota deportiva: a una autoestima con rodilleras.

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